Las varias pandemias

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De repente nuestro mundo se volvió hostil, mucho más de lo que era, además cercado. Un enemigo invisible, muy pequeño, nos encarceló en las casas, nos cerró fronteras, nos desdibujó el futuro, y sobre todo nos alejó. Ahora hay que mantener “distanciamiento social” lo llaman, aunque sería preferible nombrarlo como “distanciamiento corporal”. Y no sabemos de dónde viene el peligro, lo que equivale a vivir en la práctica como si el peligro estuviera en todas partes, en todos los cuerpos. En las plazas, en los parques, en quienes hasta ayer eran nuestras amigas y amigos cercanos, nuestras vecinas y vecinos, nuestras y nuestros comunes.

De pronto descubrimos –lo que las feministas decíamos hace tiempo– la vulnerabilidad de la vida, su fragilidad, y el descuido con que las sociedades capitalistas y patriarcales la tratan. Los héroes deportivos y del espectáculo con sus alegrías fatuas, ya no sirvieron para nada; en sus esfuerzos desesperados por sobrevivir a un virus, ahora sus mensajes están llenos de reflexiones que solo suenan a hipocresía. Los líderes mundiales no pudieron ni con sus guardaespaldas detener la amenaza invisible que atenta la vida. Ejércitos y mentiras para parar a ese enemigo que se fue comiendo fortalezas que se descubren de barro y se deslavan. Las muertes se enumeran también entre quienes tenían mejores esperanzas de vida del planeta, vaya ironía. Lleva de a cientos en las mismas poblaciones desposeídas de siempre. Vimos con asombro cómo quienes contaban éxitos financieros y productos de confort comenzaron a contar muertos diariamente, que ni siquiera tuvieron despedidas ni lugares para descansar, rituales que frente a otros eran privilegios. El miedo al contagio se extendió como otra invisible pandemia planetaria.

Y se cerraron fronteras, y se apagaron motores de aviones y autobuses, aunque los muros no pudieran cerrar el paso al COVID-19. En un limbo del rechazo quedaron migrantes varios, repudiados en todas partes. Ayer leí un relato muy doloroso: una trabajadora doméstica de Sri Lanka –quizás maestra en su país– había migrado a Italia huyendo de condiciones precarias de salud y economía, paradójicamente en esta crisis decidió volver a su tierra porque no sería atendida si se enfermaba. Como este caso hay miles, en todos los continentes, durante años la migración fue tratada como una pandemia de cuerpos indeseables, aunque dieran muy buenas ganancias a las redes de trata de mercancía humana.

Asombrosamente, sin demasiadas deliberaciones, se detuvieron unidades productivas, solo quedaron funcionando las consideradas vitales, lo que nos muestra cuánto hay de no vital en la organización económica planetaria, y muchas y muchos quedaron sin trabajo. Primero, como siempre, los millones que viven al día con trabajos precarios sin ninguna protección. Y la pandemia del hambre, que es profundo desamor humano, se continúa extendiendo sin vacunas que la mitiguen.

Por Alba Carosio

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