Una falsa vanguardia

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[La poesía como «glorificación de la guerra», puño, bofetada, violencia, en suma; es parte de lo que proponía la inquietante manifestación fundacional del futurismo, publicada en un diario francés en febrero 1909. Su padre, Marinetti, develaría de inmediato la mistificación fascia de este movimiento. Con él se propagarían los aspectos doctrinales y estéticos del fascismo italiano. Su propuesta artística estuvo centrada en romper con la tradición cultural de la época (cuál vanguardia no), sólo que la suya era una forma de propaganda política. Con la convicción firme de que el arte futurista debía animar la organización de escuadras de choque fascista que se desplegaran por Europa, Marinetti murió en 1944 siendo fiel al Duce. A propósito de la fecha de su nacimiento (02 de diciembre) publicamos a continuación el texto del poeta Gustavo Pereira sobre esta «falsa vanguardia» que se llamó Futurismo.]

Cuando Filippo Tommaso Marinetti (1876-1944) publica en Le Figaro (¿simples casualidades de la historia?), el 20 de febrero de 1909, el primer manifiesto de un movimiento que según sus propios decires hacía suyos «el insomnio febril, el andar a la carrera, el salto mortal, la cachetada y el puñetazo, el hábito de la energía y la temeridad, el movimiento agresivo y el amor al peligro», no imaginaba, en su sin par arrogancia, lo que vendría detrás suyo.

Tales propósitos, desde luego, podrían perfectamente estar suscritos por cualquier atleta de la época sin que nada trascendental ocurriese. En el futurismo condujeron a singulares desembocaduras.

Marinetti, el iniciado, su teatresco corifeo y también su teórico más consecuente, la emprendía contra la academia, el cartabonismo, el clasicismo, y todo ello anunciaba nuevos territorios para el arte y la literatura. Así, la poética futurista apeló a lo inmediato, a lo instantáneo, a la exaltación de la fuerza, a la glorificación de la guerra (a la que denominó «higiene del mundo»), las máquinas, las armas, la velocidad y la lujuria. Entre tanto contrabando y pese a la contradictoria mescolanza, aportaba algunas novedades estilísticas: el paroliberismo, que consagró en cierto sentido la apertura de la libertad formal del poema, y la palabra «vanguardia» (vuelta en Marinetti lastimosa paradoja), con la cual comenzaron a designarse los movimientos estéticos de avanzada de nuestro tiempo.

Pero la insurrección paroxística que los futuristas habían enunciado (en 1911) contra el academicismo se trocó, como se sabe, en asimilación consciente y demudada del fascismo, al cual adhirieron sin tasa las principales figuras del movimiento. El antiacadémico Marinetti, hecho académico por el mismísimo Duce, en 1924 llega a escribir: «El fascismo nacido del intervencionismo y del futurismo, se ha nutrido durante mucho tiempo de los principios futuristas».

Acaso con alguna razón escribió después D’Annunzio, refiriéndose al arrogante profeta: «Es un cretino con un pedazo de imbecilidad».

Porque en esencia Marinetti representó la superficialidad contra la ilustración, la fatuidad contra la sapiencia, la mixtificación contra el decoro, la impostura contra la verticalidad. Sus desplantes guerreros y tecnocráticos armaron, ciertamente, su alharaca, pero a contrapelo del verdadero poder creador y emergente que entonces estuvo representado por una vanguardia sin aspavientos y sin equívocos, comprometida con un nuevo orden para la humanidad. Esa vanguardia emprendió la transformación social al unísono con la artística, porque sólo en su esencia humana pudo hallar asideros para el porvenir.

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