Tres en 1 | Rubén Wisotzki: “No me apasionan los finales, sino los principios”

Roberto Malaver

Periodista. Apasionado por la novela, el cuento, el ensayo, la poesía. Ha venido escribiendo sus textos en el Correo del Orinoco y en Ciudad CCS. Trabaja con la palabra escrita porque la conoce muy bien. El periodismo cultural fue y es su pasión

—Dice el poeta Luis Alberto Crespo que el periodismo cultural se murió, ¿usted fue al entierro?

—Si es así, a mí no me invitaron. Y agradezco que se hayan olvidado de mí. No me apasionan los finales, sino los principios. El fin de la historia, el fin del periodismo cultural, el fin de la esperanza, el fin de la vida, no me resultan mensajes atractivos. Me inquieta y preocupa, y ocupa, más lo que viene, lo que llega, el devenir. ¿El periodismo cultural murió? Para nada. Habrá muerto, tal vez, un periodismo cultural, el de una época, el de una gente que me merece, aunque no todos, sino unos pocos, respeto y admiración. Debemos recordar que hay unas generaciones puentes que son víctimas de traumatismos severos. Pertenezco, desde el tormento, a una de ellas. Crecimos como periodistas con una Olivetti, que requería de una cierta musculatura, y la ingesta de unos aminoácidos, tanto para presionar sus teclas como para que se pudiese escribir lo que realmente se veía o pensabas. Ahora, activos aún de un modo u otro, decrecemos sin entender, con la claridad y la fuerza suficiente, cómo es posible que lo que se escribe puede ir a parar a una nube, o cómo se le presta más atención a Instagram que a Gastón Bachelard.

—Después de haber trabajado tanto en las páginas culturales del diario El Nacional, ¿considera que valió la pena ese esfuerzo?

—En estos días leía al filósofo alemán Sloterdijk, quien propone el siguiente ejercicio, presta atención: imagínate que te adelantas a todo, tanto, pero tanto, que llegas al momento previo del coito de una pareja, pero no cualquier pareja, sino de la que serán más adelante tu madre y tu padre. Ojo. Puede ser ese espacio de abrazos enloquecidos el día de tu creación. Vaya momento, ¿eh? Estás allí, en esa escena, tus futuros padres desnudos, amándose, acariciándose, lamiéndose, entonces tienes la oportunidad de acercarte a ellos y susurrarles a los oídos en medio de las fricciones y sudoraciones amatorias: “Háganme, sigan, que valdré la pena. No seré en vano. No les fallaré”. ¿Te imaginas? Pero, sigamos un poco más: ¿y si piensas que tu vida, lo que fuiste, hiciste, lo que entregaste, lo que ganaste o perdiste, no valió la pena? ¿Qué haces en ese caso? Te les acercas a tus futuros padres y les dices, ya no como susurro sino como una encendida exhortación: “Sean sensatos. Paren esta locura”. Te conté este fabuloso dilema para responderte, con toda la claridad del caso, un firme y contundente: “No sé”.

—¿Hay periodismo en Venezuela?

—Sí, claro. El punto es si es el periodismo que se necesitase o se quisiera. Por ahí uno ve, en medio del cataclismo, o enredadismo, comunicacional a unas jóvenes luces que si bien ahora no sirven para iluminar el camino, al menos no te dejan en la temible oscuridad. Serán, si siguen con energía, potentes reflectores. Pero, cuidado, que no sean los faros de la sociedad. No los necesitamos con esas cualidades salvadoras. Los últimos faros no dejaron de encallarnos contra la costa.

—¿Ser culto para qué?

—Para muchas cosas. La más sencilla, quizás, es para justificar que en cada casa que viviste dejaste una biblioteca montada para los que aún moran en ella. La más compleja, también quizás, es para justificarte en tu inacción. Sabes, pero no haces nada, dirán. No hago nada, pero sé, diré yo.

Eso me salva de ser parte de esa raza maldita que son los intelectuales de hoy. La única definición de intelectual que respeto es la del francés Bourdieu: ser intelectual para transferir el conocimiento al Otro y, así, perder posiciones como tal para que los Otros sean los que sepan, los intelectuales de mañana.

—¿Después de haber leído tanto, ¿no considera que solo los mediocres triunfan?

—Roberto, querido, tú bien sabes que es así. Tú, que eres mediocre, tienes un programa en la televisión muy celebrado desde hace años, y un suplemento humorístico, también muy celebrado, entre otros escenarios. Y yo, que soy otro mediocre, tengo el honor de ser entrevistado por ti. Entre mediocres nos vemos. No aclaremos que nos oscurecemos.

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Retrato Hablado

Darío Fo decía que su vida fue “exageradamente afortunada”. Y tuvo razón. Con sus obras de teatro, escritas, dirigidas y actuadas por él, logró imponerse como un verdadero juglar. Muchos lo calificaron como un comediante, porque asumía el humor y la crítica en cada una de sus presentaciones. Después, cuando se casó con su compañera Franca Rame, su teatro fue ganando mayor fuerza y prestigio. Antes, su gran obra había sido Misterio bufo, donde en una serie de monólogos se burlaba de la sociedad y la Iglesia. En el Vaticano nunca lo soportaron, ni siquiera cuando en 1997 ganó el Premio Nobel de Literatura. Allí lo calificaron de bufón. Después vino otra de sus grandes obras: Muerte accidental de un anarquista, donde narra el uso y abuso de las fuerzas del orden, y la obra fue dedicada a la muerte del anarquista Giuseppe Pinelli. El 8 de marzo de 1973, un grupo de fascistas secuestran y torturan y violan a su compañera Franca Rame. Y dos meses después se presentó al lado de Darío Fo en una nueva obra. Siempre en sus obras predominó el humor y la ironía. Nació el 24 de marzo de 1926, en Sangiano, Varese, Italia. Y fue también un gran maestro de los jóvenes que querían aprender la actuación en el teatro. Decía: “Solo me interesa trabajar con los jóvenes. Dar ejemplo. Eso es lo más importante”. A la edad de 90 años, en el Hospital Sacco, de Milán, donde fue llevado por su hijo Jacobo, murió un 13 de octubre de 2016. Ese día, para un gran amante del teatro, cayó el telón.

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El Viernes de Lira

 


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