MONTE Y CULEBRA | Los conejos de la guerra

José Roberto Duque

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Los antecedentes o episodios más visibles o públicos de este cuento no son risueños, para nada. Pero su violenta y hermosa propagación por toda Venezuela ha sido una hermosura, un aluvión, como esos ríos desbordados, como el chavismo que quiso Chávez.

Ustedes deben recordar la propuesta de Freddy Bernal, cuando era ministro de Agricultura Urbana, de criar conejos en nuestras casas con fines de consumo. El hombre nos propuso producir proteína animal de altísimo rendimiento, sana y segura, sin ningún trauma para nuestra vida cotidiana. Pero tuvo un par de gestos que le hubieran quedado mejor a una mujer, por aquello del tacto, la ternura, esa magia femenina capaz de convencer y de entusiasmar. Freddy venía muy bien, diciendo lo justo y lo correcto en torno a la necesidad de convertirnos en seres productivos, y a la necesidad de iniciar un cambio en nuestros hábitos alimenticios, pero en algún momento “se le salió” el policía, el macho y el entrompador. Dijo algo como: “Si usted tiene un conejo no lo vea como una mascota, esos son dos kilos de carne”. Y ahí pudo haberse estropeado o limitado una iniciativa crucial, de las más interesantes propuestas por ministro alguno del tiempo de la Revolución.

Freddy estaba en lo correcto, y más que eso: estaba proponiendo algo que, si se hubiera difundido (o se difunde; ya va, que la iniciativa no ha muerto) como programa orgánico, estaba apuntando al centro de nuestro quehacer como pueblo y como hacedores de cultura: El compañero le estaba proponiendo al pueblo que se apoderara de un mecanismo y una herramienta que al cabo de poco tiempo hubieran socavado la industria criminal del ganado bovino (carne de vacas y toros), esa fábrica repulsiva de contaminación ambiental, sicariato, esclavitud y enfermedades.

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El otro episodio no fue tan mediático, pero revela cosas lamentables. Una gente estaba en el parque Los Caobos exhibiendo sus conejos para la venta y reproducción. Se aparecieron unos funcionarios de la Misión Nevado acompañados de efectivos policiales (la policía cagándola, otra vez, qué raro) y determinaron que criar conejos es maltrato animal. Se ensañaron contra los dueños de los conejos de tal manera que pareciera que aquellos cunicultores estaban comerciando con drogas, les abrieron un procedimiento que les destruyó su iniciativa familiar y el mensaje quedó en el ambiente: es ilegal producir proteína animal porque los animales sufren y es injusto que los seres humanos esclavicen otras especies para alimentarse.

El debate no es fácil ni baladí, para nada: hay que discutir las formas capitalistas de producción industrial y en serie de carnes y derivados. Lo que sí no está en discusión es la urgente necesidad de que el pueblo masifique y se apodere de la producción de proteína animal. Tampoco está en discusión el tema de cómo y a cuenta de qué unos funcionarios van a decidir que ahora los venezolanos seremos vegetarianos o veganos. O que seguiremos siendo esclavos de la carne de bovino. Porque Misión Nevado es muy eficiente atropellando y fichando a pequeños productores familiares, pero no he sabido que cierren y ni tan siquiera fiscalicen el primer matadero industrial, esos campos de concentración donde reinan la tortura, el enriquecimiento de las mafias de la carne y el descuartizamiento vil.

El método de aislamiento y bloqueo al que estamos sometidos, aunque todavía no ha tenido éxito en el cierre de la tenaza sobre nuestra capacidad de distribución de especies comestibles, nos puede cercar en serio. Y ese momento no nos puede agarrar en la onda jipi de amor a los animales mientras seguimos presenciando la proliferación de carnes tóxicas en todas las carnicerías del país. Porque aquí hay carne de res por coñazo, no venga nadie a joderme con que estamos peor que Nigeria.

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La Coneja Comunitaria” es un invento del pueblo desatado a inventar la vida y la sobrevida en tiempos de bloqueo y de amenazas serias de aislamiento. Quiero que los lectores de este espacio me tomen la palabra o al menos comprendan que esto es serio; hoy vine a proponer y no sólo a opinar (aunque en principio esta es una columna de opinión).

La cosa es así: te presto una coneja embarazada. Tu misión será alimentarla por 2 meses y 5 días: 30 días hasta que pare, y luego 35 días hasta la hora de destetar a los conejitos (gazapos, los llaman), es decir, separarlos de la madre. Si la coneja es primeriza parirá 4 o 5 conejitos; si ya parió antes tendrá de 8 a 10 (dos más en casos excepcionales).

El “negocio” es: llegado ese momento, te quedas con tres conejitos y me devuelves la coneja con el resto de sus hijos. En ese momento ya yo habré repartido otras tres o cuatro conejas madres y ya otros entusiasmados tendrán hijos de otras madres: te juntamos a ti con esos otros entusiasmados y ya tenemos el inicio de una red. Como no es recomendable cruzar conejos que sean hermanos o familiares, tendrán la necesidad de organizarse para cruzar tus conejos con los del vecino, los de aquel otro con los del pana que también tiene sus conejitos y ganas de reproducirlos.

La velocidad de reproducción es altísima. Si comienzas hoy, ya en enero tendrás más de 30 kilos de carne (perdón por la brutalidad de la palabra). La pregunta más recurrente en los talleres o charlas que hemos dado es: “Ajá, y cuando tengamos 500 conejos ¿en qué galpón los metemos?”.

No existe galpón, existe algo llamado hambre; no me preguntes qué vas a hacer en tu familia o en tu comunidad con una tonelada de carne, porque me voy a arrechar. Además está el criterio de guerra: no hay nada más fácil de sabotear que un galpón con 300 conejos. Una garrafa de gasolina y un fósforo es suficiente. En cambio, la idea o concepto o práctica de 60 familias criando 4 o 6 conejitos en casa no es saboteable ni destructible.

Tiren la primera piedra, y todas las que quieran. Esto no es teoría, ya hay miles de redes en marcha, y es importante que haya más.

José Roberto Duque