Editorial | ¿Qué importa la verdad?

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La estrategia de desinformación (que lleva décadas) de Estados Unidos tiene ejemplos emblemáticos. Son tantos que cada quien tendrá su hit parade particular de falsedades. Hay tres mentiras importantísimas que nos vienen a la mente, de una, sin necesidad de recurrir a enciclopedias en línea. La más beneficiosa: que ellos ganaron la Segunda Guerra Mundial. Es decir, que Hitler era muy malo (lo cual es cierto) y que los gringos son muy buenos (lo cual es falso), por tanto le debemos estar eternamente agradecidos. Para ello la industria cultural hegemónica, de la que es dueño y señor el imperio gringo, ignora el acto terrorista más cruento de la historia de la humanidad: el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki.

La más increíble, y aún hay gente que la cree, es que los comunistas o socialistas, da igual, comemos niños. De eso nunca ha habido una imagen, una denuncia de una madre acusando a Fidel o al Che de comerse su muchacho rostizado, o siquiera un documento medianamente soportado. No, no, ¿qué necesidad hay? Solo repetirlo y repetirlo y ahí tienes a millones de abuelos y bisabuelos protegiendo a sus niños de estos raros hombres que dicen querer la igualdad social pero que para lograr eso deben alimentarse de carne infantil. Los curas ven todo eso con falso disimulo.

Y la tercera que se nos viene a la mente es que había que acabar con Saddam Hussein dizque porque tenía en su poder armas de destrucción masiva (como si la bomba atómica pudiera poner nombre y apellido a sus víctimas) con las que acabaría con su pueblo y con cuanto pueblo se le atravesara en su camino.

Todas esas mentiras han tenido como principal “distribuidor” (o propagandizador) al cine estadounidense, ese mágico mundo que hace reír y llorar a millones de personas, pero que también sirve para hacer creer a los más desprevenidos o a los más ignorantes que el cine estadounidense es puro glamour y lentejuelas en una noche de gala de premios. Habría que preguntarle a Steven Spielberg qué piensa al respecto.

Lo cierto es, y valga la frase, que la verdad no importa. Las redes sociales han convertido a la verdad, que ya era escurridiza, en una entelequia, en un parapeto, en una ilusión, en un amague de realidad.

A los venezolanos y venezolanas nos ha tocado rudo estos años. Con muchas mentiras miles de compatriotas se han ido de Venezuela. Y nuestro gentilicio, asociado siempre con bellas mujeres y con petróleo, con las arepas y con el río Orinoco, con el queso y la empanada, ahora es cuestionado con cualquier tipo de descalificación hacia nuestras mujeres (antes eran bellas ahora son putas), por solo mencionar un “ítem” en este universo de categorías usadas para clasificarnos y desfigurarnos como pueblo.

Hace dos días un malandro llegó del exterior y no hubo honores presidenciales, ni rampa especial, ni cadetes en perfecta formación saludándolo. La verdad difundida es que “chavistas apalearon” al presidente interino. ¿La verdad? ¿Qué importa la verdad? El mundo del cine, el mundo de Joker y de Parasite, el mundo de las lentejuelas y de los premios, cree que los gringos son buenos, que los comunistas comen niños y que Saddam mereció ser ahorcado. ¿Cuál es el guión que le gusta? ¿Cuál es la verdad que se aprendió? Sigamos.