Popeye y Tribilín

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¿–Por qué Plejanov? -le pregunté un día a Wladimir en una carta interoceánica en la que tratábamos temas relacionados con las lecturas de Hugo Chávez, sobre todo aquellas inducidas por nuestro padre J.E Ruiz -Guevara. La incursión  a veces insospechada de Hugo en los estantes de la biblioteca paterna, fue mostrando con el tiempo textos de y sobre Bolívar, Miranda y autores positivistas venezolanos, pero el nombre y un libro de Plejanov, fue una sorpresa develada y comentada por Chávez en varias oportunidades. La primera vez lo hizo en Córdoba, en una Cumbre de Mercosur y junto a Fidel y Hebbe de Bonafini. «Tu padre me lo regaló», dijo en pleno mitin, mirándome con picardía.

Wladimir sabía la historia. Mi hermano mayor fue un voraz y disciplinado lector y desde muy joven se hizo  marxista, metódico y desapegado de los dogmas que suelen subyacer a las vertientes del pensamiento llamado científico y a sus relatos libertarios. Ante aquella inquietud mía, tan sólo me dijo: «busca en internet una semblanza de Plejanov y lo comprenderás».

Tiempo atrás lo había hecho: leí las controversiales actuaciones e indagué sobre la personalidad y diversas condiciones políticas, filosóficas y militares de Plejanov, posterior al momento en que Hugo se «llevó prestado» el libro, y me pareció comprensible , pero muchos años después, décadas tal vez, que una personalidad como la del ruso que estuvo cerca y al mismo tiempo distante de Lenin, sedujera al Hugo Chávez que, poco antes de fallecer, nos sorprendiera con Mészáros para asumirse marxista.

El papel del invididuo en la historia, de Plejanov, fue el libro citado muchas veces por Chávez cuando se refería a mi padre, Ruiz Guevara.

Wladimir fue, en todo caso, una especie de cerrajero que abría los herméticos candados de algunas vertientes de los relatos marxistas -incluyendo la obra de Marx, desde luego- para que muchos de nosotros entráramos, pero en el caso de Hugo, ese desentrañamiento lo hizo con él, sin que Ruiz Guevara lo advirtiera: lo hicieron cuando íbamos a la playa, cuando jugábamos dominó o chapita, o durante otros momentos exclusivamente de ellos, bajo la fronda de los árboles en el río Santo Domingo o en una mesa del bar Noches de Hungría.

Hubo momentos de esa época en los que parecía que cada uno de los tres desaparecíamos. Pero nunca fue así. A veces, Hugo y yo nos veíamos en Maracay o San Joaquín, o Wladirmir y él se encontraban con otras personas que yo no conocía.

Fue la época en que comenzamos a construir la relación con Alfredo Maneiro.

Llaves, compadres. Se carteaban, como yo con Wladimir. Y años antes de entregarnos a la militancia, fuimos jugadores de beisbol, chapita y dominó.

Una vez, los dos -o los tres- protagonizamos un pleito que más bien pareció una escena de cine cómico: por un error mío, que quechaba una pelotica de plástico forrada en teipe y no la pude retener al momento de abanicar Wladimir mientras Hugo pichaba, éste se me vino encima presa de una arrechera típica de esos sucesos, y Wladimir se interpuso entre los dos y le dijo enfáticamente:

-«Si lo tocas, te mato».

Desde entonces, esa frase quedó plasmada como una contraseña de la festividad y la hermandad.

Esos fueron Popeye y Tribilín.

Federico Ruiz Tirado