Vílchez llega al trombón a través de la percusión

Continúa en la Banda del Ejército, pero toca con todo el mundo

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Es el primer chicharrón a la hora de buscar un trombonista con solvencia. Jesús Eduardo Vílchez Sulbarán, o simplemente “Vílchez”, con 47 años cumplidos (nació el 14 de abril de 1970), se ha recorrido el mundo musical de arriba a abajo, colgado de un trombón, aunque no siempre ha sido así, porque se inició en los cueros. De tres hermanos, es el único músico de la familia, aunque un tío suyo era amante del violín.

—¿Por qué decidiste tocar el trombón?
—Eso tiene historia. Lo del trombón fue algo accidental. Como bien sabes, me crié en el barrio, en Propatria; allí un grupo de muchachos se dedicó a hacer rifas con la firme intención de comprar instrumentos. A todos nos gustaba la música y no teníamos los recursos ni para comprar una campana. Yo estaba en ese grupo, aunque a mi papá no le agradaba la idea de que yo fuese músico, pero siempre conté con el apoyo de mi mamá.

—¿Estudiaste en los talleres del Conac?
—A eso voy. Entré en esos talleres como a los diez años y aprendí las técnicas de la percusión. Tuve como profesores a Orlando Poleo, Borregales, Bolívar, Néstor Pacheco… Esos son los que recuerdo. Creo que fue a principios de los 80. También por ese entonces comencé a estudiar música en forma, teoría y solfeo, tú sabes.

—¿Y cuándo llega el trombón?
—Esa es una anécdota. Tocaba con una orquesta en Catia, en el barrio El Amparo… creo que se llamaba Sabor y Clase; era una agrupación de dos trombones. Me llamaba la atención que eran los que más cobraban y eran los que más tarde llegaban, además de que siempre eran los que más se pelaban. Eso me causó gracia. El asunto es que por ese entonces –yo tenía como 14 años– comencé a estudiar música en serio. Un día me llevan a la Banda del Palacio de Miraflores como percusionista, pero con la condición de que tenía que aprender a tocar el trombón… ya yo tenía varios años de teoría y solfeo, sabía algo de música. Se me hizo sumamente fácil el aprendizaje. En seis meses ya estaba dominando el instrumento. Estuve un tiempo con la Sinfónica del estado Vargas; allí estudié allí con el profesor Jaime Paz. Esos fueron mis comienzos.

—¿La primera orquesta?
—La de Cheo Valenzuela. Tiempo después entré a formar parte de la orquesta de Shakaito, la Bronko. Allí aprendí mucho. Por ese entonces conocí a Porfi Baloa. Era un chamo y había mucho entusiasmo. Era una nueva generación que surgía en el ambiente. Luego hubo problemas, porque Manuel Guerra habló de ponerle un nombre acorde con los chamos y de allí surgió “Salserín”. Lo demás es harina de otro costal, una larga historia.

—¿Luego?
—Nada, que he venido tocando con todo el mundo. He tenido la suerte de trabajar con mucha gente… con César Monge, tanto con La Pandilla como con Dimensión Latina; con Hildemaro y su orquesta, Erick Francheski, en fin, con mucha gente.

—¿Cómo ves la salsa de hoy?
—Mira, hoy se levanta una piedra y salen diez trombonistas, un viaje de trompetistas. Hay mucho estudio, no es como antes. Hay mucho talento. Pienso que una de las mejores salsas que se cocina en el mundo sale de Venezuela.

—¿Proyectos?
—Seguir tocando y aprendiendo. Aún sigo en el Ejército. Ya veremos. O debe venir por allí.

Ángel Méndez
Foto Swing Latino


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