Para amar en cuarentena son primordiales las letras

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La mejor manera de enamorar, y cortejar en tiempos de pandemia es la escritura, es así como la semana pasada se conoció el ganador del concurso “Cómo levantar en cuarentena”, en homenaje al periodista y humorista Pedro Chacín, que recayó en Joan Chacín con su escrito Amor en tiempos de cuarentena en el que se da un encuentro de amor a primera vista, donde el relator describió de una manera sutil su experiencia al cortejar a una chica que labora con él.

En esta segunda entrega de “Cómo levantar en cuarentena” los demás participantes siguen una serie de parámetros que consiguen en su manera de cortejar, o en algunos casos si fueron cortejados. Al leerlos nos fijamos plenamente que Eros y Cupido hicieron su trabajo para flecharlos con la peculiaridad del distanciamiento, tapabocas y guantes.

Levante de vagón

Siempre he pensado que el mejor ardid para levantar es creerse levantable. De ahí, todo lo demás se da por añadidura. Lamentablemente, en estas últimas semanas no había sido ese mi estado civil, ya que gané 10 kilos y aún no me hallo con esta nueva fisonomía corpulenta. Harta de sentirme una doña y de reprocharme a mí misma por haber comido tantos pastelitos y tortas en meses pasados, decidí en días recientes volver a creerme la cuerpa del delito, y derrochar actitud. Así que eché mano del último vestido sexy que me queda bien y con mi pinta arrasadora enfilé a las solitarias calles de nuestra ciudad en cuarentena para cumplir con mis labores.

Dicho y hecho. Las miradas detrás de numerosos tapabocas se posaron sobre esta cristiana. En el vagón de regreso me vi en el reflejo de la ventana y constaté que con kilos encima y todo soy bien bonita. Me bajé del Metro ya vía rumbo a la casa, cuando de repente sentí que un tipo se me estaba acercando. Me asusté al principio, y caminé más rápido para salir de la estación cuando me abordó: “Disculpa, pero eres muy hermosa.

¿Tienes esposo? ¿Hijos?”. Yo no supe cómo responder, así que solo atiné a darle las gracias al atrevido galán, y apuré el paso para no darle más conversación. El hombre era relativamente contemporáneo conmigo y la verdad es que no se veía mal detrás del tapabocas.

Nunca sabré si mi levante de Metro habría sido un posible novio o romance de Propatria a Palo Verde, pero lo que sí sé es que, en definitiva, para saber levantar simplemente hay que saberse y sentirse levantable. De otra manera no habrá manera ni forma de salir del suelo.

María Eugenia Acero Colomine

Levante en cuarentena

1.- En un escenario apocalíptico, el precio del petróleo se fijó a cero dólares por barril; eso hizo que las estaciones de gasolina del mundo cerraran, en principio porque todo el mundo se acuarentenó y posteriormente porque era mejor dejarla almacenada que pagar empleados por regalarla; en ese contexto, el único país del mundo en el que se hacen colas para conseguir gasolina regalada es este. El Gobierno entonces ofrece a los dueños de toda la gasolina del mundo comprarla por el precio de un dólar por gandola, que es más o menos lo mismo que ha costado aquí toda la vida.

Y usted tiene que levantar con tapabocas.

Y se conocen en una cola de Caracas, digamos que en la de la estación La Bandera que está en la Nueva Granada (cualquiera de las dos).

— Ella (o él, no importa): ¿Cuántos carga el tuyo?

— 60

— Solo echan 40 (responde él, o ella, recordando al bombero que le contestó “lo que te dicte tu corazón” cuando le preguntó “cuánto es” por aquel último tanque lleno antes de la pandemia).

— Ninguno de los dos puede quitarse el tapaboca.

Gustavo Mérida
No me beses, bésame

Cerró el pequeño libro, se negó al suspiro, y, como les suele pasar a algunos lectores, una frase, un pensamiento se prendó de él, mucho, pero mucho más fuerte que esa millonésima parte de un milímetro –patética medición científica del virus–, cedida por ella ese mediodía de beso. Cerró el pequeño libro y mirando al techo del cuarto repitió lo leído:

“¡Despierten! ¡Abran los ojos! No podemos seguir destruyéndonos. Saber vivir la vida es una de las obligaciones del ser humano”. La alarma de Lev Tolstoi era suya mucho antes de haber dado con ella, en plena soledad de cuarentena, aunque nunca la había articulado en palabras, sino en acciones. Saber vivir la vida, aprender de la vida, desde la vida, con la vida.

Querer, desear, tener, eran tres de sus conjugaciones más exploradas y explotadas. Pero los tiempos habían cambiado, y esos cambios, esas modificaciones, esos giros, habían empezado primero en él, luego en su ciudad, y, más tarde, de manera inesperada, en el mundo entero. Desde la cama, enfermo, desde el cuarto, enfermo, desde la casa, enfermo, vio cómo poco a poco se convertía en un Oblomov obligado, ese peculiar personaje, tan pero tan moderno en su 1859, de Iván Goncharov que decidió vivir echado en su sofá, en su cuarto, evadiendo toda responsabilidad, todo problema, y seguramente también todo virus. Pero, ¿cómo? ¿Cómo llegar al Otro? ¿Cómo querer, cómo tener, cómo desear?

¿Cómo proceder en esta nueva realidad?

Atrás habrían de quedar las viejas estrategias, la planificación sentida, paso a paso –la seducción, ese estado indisoluble de lo amoroso, es clara demostración de que la pasión no siempre riñe con la razón–, los análisis razonados ante un café de lo posible o imposible entre dos (y también, por qué no, entre uno con uno mismo), la consideración sesuda, pausada, meticulosa de este o aquel gesto. Todos los tamices del lance amoroso, todas las matizaciones del bucle pasional, eran dejados a un lado en esta nueva poética ciudadana de la (in)sana distancia social.

Moriré, se dijo entre toses, como nací: conquistándome a mí mismo. Moriré, se dijo mientras escupía en la fría taza del té una muestra importante de su asco y pudrición, como nací: buscándome a mí mismo. Una muerte común, como la de todos, signada con la falla universal de la obligación de la naturaleza humana, discúlpanos Lev, que es morir sin saber vivir la vida desde el primer capítulo de uno mismo.

Por eso, por esa incapacidad, entre tantas otras incapacidades, es que nacieron los manuales. Necesitamos siempre, ante el despiste metafísico, unas precisas instrucciones, unas guías teóricas y prácticas debidamente detalladas. Gloria eterna a esos magistrales himnos sin orquesta que responden al común título de “Instrucciones para su uso”. Desde el empleo, por ejemplo, del cepillo de dientes, en este reinado de la profilaxis higiénica para exhibir tu mejor sonrisa, hasta el adecuado modo de llevar la mascarilla antipandemia, para ocultarla por tu bien y el de los demás.

Estiró la sábana, la planchó con su mano derecha con la debida delicadeza para no forzar la salida del catéter que ennegrecía su mano tanto como su alma. Se acabaron los besos para mí, arriesgó, y justo en ese instante, porque la vida es así, pasó la enfermera convertida en astronauta por el pasillo y le lanzó con su mano plásticamente enguantada un beso. Suspiró profundamente y se sintió ridículamente curado. Un beso. Ese era el antibiótico que le urgía, la cortisona infalible, el demerol armonizador, la paz de una biopsia limpia de células malignas. Necesitaba un beso. Dos, si se puede. Tres, si se quiere.

Muchas veces el fin es la señal más fidedigna de un inicio. Con esfuerzo logró incorporar medio cuerpo y apoyarse en las blancas almohadas y dejando a un lado su interés en ver si el planeta se salvaba o no, cogió el celular (que en su calidad de paciente tenía prohibición de poseer) y discó con notable dificultad.

–Aló, ¿Pedro? Mira, sí, sí, estoy bien y voy para mejor, gracias. Mira, bandido, presta atención que no tengo mucho tiempo: deja la vagabundería y ponte a escribir un nuevo manual del levante. Te mando por whatsapp cuáles son las condiciones actuales. La cosa está peor de lo que te imaginas y te necesitamos. Se te quiere. Chau.

Rubén Wisotzki.

Ciudad CCS / José antonio valero