Vigencia del pensamiento de Leopoldo Zea

El pensamiento del filósofo mexicano Leopoldo Zea (1912-2004) tiene su historicidad, o sea sus ideas de la filosofía de la historia; su epistemología,...

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El pensamiento del filósofo mexicano Leopoldo Zea (1912-2004) tiene su historicidad, o sea sus ideas de la filosofía de la historia; su epistemología, esto es su idea del conocimiento; en ética, o su manera de juzgar y de actuar; en los problemas humanos, incluidos los de la técnica y la ciencia, que son el juicio humano sobre los objetos. Su pensamiento establece, en síntesis, los conceptos de lo verdadero y lo falso. El análisis crítico de lo verdadero y lo falso es la conclusión a que debe llegar el discernimiento del filósofo, y representa la tesis fundamental de Zea. Fundamental porque se concreta en la historia, esto es, en la función dialéctica reconocible a través de la originalidad y la autenticidad de la filosofía y la cultura americanas.

Esta filosofía aparece como reacción legítima contra la intemperancia del positivismo, que anhelaba encerrar la realidad histórica en fórmulas y consideraba ilusión lo que no podía ser reducido a esos esquemas. Sin embargo, el aporte de Zea proviene de su aspiración a incorporar las filosofías y culturas americanas al contexto de los problemas planteados por occidente y ofrecer una filosofía propia. Así, fuerza al hecho que tipifica la inautenticidad americana para describirlo a lo que hay de fundamento en las ideas de los precursores y pensadores americanos, a la manera de un problema universal, de una interrogante con rango histórico, de unos principios en los cuales todo estaría por hacerse.

Por este camino la filosofía americana toma conciencia de su historicidad y de su pasado modelado por las corrientes filosóficas europeas. Leopoldo Zea señala que la experiencia colonial subsiste aún después de la independencia de las repúblicas; no se la reduce en un primer momento, asimilándola sino recreándola, sólo así, con esa especie de transferencia negada de la conciencia de asimilación justifica la dialéctica del pensamiento que no puede dejar de plantear la cuestión de la originalidad y autenticidad, de la emergencia o finalidad de su existir, esto es, del modo y la forma de presencia de lo que es cuando piensa y actúa.

Es dentro de los dominios de la filosofía occidental donde Leopoldo Zea comprende la situación de la filosofía americana, presta a emerger ante una circunstancia histórica emergente. Su propuesta tiene el mérito de responder al planteamiento ontológico, impuesto y asimilado, con una determinada realidad que lleva a la pregunta por la filosofía y la cultura americanas. La realidad se impone a la metafísica importada y la existencia histórica de América Latina hace de la pregunta originaria, un problema filosófico concreto. La conciencia de esta apertura ya es filosofía americana porque la manera de plantear dicha pregunta-problema compromete un modo de situarse en el mundo, de relacionarse con los temas del indigenismo, el subdesarrollo, la subordinación, la emancipación mental. Es a partir de esa relación dramática donde el pensamiento americano define su puesto en el mundo y la superación del colonialismo.

El dilema es americano, y por ser americano, la experiencia del pensar se universaliza. La conciencia de ser parte de un pasado cuyo hecho consumado enseña a no repetirse, posibilita un nuevo modo de instalación y orientación del pensamiento, que continúa estando presente cuando el hombre no opera sólo con el instrumental heredado, sino también con las potencias propias y, por tanto, cuando no se siente solamente como sujeto de una relación subordinada sino implicado en el objeto mismo de superación, en una relación directa y concreta que rehúsa la interposición del pensamiento dominante; cuando su pensamiento, en fin, no es un mero pensamiento discursivo sino comprometido, ni resultado de una actitud colonial, sino de una situación existencial.

Dos acontecimientos históricos del siglo XX producen un impacto globalizado de enormes consecuencias para la humanidad: la segunda guerra mundial y la lucha de liberación iniciada por los pueblos coloniales. Leopoldo Zea no es ajeno a estas circunstancias. Cuestiona los fundamentos del proyecto de la modernidad y participa de la solución al problema de la guerra, la técnica y el progreso.

La transformación del hombre en una parte de la técnica, el surgimiento del Estado totalitario, la serialización de las culturas y la incapacidad de los europeos en reconocer su propia enajenación y colonización mental, produjeron una filosofía dominante, racista y expansiva. Esta filosofía niega otros modos y formas de concebir al hombre en sus circunstancias históricas. El fracaso de la modernidad está unido al propio desarrollo del proyecto colonizador europeo y a los valores universales concebidos, opciones únicas dentro del orden y sus relaciones mundiales.

La descolonización debe empezar por la conciencia del hombre europeo y a una o a otra enajenación, una infidelidad a la condición humana, y, por eso, cuando se desarrolla excesivamente una ordenación racional o cuando el hombre excluye y domina, entonces no se encuentra debidamente instalado y orientado y, buscando una nueva instalación en el mundo, hace intervenir brutalmente la dominación en los pueblos con el pretexto de ayudar a democratizarlos o liberarlos del socialismo o del comunismo. Zea, expresa: «En nombre de la democracia se justifican golpes de Estado que anulan gobiernos resultado de la voluntad popular».

Las colonias de los siglos XIX y las repúblicas del siglo XX luchan por liberarse del tutelaje neocolonial y de los agentes externos del pensamiento único, no para imponer sus proyectos históricos sino para participar de la construcción equilibrada del mundo. La filosofía de la dominación ha instaurado sus abstracciones que en sí mismas producen un pensamiento conservador y reaccionario, y con la fuga de la realidad, no hay transformación de las condiciones materiales, sino sojuzgamiento mental.

Por ello, Leopoldo Zea, plantea la unidad de la teoría y la praxis. La conciencia de la libertad, la responsabilidad y la solidaridad son las expresiones concretas de la unidad histórica. Estas son las formas en las cuales el hombre es hombre en cualquier lugar. La toma de conciencia respecto a la filosofía europea fundamenta el proyecto ético del hombre americano cuyo despertar lo sitúa en condición de superar la enajenación y los modelos impuestos, guiado por una filosofía de la acción, y no a reproducir la lógica de la destrucción.

La filosofía de la acción —Eduardo Mallea la define como «Filosofía de la resolución»— necesita de una realidad que la constituya y oriente su construcción teórica. Esa realidad tiene un fundamento histórico determinado por ciertas condiciones políticas, culturales y sociales de transformación. La revolución es la expresión concreta de la filosofía de la acción porque encarna la liberación de los pueblos oprimidos. Para Zea, las acciones emprendidas por El Ché Guevara, Ho Chi Ming y Mao en sus momentos históricos, corresponden al estado de lucha particular y universal. Es imperativo proponer la filosofía de la acción porque favorece la instauración de la solidaridad, la paz, la construcción de tejidos históricos y afectivos entre los pueblos, como expresara Zea en un ciclo de conferencias pronunciadas en Caracas-Venezuela el año de 1959.

Leopoldo Zea propuso una inversión de los valores y una crítica de las filosofías occidentales. Por qué entonces no pensar en el perdón como una de las vías para replantear las relaciones de América, África, Asia, Oceanía y Europa. El perdón contribuye a la transformación de la conciencia y se transformaría en la praxis, en amor y caridad. Así, el hombre americano en su nueva instalación en el mundo se ocuparía de apropiarse, transformar y promover valores, instituciones, literaturas, conceptos, figuras, que Occidente había de robar a los pueblos conquistados y colonizados. Esta acción, supondría, poner en marcha una filosofía del perdón, sin más.

JULIO BORROMÉ


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