Tres de las nuestras | Annel, Iris y Rosa Elena

Nos toca conversar sobre títulos recientes, acometamos esta alegría lectora sin más protocolo

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Celebrando el nuevo libro poético y vitalista de una cada vez más joven Ana Enriqueta, nos toca conversar sobre títulos recientes de tres de las nuestras: Annel del Mar Mejías, Rosa Elena Pérez Mendoza e Yris Villamizar. Acometamos esta alegría lectora sin más protocolo.

I.

Mapas de sangre (Monte Ávila, 2013), volumen de relatos de Annel del Mar Mejías, nos removió emocional, sensual e intelectualmente en el marco de su pericia técnica y compromiso escritural de alto vuelo. Las miniaturas narrativas colindan con el poema en prosa, el reportaje despiadado del entorno y el mosaico erótico. «A punto de morir», configura una contundente y masoquista metáfora de la ciudad aniquilada a merced del Lago, cetáceo embadurnado de petróleo que engullirá la Basílica en una revisita tremendista del pasaje bíblico del cautiverio de Jonás: «Camino despacio por la boca de esta ciudad, arrancándoles la lengua a las mujeres», de modo que la voz misógina se regodee en un devaneo apocalíptico y desesperado con su juicio final y la falsa Parusía alucinada por venir. «Abejorro» apunta al Bestiario que vincula el ajolote de Cortázar y el gato tapiado en vida de Poe con el desparpajo concupiscente y rudo de la poeta brasileña Ana Cristina Cesar (subir el precio en la guerra salvaje de alcoba): «Al final, te devolví los labios ensangrentados y escupí el zumbido del abejorro para que te temblara la voz cuando volvieras a pronunciar mi nombre».

El discurso transgenérico —fusión inobjetable del texto periodístico, la crónica y el cuento— se intensifica en el tratamiento audaz y magnífico del lenguaje. La atmósfera variopinta, sobrenatural y terrorista que se destila de estos treinta y tres relatos, posee dos coordenadas dinámicas: la hipérbole y el hiperrealismo de maestros como Quiroga o el escultor Maurizio Cattelan (¿recuerdan su Hitler orando en blanco y negro?). «Leprosos» va del reportaje crítico y ácido propio del Nuevo Periodismo al poema profético en prosa que denuncia —sin cortapisas— la condición de islote a la deriva del leprocomio, al punto de sacudir la sensiblería piadosa del lector adhiriéndole la mengua viscosa, aislada y sufriente de los pacientes hechos añicos. Qué decir de su segunda entrega, «Un acto de compasión», donde tenemos la piedad invertida: Las enfermeras compartiendo el pan y la cama con los leprosos, ello en un arrebato lírico sorprendente. La tragedia cotidiana de la ciudadanía, recreada con personalidad indiscutible, cobra una incómoda relevancia bajo la decadencia de la República Petrolera en Venezuela: Los muertos vivos se hacen invisibles en la insoportable ilusión del país rico que no produce riqueza ni la distribuye bajo un proyecto de desarrollo viable y autosustentable. Sean cargadores de agua que nos reconcilian con las pinturas de Murillo; periodistas lánguidos y vueltos cenizas; o desempleados fagocitados por la industria petrolera. Annel del Mar nos atrapa, seduce y reconviene en una imaginería narrativa sin par ni concesiones. Nos insta a mirar la Patria con solidaridad, trizados los ilusos lentes y las frías gríngolas.

II.

Conjuro (El perro y la rana, 2016), exquisito manjar-poemario de Rosa Elena Pérez Mendoza, nos remite a una poética del Decir que homenajea el discurso transparente de Enriqueta Arvelo Larriva, se subleva muy mujer por vía del ars poética, además de nadar de madrugada en las nuestrasintermitencias y contradicciones de la voz y el Ser, todo ello a contracorriente de poses culteranas y explosiones chirriantes del estilo. El poema inicial homónimo delata una pulsión dinámica, placentera y problemática de vida. La graciosa y ágil chalupa atraviesa «el corazón de las tinieblas» y el claro de luna al punto, tomando distancia de la grandilocuencia egotista y la sumisión de la carne y el espíritu: «Todo esto hago hoy / desde mi territorio / voy navegándome íntegra en poesía / y llevo así el alma a buen resguardo».

La desnudez del fondo y la forma apuntala la variedad de registros, desde el erotismo liberador, fluyendo el reconocimiento esclarecedor de sí misma en el Otro —su complementario—, hasta un contagioso, agudo y saleroso giro humorístico que nos reivindican a la poesía como afortunado encuentro comunitario. «Giro», si bien suena a bolero de despecho, ata el cuerpo deseado con la captación amorosa del mundo: «Una semilla / una hormiga muerta / una brizna de paja // como oráculos se desprenden / y llegan a mis manos». La rotación y traslación planetarias equivalen a los espasmos orgiásticos de la materia tocable y al ascenso terco del ser bordeando el abismo. «Ojos abiertos» conjuga lo ilusorio, lo retorcido y lo revelador del ver a través del Otro en el imperio del tutelaje: «Yo nací con los ojos abiertos / supe suavemente sacarlos / depositar cada uno en tus manos // debí conservarlos en su espacio». «Mujer-rana» y «Amo a un hombre», son cálidas parodias de la voz femenina que, tras los peripatéticos escarceos amorosos, traen consigo una paradójica liberación enclavada en la escritura pícara y vitalista de raza.

Esta caja de bombones nos emborracha y encanta en el apetito primordial por la poesía verdadera.

III:

Por todos los cuerpos (Madriguera, 2016), poema objeto carnal de Yris Villamizar, se deja palpar con gusto al igual que los poemas de María Calcaño y las confesiones lúbricas de Anaïs Nin.

La transparencia del discurso poético aprieta la mano dadivosa de una teología lírica y sexual de la liberación (¿de esto no trata la «Oración por Marilyn Monroe», de Cardenal?). La púber y asombrada voz poética explora la intrincada, contingente y sabrosa red de la unión amorosa y erótica. No se intimida en el acecho de los aparatos ideológicos y represivos del Poder fáctico, por el contrario, se vale de sus propias máscaras para desvestir su decir institucional destructivo: «Piedra de toque / reconoce su aptitud / sutil hipocresía / que viste una máscara». Esta Lolita (¿una de las Brujas de Vigas?), ardorosa y manipuladora, desparrama la cruel agudeza de su ingenio en un ejercicio por partida doble, esto es la yunta del cinismo como inteligencia exquisita y la sabiduría sexual hecha manipulación: «Ese tiempo perdido / que conjura / la angustia, / la dependencia / y compra / voluntades».

Desdice, incitando al voyerismo más perturbador, a madres castradoras, hijos monigotes y eyaculadores precoces: «Seamos / inmensamente un solo cuerpo / ante el destino / bajo una red de miradas». Para ejercer la libertaria ciudadanía amorosa, hemos de pasar por el narcisismo e incluso el ser objetos sexuales.

Carlos de Noruega

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