Teoría del viaje

Todos venimos del mar. Esto dice Fernando González. Quizás por ello vivamos con el impulso de ir y venir; bajo el imperio del...

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(Todos venimos del mar. Esto dice Fernando González. Quizás por ello vivamos con el impulso de ir y venir; bajo el imperio del movimiento. Mudar parecer ser el verbo que nos circunda y resiste hasta que conquistamos nuestra Ítaca. Siendo pues el viaje constitutivo del ser, no es extraño que abunde literatura sobre el tema y que sea éste el gran tema literario por excelencia. El filósofo Michel Onfray también ensaya sobre la poética del andar y del viajero. En su Teoría del viaje, nos dice que el gusto por el
movimiento conduce inevitablemente a la búsqueda de sí. El viajero —según él, descendiente de Caín— está fuera de las ideologías dominantes (entiéndase cristianismo y capitalismo) y declara la guerra a toda forma y gobierno que intente cuadricular su existencia; entonces se pone en marcha, explica, obedeciendo a una fuerza interna que le coloca en el camino hacia el descubrimiento y configuración del mundo propio. Desde la elección del destino hasta la recuperación del lugar, Onfray hace una
apología al viaje y a quien lo emprende. Filósofo al fin, elogia la trama existencial que hay en torno a éste, y lo que de ser hay en el hecho de iniciar el camino. Todo para nombrar la geografía que somos en el intento de edificar nuestro lugar en el mundo. Leamos a continuación fragmentos de la teoría del viaje según Michel Onfray.)

Karibay Velásquez

El viaje empieza en una biblioteca (…). Al comienzo del nomadismo, por tanto, nos encontramos con el sedentarismo de las estanterías y de las salas de lectura, incluso del domicilio en el que se acumulan las obras, los atlas, las novelas, los poemas y todos los libros que, de cerca o de lejos, contribuyen a la formulación, a la realización, a la concretización de la elección de un destino.

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Toda documentación alimenta la iconografía de cada cual. La riqueza de un viaje necesita, con anterioridad, la densidad de una preparación –como se dispone uno a las experiencias espirituales invitando a su alma a la apertura, a la recepción de una verdad capaz de infundir. La lectura actúa como rito iniciático, revela una mística pagana.

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Uno mismo, ese es el gran asunto del viaje. Uno mismo y nada más. O poco más. Hay pretextos, ocasiones, cantidad de justificaciones, ciertamente, pero, de hecho, nos ponemos en marcha movidos solamente por el deseo de partir a nuestro propio encuentro con la intención, muy hipotética, de volver a encontrarnos, cuando no encontrarnos.

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El viaje supone una experimentación sobre uno mismo que remite a los ejercicios habituales entre los antiguos filósofos: ¿qué puedo saber acerca de mí mismo?

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Todo viaje es iniciático; de modo parecido, una iniciación no deja de ser un viaje. Antes, durante y después se descubren verdades esenciales que estructuran la identidad.

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En medio del viaje no reparamos en otra cosa que en el yo.

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El yo no se diluye en el mundo, lo colorea, le da sus formas. En principio, lo real no existe en uno mismo, sino que es percibido. Lo que, evidentemente, supone una consciencia para percibirlo. Este filtro por el que pasa el mundo organiza la representación y genera su visión.

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No se viaja para curarse uno de sí mismo, sino para endurecerse, fortificarse, sentirse y saberse con mayor sutileza.

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Fuera de su domicilio, en el arriesgado ejercicio del nomadismo, el primer viajero con el que nos encontramos es uno mismo.

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La peregrinación comparte sus secretos con la demiurgia. Pues la singularidad del mundo condena a satisfacerse con la familiaridad más inmediata, la que cada cual mantiene con sus profundidades.

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El destino de un viaje no cesa de coincidir con el núcleo irrompible del ser y de la identidad.

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Ir de un lugar a otro, ayer como hoy, responde menos a la experiencia histórica o geográfica cuantificable por Braudel que a la experiencia ontológica y metafísica medible por los filósofos, los poetas y los artistas. Más allá de la historia cuantitativa aparece, frágil y nueva, una geografía poética.

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Para que cobre sentido, el viaje gana con su paso por un trabajo de fijación, de comprensión. De lo Diverso primitivo a lo Uno definitivo se impone una ascesis intelectual. Porque si no se tiene cuidado con ella, la memoria nos fabrica,más bien que hacerlo a la inversa: pues suele preferir que la voluntad trabaje en construir la memoria. Lo que no entra dentro de una forma nítida y precisa se diluye,se va, se esparce. El recuerdo se formula por la secreción de residuos en abundancia. La multitud de informaciones que asaltan el cuerpo no puede subsistir como tal. La selección severa aparta la anécdota para permitir que el espíritu se concentre en lo esencial: emociones cruciales, percepciones cardinales. Entonces se edifica un mundo.

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La búsqueda de uno mismo se acaba en el momento del último aliento. Hasta el borde de la tumba, se trata de seguir anhelando siempre la fuerza, la vida, el movimiento.

Tomado de Teoría del viaje, de Michel Onfray
(2016)
Pinturas de Humberto Castro

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