De hábitos, riesgos y pandemias

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Existe desde siempre una indisoluble relación entre las conductas sociales, los hábitos, el acatamiento de normas y la posible propagación de enfermedades, la vulnerabilidad de la salud pública y la vida misma.

Un breve recorrido por la historia así lo comprueba, por lo que de nada servirán esfuerzos, inversiones, campañas, normas, penalizaciones ni decretos de gobierno alguno, si la población, irresponsablemente o por mera ignorancia (a veces por incomprensibles retos) incumple y desacata.

La huella del cólera

“Ha corrido el rumor de haberse presentado algunos casos de cólera morbo. Con este nombre se ha conocido, siglos ha, una enfermedad que es bastante común en (…) todo el mundo, pero no se propaga por contagio, ni tiene otra semejanza que la del nombre con el cólera espasmódico o asiático que aflige actualmente a Europa, Asia y África, y que la experiencia ha manifestado ser contagioso, no obstante los argumentos con que el doctor Mac Lean intentó probar lo contrario (…)”, escribió Andrés Bello en el ejemplar número 81 de El Araucano en 1832.

Con sus afinidades por el conocimiento de medicina se interesó en el tema y diferenció los tipos de cólera; por ello recomendó el uso de los órganos policiales políticos con mayor rigurosidad “para proteger la salud pública, más abundancia de aguas y más igualdad y orden en su distribución”.

Estudió los informes de la Comisión de Sanidad de Londres y el protocolo sanitario del Gobierno inglés para cortar la transmisión y limitar los letales efectos que de todas maneras tuvo la enfermedad, según registra la historia.

Sobre el tema también opinó, como es lógico por su profesión de médico, el doctor José María Vargas, quien aseguraba que cuando el cólera “ya ha invadido este continente, después de haber llenado de terror casi todo el antiguo, en la dirección de orientación poniente, y en una extensión de latitud muy considerable; cuando desde el Canadá ya viene marchando hacia el sur afligiendo los estados de América del Norte; es indispensable llevar a su debido cumplimiento todas las medidas de aseo y limpieza pública recomendadas por el gobierno”.

También habló sobre el cuidado de las aguas, cañerías, albañales y lavaderos, con especial atención en las zonas más pobladas donde se “debe redoblar la vigilancia sobre la limpieza, porque el descuido de unos compromete la salud y vida de otros…”.

Además, recomendó remedios paliativos ya comprobados en la sociedad francesa mientras llegaba la atención médica especializada: brandy, alcanfor, vinagre, semilla de mostaza y ajo, a manera de fricción. Todo basado en previos estudios del doctor John Abercrombie.

Obsérvese que Bello y Vargas coinciden en dos aspectos determinantes: mantener bien informada a la población sobre la amenaza que se cernía desde el norte, y extremas medidas de higiene con el agua y la limpieza. Es decir, aguas limpias, manos limpias y alimentos limpios. Lo cual le deja un amplio margen a la conducta ciudadana, que igual que ahora, si no acata aumenta el riesgo de contagio, de su vida personal y colectiva.

Estos hechos, según el cronista Juan Ernesto Montenegro en su libro de compendio histórico sobre Caracas, ocurrieron un par de años después de la muerte del Libertador.

Por cierto, Bolívar no era de mucho consultar médicos, a pesar de tener a su disposición un equipo de primera línea entre doctores ingleses, franceses y criollos, a los que molestó, según registros históricos, solo en ocasión de su tabardillo (o fiebre cerebral) en Pativilca en 1824; después, al superar el atentado en Lima, que lo obligó –ayudado por Manuelita Sáenz–, a esconderse bajo un puente donde posiblemente contrajo neumonía y, seguidamente, en 1830 cuando ya era tarde por los avances de sus afecciones respiratorias que son señaladas –sin comprobarse aún– como causa de su deceso.

Antecedentes de antecedentes

Se dice que para 1855 entró el cólera por La Guaira y que la propagación fue tal que la Universidad ofreció su sede en San Jacinto para recibir a la población penal y atenderla lejos del hacinamiento del precario sistema carcelario, toda vez que serían la mano de obra del saneamiento público de alcantarillas y cloacas de la ciudad.

Hubo desatenciones y la enfermedad se propagó, tal como lo afirmó en su momento Cecilio Acosta. “La peste extendió sobre la ciudad sus alas negras”, en referencia a su letalidad.

Médicos, gobernantes e Iglesia unieron esfuerzos para controlar el cólera, pero la ciudadanía no estaba preparada ni informada y no se pudo detener.

Aparece un caso curioso de Ramón Garrastazú, quien imputado por asesinato arriesgó su vida para atender a los enfermos y salvó varias vidas, con lo que esperaba salvar la suya de la pena de muerte a la que estaba condenado y, a pesar de sus buenas acciones y el respaldo de los recuperados, fue ejecutado.

La viruela

La llegada de la viruela al continente es atribuida a los colonizadores quienes, adrede, infectaron a la población originaria, porque traían el mal consigo del viejo continente.

Regalaban a los indios indumentaria con la que habían cubierto previamente a los enfermos que habían muerto en la travesía con la terrible enfermedad, lo que significó un factor de indetenible propagación.

La zona más impactada fue Coro, en 1760, y cuatro años más tarde llegó a Caracas, donde en una suerte de híbrido del conocimiento popular y la incipiente medicina apelaron a la inmunidad por anticuerpos de manera natural.

Se creía que el contacto de las personas con el ganado generaba resistencia a la enfermedad. El Ayuntamiento promovió el pastoreo en las calles caraqueñas con pernocta de la ganadería en la Plaza Mayor donde el contacto con la gente sería inevitable.

El método, con aparente credibilidad (sin comprobada eficacia) fue sustituido cuando el doctor Edward Jenner inició el uso de la linfa animal a partir del ganado vacuno, a manera de vacuna.

El mal mermó a la población. Entre muertes y estampidas por miedo a la pelona, en Caracas solo quedaban entre dos y tres mil habitantes…

Información, tratamientos, prevención e inversiones se han hecho contra el covid-19. Dependerá de la conducta ciudadana.

Ciudad Ccs/Luis Martín