PARABIÉN | ¿Cómo haremos para querernos? Parte II: El abrazo

Rubén Wisotzki

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1.

En la primera entrega de estas pretendidas disquisiciones, que quisiéramos completar con una tercera y última en torno al problema de todos, “¿Cómo haremos para querernos?”, procuramos, sin garantías de brillo o claridad, qué haríamos con los besos en estos días de sano distanciamiento físico. Hay que ver cuánto cuesta decir “sano” en este tema, pero es verdad.

Propusimos, entonces, cambiar el beso por la palabra. Por una palabra sensible. No es lo mismo y puede ser, obviamente, peor. Pero también puede ser mejor. Hay besos tan fríos que no vale la pena darlos ni recibirlos.

Ahora quisiéramos compartir la preocupación por el abrazo. ¿Qué haremos con ellos? Pero antes que nada quisiéramos cavar trinchera en defensa de un tiempo: el futuro. Que no quepa duda alguna, si algo hay hoy es el mañana. Llámese optimismo irredento, llámese ilusión dura y necia, hasta llámese necedad, pero es ley hasta que alguien demuestre lo contrario. Recordemos aquí lo dicho por el filósofo Leibniz hace unos cuantos siglos: “Cabría afirmar que en el alma, como en todas partes, el presente lleva en su entraña el futuro”.

2.

En estos días, por las razones excepcionales que ya todos conocemos, la sociedad humana es estudiada con detenimiento por sus mismos integrantes. Quisiéramos hacer énfasis en esta condición peculiar: todos, con estudios o sin ellos, estamos observando con detenimiento lo que nos está pasando. Esta experiencia, destaquemos, no es potestad exclusiva de los científicos médicos o sociales, por cierto, bastantes desprovistos de certezas. El inédito mal escribe líneas de conocimiento en cada uno de nosotros.

Pero los que viven de estudiarnos con nuestras vicisitudes, obviamente, formalizan unas observaciones, unas teorías, unas tesis y, sobre todo, unas especulaciones. Muchos de estos aportes son desmentidos con la misma rapidez con la que son presentados ante la opinión pública. Si a todo esto le agregamos las mentiras con propósitos deleznables, la torta está servida.

3.

En todo caso, y a lo que vinimos, “¿Cómo vamos a querernos?” y específicamente qué haremos con los abrazos.

Existe un estudio, realizado a partir de esta nueva premisa del “no tocar” mundial que señala que en un café cualquiera de Londres la gente no se toca, en uno de París se tocan unas cien veces, y en uno de Río de Janeiro unas 180 veces. Son ésas y no más, y no otras, las citadas en el estudio de comportamiento social.

Sin lugar a dudas, si hubiesen estudiado el comportamiento en los cafés, panaderías o areperas de Caracas, las miles de veces que nos tocamos entre familiares, amigos y enamorados, harían imposible al estudioso de marras llegar a una consideración plausible y aplicable al resto de la humanidad.

A la hora de querernos, cuando nos queremos, no es aplicable medición de patrón posible para el resto: somos únicos. Y eso vale, en cierto sentido, más que todo el oro del planeta. Ya quisieran otros países, invernales en lo climático y lo amoroso, contar con esa fortuna suelta por las calles de sus ciudades.

4.

¿Y entonces? ¿Cómo haremos para querernos? ¿Cómo haremos para abrazarnos? Pensemos, pensemos. Y sintamos.

Resaltemos si les parece, en primer lugar, que el abrazo es un paso más expresivo en lo afectivo, en contraste con el beso que se propicia en la mejilla. El abrazo va más allá del roce de piel. El abrazo es el hermoso registro gestual de la fallida aspiración a adherirse para siempre en el Otro(a). Porque, como bien se pregunta el poeta Roberto Juarroz: “¿Y si uno no es igual a uno?” (¿Y sí, agregaría uno, al Otro(a)?)

Esa suerte de enredadera humana, -las manos y los brazos que actúan como flexibles y tiernas ramas que aspiran a fijarse en el tronco del abrazado-, implica un acercamiento físico mayor, la necesidad de sentir en el Otro(a) su calor humano, su latido, su respiración, y por qué no, hasta su transpiración.

5.

Quizás, mientras no podamos querernos como nos queremos, podríamos, en cuanto a los abrazos, y sin que esto nos baste, recordarlos. Regresar al presente los abrazos dados, a través del sanador y terapéutico ejercicio de la memoria.

Hay abrazos, lo sabemos, inolvidables. Traerlos en el recuerdo a la escena del encuentro, frente a la persona que un día nos lo dio o lo recibió, sea verbalizado o no, compartido o no, puede ser un feliz y tranquilizante paliativo ante la impotencia y el sufrimiento. Lo poético se escribe siempre solo: si te abracé, hoy también te abrazo, aunque no te abrace. Para bien.

Rubén Wisotzki