Teresa de la Parra no quiere que la olviden

[El GRULAC (Grupo de América Latina y El Caribe de la UNESCO) quiso rendir tributo a las mujeres de nuestra región y halló...

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[El GRULAC (Grupo de América Latina y El Caribe de la UNESCO) quiso rendir tributo a las mujeres de nuestra región y halló en la eternidad de la más conspicua de ellas, en Manuela Saenz, cuya muerte ocurriera un 23 de noviembre; motivo y razón para juntar a varios escritores (entre los cuales nombránse embajadores y representantes permanentes de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) en torno a aquellas figuras femeninas que en el vario oficio humanista (literario, social, político) descollaron y dieron nombradía a los pueblos de donde proceden, acrecentando la profusa diversidad que nos define así en el pensamiento y el imaginario como en el desprecio del individualismo y el fervor por ser el otro, el común, el del devenir colectivo, el del hombre histórico. «Visionarias todas, pues mucho antes que la UNESCO declarara la igualdad de género una de sus prioridades, ya ellas luchaban denodadamente para hacer efectivo su derecho a pensar, a expresarse y a ocupar todos los espacios que históricamente se la había negado», señala Roberto Ramírez Aldana -presidente del GRULAC y delegado Permanente de Honduras ante la Unesco- en el prólogo del libro Mujeres de América Latina y el Caribe, editado por la Agrupación unesquista y que circulará en París en los días que siguen. Una de esas visionarias de la mujer liberada de todo confinamiento físico y moral fue y es Teresa de la Parra, la inventora de Ifigenia y Las memorias de Mamá Blanca. He aquí su añoranza.]

Luis Alberto Crespo

A ún permanece allí, detenido o invisible, el pequeño ferrocarril de Biarritz. Se diría la figura lúdica animada de los carruseles. Ha subido a uno de sus estantillos una muchacha de 24 años, criolla de la Caracas de techos chatos, los portones con escudos de las familias de rancio abolengo y la Venezuela propiedad de los últimos arcontes encachuchados de las guerras civiles, la barba del cabro y los desafueros de tragatierra del latifundio.

María Eugenia Alonso es su nombre y le ha dicho adiós a su amiga Cristina de Iturbe desde las primeras páginas de una correspondencia fechada en una casa familiar que la convierte en el personaje de una novela escrita en depurada prosa y deleitable lectura, donde ha detenido su vagavagar y donde se aburre.

Nada se sabe de los motivos que la han retardado en París que no sea los de la frivolidad mundana que impone la Belle Epoque. Mira con ojos nocturnos bien que la autora de su vida literaria lo haga con sus pupilas marinas y trate de disuadir al destino de que su verdadera nacionalidad es la venezolana, como la muchacha de su invención, y no su parisina procedencia en el número 75 bis de la avenida Wagram, una de las vías radiales del Arco de Triunfo, y sus ornamentos de art déco.

Su celebridad, que conoció temprano, la denunciará como Teresa de la Parra, la recopiladora de la larga correspondencia de su enmascarada verdadera persona en una edición marcada con el hierro parisino de la casa editora Franco-Ibero-Americana cuando transcurría 1924, y designada con el título Ifigenia o Diario de una señorita que escribió porque se fastidia.

Como novela, se calificó el libro y apenas fuera cedido al lector en la traducción francesa de Francis de Miomandre. Su nombradía la siguió de cerca, como la sombra al lado de lo vivo: obtuvo el premio otorgado por la Casa Editora de marras, la suma de 10.000 francos y la promesa, cumplida, de ser traducida a varias lenguas. No tardó mucho Teresa de la Parra en retomar los achaques del oficio y en 1926, la Editorial Le Livre Libre publicó la que sería su segunda y última novela, Las memorias de Mamá Blanca, a la que siguiera la del sello Le cabinet cosmolite, y traducida, como la anterior, por Francis de Miomandre con renovado entusiasmo por las virtudes que ha hallado en el arte narrativo de la autora.

Doce años tardó María Eugenia Alonso en transformar a Teresa de la Parra en esa muchacha que distrae su aburrimiento apenas pisa el borde del puerto de la Guaira, sube «al lindo tren contento de echar humo» del poema de Juan Sánchez Peláez y se encuentra con una ciudad rural y lenta, el gusto apolillado, la familia desgastada por el tiempo biográfico y climático y los demás personajes que habrían de hacerle insufrible su amodorrada vivencia de condenada a una casa de ladrillos en donde el azahar de la india y la berbería rosa de los patios estropeaban la fragancia del Guerlain rouge conque respiraba el cuerpo de la afrancesada. Su andar de armiño y organdí por los pasillos y las salas rozaba la recatada falda almidonada de las tías y las mujeres de la privanza de los Alonso, más el uso del francés bien soigné, que aprendiera la muy aburrida en los vecindarios de los Champs Elysées y la rue de la Paix, le hacía mala compañía al voceo caraqueño que se practicaba en la casa del pueblo de los techos rojos.

Pronto, siente que su espíritu, habituado a la vida de boulevard, la terraza de café, las tiendas y los cocteles, soporta mal la pacatería, el corset de los prejuicios de la sociedad acomodada a la que pertenece. Para escapar de la jaula social y moral la niña bien da a escribir su correspondencia epistolar con su amiga quien ha quedado esperándola sobre el andén del trencito de Biarritz cuando le juró que pronto, «prontico», retornaría.

Mientras escribe sus prolongadas cartas, la novela se apodera del estilo y la domesticidad de las epístolas, pero su autora interviene para enriquecerla con reflexiones y sentimientos sobre la soledad, la melancolía, la memoria íntima y universal, la historia deleznable de los gustos y los valores, el devenir de sí misma y de la vida entre las cuatro paredes de su cautiverio: el del hogar de la refinada decadencia mientras afuera medraba el país de los militares del Pacto de Coche, sus conmilitones y herederos adventicios de aquella Revolución Federal que interrumpió la bala en el ojo del general Ezequiel Zamora y permitió la obediencia del liberalismo de los burócratas de vivac y los senadores sensibles menos a las reformas sociales y económicas que al boato y a los áulicos. A pie, desde los cerros andinos, llegarían hasta la capital las huestes de Cipriano Castro, precedido por el compadre Juan Vicente Gómez, quien se eternizaría en Miraflores y Maracay y haría de Venezuela la ergástula de sus enemigos los demócratas y su hacienda personal retrasando el siglo XX hasta el día de su muertre, dijera Mariano Picón Salas.

¿Qué ocurre allí, entre las páginas, mientras leemos esas confidencias de quinqué y velador? La heroína no tiene tiempo ni emoción para escuchar la calle y sólo se ocupa en afrontar la mojigatería, el recato al cruzar la pierna sin desnudar en demasía el tobillo, el escándalo del rojo en los labios y el vocabulario propio de la buena sociedad, porque -insiste en recordarlo la abuela- ella, no ha de olvidar la casta de los criollos mantuanos de donde procede, el apellido y blasón en la puerta y en la escritura pública, su descendencia de los conquistadores y los fundadores de la Independencia, como los Aristeiguieta, parientes del Libertador Simón Bolívar. ¡Cuidado, entonces, con París, con su comportamiento librepensador, su falda y su escote, su gusto a boulevard y a terraza, más aún con sus frecuentaciones de lecturas «pecaminosas» o atrevidas! Los suyos extrañan su desinterés por el corte y costura o los quehaceres propios de las casaderas. A tales obligaciones María Eugenia prefiere el piano y la escritura de las cartas.

Es exigencia de la clase social que sufre, venida a menos, ya sin propiedades, encomendarle un novio con probada ascendencia y largo peculio y dan a celar tal exigencia. En la cubierta del barco que la trajo a Caracas, María Eugenia había vivido una seducción, mas quien la cortejara afeitaba en demasía sus requiebros, se apoyaba en citas de poesía cursi, lucía el desaliño de la tela común y en su aliento mediaba un insufrible olor a tabaco. Más luego, mucho más luego, por allá, por las páginas más lejanas, el rebuscado interventor de su soledad recobraría otra presencia, una presencia menos deleznable y encarnará el destino a que aspira la heroína. Tendrá nombre propio, Gabriel Olmedo, y esta vez personifica la puerta abierta de la jaula que la encierra, pero só- lo por un momento, como la suerte. A aquel rechazo en cubierta ha sucedido una como resurrección amorosa, una especie de descubrimiento, con la nueva presencia de Gabriel Olmedo, pero sobreviene el pathos griego y el lugar que la mitología helenística ha asignado a Ifigenia ocupa, con la venia de la metáfora, el alma de María Eugenia: súbito, en ella ha operado una mutación. Ya no es la rebelde, la refractaria. Ya no exclama, en el colmo de su cautiverio: «Quién fuera perro ¡Sí!…¡Quién fuera pájaro, quién fuera árbol, quién fuera piedra, quién fuera cualquier cosa, menos mi propia persona!». Ahora, casi en las postrimerías de la novela, se descubre sumisa, vencida. Gabriel Olmedo le promete el vuelo libertario, la errancia del pájaro libre de toda jaula. Lo rechaza y asegura el cerrojo de la prisión que ahora tiene nombre de carcelero: el doctor César Leal, la encarnación de la chatura humana, el hombre público, el moralista, el habitante de esa sociedad a la que ella quiso enfrentar.

Al final de la novela, la viajera del tren de Biarritz se rinde a la evidencia de saberse vencida: «y dócil y blanca y bella como Ifigenia, ¡aquí estoy ya dispuesta para el martirio!»… Unas líneas más tarde insiste en su condición de figura del mito griego, la de Ifigenia en Tauride, que duda en si ama o no ama, la de la ópera de Gluck, la esclava del teatro de Eurípides, corregida por Teresa de la Parra: «Sí; Espíritu del Sacrificio, Padre e Hijo divino de la maternidad, único Amante mío; Esposo más cumplido que el amor, eres tú y sólo tú el Dios de mi holocausto»

Sólo dos novelas alcanzó a escribir la escritora de ojos de mar y la compostura refinada. Ésta, la primera, es su obra purísima. La segunda, la de un lirismo soñador, nos concede la narrativa de una añoranza que la realidad asediante disipa y anula el afuera y el adentro de una existencia bucólica. Acaso los más hermosos momentos del arte Teresa de la Parra, y de la narrativa latinoamericana escrita por mujer, luzcan en las páginas primordiales de la Advertencia, a las puertas mismas de Las Memorias de Mamá Blanca. Es prosa de oro, piedra preciosa del idioma. Vive allí, en la eternidad de la literatura preciosa, con sus brocados, su armiño y su modestia en butaca de mimbre Mamá Blanca, «su rostro tan gentilmente marchito» y su existencia «sola como un ermitaño y pobre como los poetas y las ratas». Ha dejado unos papeles y la escritora, mal oculta tras la máscara de Blanca Nieves, una de las seis hermanas que pueblan a «Piedra Azul», la hacienda familiar de Tazón, en las lindes del valle caraqueño, ordena su desordenado jardín, los senderos, los campos de caña, el agua, el trapiche y ese goce, el «sacudir un arbusto o atravesar la hierba alta, y empaparse de rocío». La dulzura, como el jugo del cañamelar y su transfiguración en panela, en conos dulcísimos o en golosina, es como su decir. Escritura sentimental al extremo, égloga sobre un país de granjerías, de blanco lino y algodón como los penachos de la caña, pronta a sucumbir a la cultura de la gasolina y el aceite de motor, el grumo negro de los balancines en lugar del manto verde de las siembras y elegía al decir rústico y castizo del castellano de la edad de oro que habla el emblemático Vicente Cochocho, el hombre silvestre, el sabio de los hospitales vegetales, el rebelde animado de espíritu zamorano, cuya muerte -comida por lo zamuros- así como la muy rápida de la ingenuidad y la destrucción de la hacienda en la ternura (es el espacio de la infancia en la memoria que nos recuerda Bachelard) nos invita a descubrir la intralectura que nos propone la novelista de ojos celestes.

La atmósfera, como bien lo observa Miomandre, el traductor francés, la trama subyuga menos que su estilo, su buen decir, su exquisito gusto en el tratamiento del asunto sociológico.

En los espacios exteriores de la novela (la minucia en el recuento de una sociedad clasista, venida a menos, al borde de la ruina económica, aferrada, como la hiedra de sus casonas, a su descendencia, a la casta de sus apellidos y al recurso de una historia pasatista, colonial) persisten, sin ceder lí- mites, una escritura, una voz, una estética escritural, las cuales hacen de Ifigenia y en Las memorias de Mamá Blanca, dos momentos relevantes de la narrativa venezolana y de lengua española.

Una simétrica coincidencia aproxima la publicación de Mamá Blanca a Doña Bárbara. Ambas fueron publicadas en 1929 . A la rusticidad y el enfrentamiento del infinito con el alambre de púas, la copia al caletre del habla esteparia del criollismo y la intromisión de la sociología positivista en la explicación del alma libre de la llanura humanizada en Rómulo Gallegos, sucede la narrativa del refinamiento y la conciencia, el lenguaje de la añoranza silvestre, la lírica romántica del paisaje en Teresa de la Parra.

La tos visita con fatal asiduidad la vida de la escritora, allá, por 1931. Ella, insiste en vivir diciendo adiós, frecuenta su adorada Francia. Ama, con extraño amor, el que profesara por el escritor Gonzalo Zaldumbide, siempre elegante, siempre bajo el recato (lo llama Lillo, Lido) y ningún asomo de sensualidad (a lo sumo uno que otro beso), tocado con un dejo de pesadumbre y sobremanera melancólico y con olor a pasillo de hospital de tísicos, la ventana abierta a las primaveras o sordas al paisaje europeo en los inviernos. Ella busca donde gobernar su asfixia, se guarece en Leysin, la fría y pulcra Suiza, o en Fuenfría, un sanatorio español en las montañas de Guadarrama. Ha ido a Venezuela, a Macuto, donde escribió casi entera su Ifigenia. Sigue hasta París, hasta Neuilly. Acude a la correspondencia, esa su habitual estratagema narrativa. Ha viajado a Bogotá donde inicia una conferencia sobre la mujer latinoamericana y la libera de las cacerolas y la escoba, la espera del amo de la casa, y la alista entre las tropas de la guerra de Independencia, como a Manuela Saenz, cuya vida de guerrera y amante del Libertador la detiene durante varias páginas. Extraño que haya olvidado invocar a la Eulalia Ramos de Chamberlain, esposa y también soldado en la trinchera de la Casa Fuerte, donde se batieron los patriotas venezolanos en 1817. Su cuerpo fue esparcido por los cuatro horizontes de la ciudad.

Quiso escribir una historia sentimental, sensible y sensitiva, dijera Rubén Darío, sobre el Libertador. Soñaba con la insensatez de recorrer a caballo los países liberados por Bolívar, pero tosió de nuevo, la medicina le confirmó una lesión en el pulmón. Su amiga cubana, Lydia Cabrera, no la abandona. Allí estará, al pie de su cama, en Madrid, a la hora de su muerte. Tenía los ojos azules. Aún los conserva, porque nos miran en cada vocablo, cada frase de su obra de delicioso idioma literario, sumamente.


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