PARABIÉN | ¿Cómo haremos para querernos? Parte III: El rictus

Rubén Wisotzki

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1.

Sin besos, sin abrazos. En otra época, en otro mundo, pero en esta vida, existió una congregación de entrega absoluta, por voluntad propia, a un dios. Entre uno de los fundamentos se encontraba el total aislamiento de la selecta comunidad. Encerrados en su claustro, privados de todo privilegio, en práctica de una rígida cultura de austeridad, la Orden establecía como norma común a sus integrantes no hablar, no escuchar, no mirar, a nadie.

De tiempo en tiempo, y para reafirmar y garantizar semejante ¿sacrificio? espiritual, los miembros de la Orden realizaban, periódicamente, exigentes ejercicios de introspección y relación con un más allá poderoso en unas cuevas cercanas, carentes de todo tipo de luz, agua, comida, y sin comodidad alguna. El creer y sus pruebas.

Un día, un miembro de esta congregación regresaba al claustro, proveniente de una de esas oscuras, húmedas y frías cavernas. En el camino estuvo a punto de cruzarse con dos jóvenes muchachas que volvían, convertidas en puro canto, de recoger agua del río. El ermitaño siguió su camino, pero por el otro borde de la senda. Sin contratiempo alguno, arribó satisfecho de su experiencia vivencial.

Al llegar fue recibido por su superior quien le preguntó, interesado, por cómo estaba y si había tenido algún contacto con alguien. El discípulo fue tajante: “No, se aproximaban dos jóvenes por el camino pero supe evitarlas”. Y la autoridad espiritual, sin poder ni querer evitar un pícaro rictus, le respondió: “Me alegro que hayas logrado eso a pesar de que no podías ni verlas ni oírlas…”

2.

Si fuera un chiste diríamos que se cuenta solo, como bien dicen hoy día. El mensaje de la leyenda posee varias lecturas, inclusive con relación a algo realmente inevitable: el rictus. Es decir, la expresión gestual que nace de unos músculos que, pese a pertenecer a nuestra anatomía, gozan de propia autonomía.

Si bien se dice que en la mirada se alberga la esencia del sentir de la persona, uno puede, sarcásticamente, apuntar que los ojos (es decir, esos dos pequeños corazones con mirada) se pueden ocultar tras unos párpados cerrados circunstancialmente, o trasladar el centro de mirada a otra cosa o lugar, y, en el caso de los más malignos, ocultarse en la mentira y el engaño. Y apúntese, si se quiere más empeño, que vivimos la era de los lentes oscuros que muchos usan hasta en las noches más cerradas. Habría que preguntarse por qué. Pero el rictus, ah, el rictus. ¿Cómo dominar ese manojo voluntarioso de músculos independientes y no de nuestra voluntad?

El rictus ahora se expresa oculto. Vayamos a la lengua que, entre tantas otras cosas más, nos une a todos: “Rictus” es “aspecto fijo o transitorio del rostro al que se atribuye la manifestación de un determinado estado de ánimo”. ¿Cómo percibir adecuadamente cómo nos recibe el Otro(a)? ¿Cómo saber, con la cara media tapada, si estamos siendo bien recibidos o no? ¿Cómo actuar si no vemos el vital ensanche de los labios, asomo de sonrisa, o el pliegue incómodo del fastidio, disgusto y/o rechazo que genera en el Otro(a) lo que uno es?

3.

Ingenuo e innecesario sería pensar que detrás de todas las mascarillas se tapia una sonrisa, exterior o interior, aunque atraviese el filtro protector de la tela la mejor de las palabras. No todos poseen (o no siempre) el don de descifrar con la mirada, con los ojos, en esta selva de miradas en las que no ha convertido el virus, el espíritu que aloja al de enfrente. La prueba más rápida que poseemos para apuntalar dicha información la ofrece un banco europeo. En su slogan “mascarillesco” asegura que detrás de la que emplea la subempleada modelo hay una sonrisa. Qué vaina. Los banqueros siguen creyendo que nacimos ayer. Entre tantas políticas sobran las de poses forzadas, y faltan muchas, muchísimas, de las empatías.

4.

Tal vez para querernos, para saber cómo haremos, o cómo podríamos hacer, no estaría de más tener presente, -muy especialmente en estos días en que nos dicen por nuestro bien que nos quedemos quietos, que nos quedemos en casa-, las lecturas que Tomás de Aquino hace de Aristóteles. O, al menos, una muy importante: “Todo lo que es movido es movido por otro”. No te mueves por ti, te mueves por otro, por el Otro. Porque no somos uno, somos muchos. Somos todos.

A diferencia de los miembros de la congregación citada, deberíamos buscar tropezarnos, aunque suene paradójico, más con el Otro para lograr movernos. Es indispensable rastrear los vínculos posibles con el que nos une, entre muchas cosas, un destino común. No ponernos en los pantalones del Otro, de manera coyuntural, sino ponernos en su vida toda, en su movimiento vivencial como persona para así movernos nosotros. El cruzarse con el Otro ha de ser fusionarse con el Otro, estar en el Otro, con el Otro.

Dar con los rictus a pesar de no verlos, agudizar la percepción, encender los cinco sentidos y disponerlos al hallazgo de la empatía, entender, de buena manera y en la aceptación, que el otro rostro se agrieta o se relaja con uno y preguntarnos por qué. Apelar al recurso literario tan manido: “Le leí el rostro”. Intuir positivamente que la subempleada del banco no sonríe necesariamente, y mecánicamente, detrás de la mascarilla, a pesar de la impactante publicidad. Y que sí, que quiere son(reír), que necesita son(reír), que necesitamos que son(ría), pero no a uno solamente, sino, en primer lugar, sonreírse a ella misma, que sea superado el lugar común “sonríe para que te sonrían” porque no siempre funciona, no siempre calza, no siempre tiene sentido.

5.

Debemos, porque es deuda, reconstruir los buenos rictus. Imaginarlos, soñarlos, anhelarlos. Crearles una atmósfera propicia. No solamente sentarnos a esperarlos. Si logramos llegar al rictus verdadero del Otro, no importará, principalmente, si expresa alegría o abatimiento. Importará que ese rictus, el de enfrente, lo sepamos también nuestro. Para que todos seamos movidos en la estática incertidumbre. Para bien.

Rubén Wisotzki