LETRA DESATADA | Recordando a papá

Mercedes Chacín

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Mi abuela paterna se llamaba Carmen Ramona Espinoza. Era una señora muy dulce, diestra para la confección de ropa, una gran lectora, viuda desde los 30 años y mamá de José María, Luis Armando, Celenia, Pedro, Rigoberto y Yolanda. Abuelita murió un 17 de diciembre hace muchos años y recordarla a ella va unido a papá, quien ayer cumplió siete años de muerto. El azar hizo que papá falleciera un Día del Carmen, su Virgen preferida. Abuela Carmen vivía en Caracas y antes de morir se encargó de que la tía Yolanda, antes de ir a San José de Guaribe, la llevara a visitar a “Riguito”, mi papá. Otras veces he contado que pude leer decenas de novelas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía, Selecciones Reader´s Digest, revistas femeninas dedicadas a la decoración, al hogar y a la farándula de aquí y de gringolandia que la abuela le llevaba a papá. Los cerros de “novelitas vaqueras” fueron leídas por toda la familia Chacín Díaz.

Mamá y papá se conocieron en Sabana Grande de Orituco, en Guárico. Poco después mamá se trasladó a Guaribe a trabajar de maestra. Papá trabajaba en la prefectura del pueblo, como secretario y usaba lentes oscuros todo el tiempo, debido a un accidente cuando era muy joven, que afectó uno de sus ojos. Victoria y Rigoberto tuvieron un tórrido romance que terminó en matrimonio un diez de julio de 1955. Se casaron apuraditos y felices y procrearon y criaron cinco muchachos (Luis, Pedro, Lizardo, María y Mercedes). Vivieron juntos 58 años.

Hacían equipo, que al final es de eso que trata el amor en pareja. Cuando ya no quedaba sino yo en el pueblo, hacía con papá y mamá hallacas para vender. Eran tres muchachos y una muchacha regados en Caracas y Cumaná estudiando. Más tardecita arranqué yo, pero esa es otra historia.

Rigoberto era un papá consentidor y muy estresado. Sufría cuando viajábamos para allá. Cuando no había celulares era una angustia para él hasta que llegáramos al pueblo. Con los celulares fue feliz. Llamaba a cada rato. Eso que llaman el destino quiso que uno de sus hijos, mi hermano Pedro, falleciera en un accidente de tránsito. Se la pasaba pica’o e culebra pues, que cuando ve un bejuco brinca.

En Altagracia de Orituco, donde vivió papá con mamá hasta el año 2013, era difícil conseguir libros que no fueran escolares. Papá leyó casi todos los libros de Francisco Herrera Luque, algunos fueron regalos de efemérides importantes (cumpleaños, diciembre y Día del Padre). Se interesó también por la saga del español J.J. Benítez, aquellos bestsellers de la historia de Jesús de Nazaret. La historia de Venezuela, fabulada o no, con Simón Bolívar a la cabeza ocuparon sus preferencias literarias. Lo otro que lo entretenía era la radio. No hay forma de recordar a papá sin un radio pegado al oído, en el patio de la casa en Altagracia. Recordamos especialmente que cuando no sintonizaban los diales, batuqueaba el radio contra el piso. Eso nos hacía gracia, al igual que cuando, harto de que el Luis Edgardo escuchara rock “a todo volumen”, lanzó los discos fuera del solar, que iban a tener a la zanja (canal de aguas servidas) detrás de nuestra casa.

Papá era de izquierda, contaba historias de las fechorías de la policía política la IV República, especialmente en San José de Guaribe, donde los guerrilleros de entonces hacían su revolución desde el cerro El Bachiller. Rigoberto Chacín Espinoza, mi papá, enfermó de cáncer, empezando el año 2013. Falleció unos meses después del diagnóstico, como ya dije, un 16 de julio, Día de la Virgen del Carmen. Hubiera cumplido el enero pasado, 90 años. Era un buen hombre. Jodedor, inteligente, culto y amaba a mamá. Sigamos.

MERCEDES CHACÍN