Sobre una ética del poeta, por Gustavo Pereira

I ¿Es concebible una obra poética sin que esté precedida de una ética? Una ética, se dice, constituye la expresión de conductas generadas...

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I
¿Es concebible una obra poética sin que esté precedida de una ética?

Una ética, se dice, constituye la expresión de conductas generadas por la moral establecida en épocas y espacios determinados, suponiendo a la moral como conjunto de principios, normas y preceptos de conglomerados sociales, especie de conciencia colectiva o código tácito de sus comportamientos, prescripciones y prohibiciones.

Expresada en conducta individual, toda ética se nutre sobre todo de valores inmanentes, de virtudes universales, y no de posturas sucedáneas que cada quien es libre de asumir y calificar, por lo que tal vez podamos hablar tanto de una ética como de su contrario, una antiética.

No se concibe ética ni antiética en un Robinson Crusoe desvinculado desde siempre de lo humano, porque la ética es un producto social si bien se crea y organiza para manifestarse, como la poesía, en el fuero íntimo. Con ello queremos significar que en el caso del poeta —aunque no sólo del poeta— la ética está ligada a su ser social y antecede, o acompaña, desde luego a su obra.

II
Desde su aparición, para decirlo en términos de Eliot —quien fuera, amén de renovador de la poética inglesa, políticamente conservador— el desarrollo de la poesía fue siempre indicador de cambios sociales y las formas poéticas no expresaron más que profundas transformaciones en el seno de las sociedades y el individuo. Nuestros actos y gustos poéticos están subordinados a nuestros otros intereses y pasiones, los condicionan y vienen condicionados por ellos. Y puesto que la poesía no existe fuera de la conciencia humana, al suponerla sujeta a representatividad, ésta la comunica en palabras que simbolizan valores que no son valores.

A menos que sólo se trate de regurgitar estériles soliloquios, las palabras constituyen símbolos de representación de realidades que expresan el pensamiento en lenguaje articulado, el cual, en la poesía, encuentra su desiderátum misterioso, sugestivo y fascinante.

En tiempos de hondas crisis sociales —que suelen ser también morales—, vueltos añicos ética y valores , y convertida la poesía en casi el único bien que el mercado no puede convertir en mercancía, toda conducta insurrecta del poeta se corresponde, o debe corresponderse, con el rescate de una ética.

Y aunque la poesía no tenga entre sus propósitos manifiestos arreglar lo desarreglado del mundo ni de nadie, aspira a vivir, a diferencia del soliloquio, en otros, para cumplir su destino. Es decir, no sólo ver más allá de lo evidente, sino reconciliar lo humano con los fueros de su espíritu, cabe decir, de su conciencia sensible. Ello significa sumergirse en la vida para expresarse en, ante y contra el caos y el horror de toda injusticia, propiciar los estremecimientos del prodigio y fecundar o restaurar, en fin, la realidad iluminada en la palabra.

¿No es eso lo que nos ha quedado de inmortales poemas como La Ilíada y La Odisea de Homero, la llamada Divina comedia de Dante, el España, aparta de mí este cáliz de Vallejo o el Canto General de Neruda, por nombrar cuatro textos paradigmáticos que en su esencia nacieron, aunque algunos se sorprendan, comprometidos social y políticamente en ejercicio de una ética?

No por ser comprometidos políticamente, es decir, por vivir y compartir en y con otros la esperanza redentora, llegaron a ser inmortales poemas, sino que por ser grandes poemas, representativos de su tiempo y de una ética manifiesta, se hicieron inmortales y vivieron y viven y vivirán en los otros, en nosotros.

III
¿Propone el poeta, pues, conscientemente o no, una nueva moral?

Toda moral nace como aspiración colectiva a un orden de valores, ciertos o supuestos, inspirado en tradiciones seculares, esenciales para la vida en comunidad… hasta que se fosilizan o se inficionan y se transforman en estorbos.

Parece lógico que todo poeta se insurreccione contra esas y otras camisas de fuerza, mas no todo poeta transgrede esa moral en crisis para transformarla, ni siquiera cuando esa moral limita los fueros de su propia poesía.

No todo poeta llega a ser, pues, un insurrecto verdadero per se, a menos que su rebelión parta de una ética afincada no tanto en los vaivenes de su intimidad como en los ideales, valores y principios que la humanidad ha hecho suyos a lo largo de su historia para dejar atrás sumisiones, injusticias y barbarie.

Y sólo entonces, como todo aquel que asuma esta indeclinable insumisión, el poeta puede llegar a ser, con alto orgullo, víctima de sus verdades