LETRA DESATADA | Final de película

Mercedes Chacín

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Por allá por marzo y abril de este año, cuando se decretó la cuarentena en Caracas, la afirmación más extendida entre quienes se dedican a creer y difundir cualquier “noticia” sobre Venezuela era que “la dictadura” ocultaba información sobre las estadísticas del covid-19. Así circularon cientos de mentiras diarias. Lo único que callaba la boca a un pequeño segmento de connacionales sensatos era que contestaran a la pregunta: ¿hay en tu entorno algún caso de covid-19? La respuesta “no” dicha con carraspera, los decepcionaba absurdamente pero a regañadientes aceptaban la realidad.

Pero el covid-19 sí era una realidad en los países vecinos. Y muy pronto los connacionales (del mismo tipo de los incrédulos de aquí, los que no le creen al Gobierno ni cuando dice la hora) empezaron a entrar al país controlados por las autoridades.

Decenas de autobuses se sumaron a los vuelos internacionales que ya tenían meses fletados desde Perú, Ecuador, Chile, Argentina, países donde fueron a parar miles de venezolanas y venezolanos víctimas de ofertas engañosas no del “sueño americano” sino del “sueño latinoamericano”. La verdad se vivió muy duramente. Miles de familias fueron a mal vivir, e incluso a morir víctimas del virus letal. La ignorancia de la realidad se pagó con carencias y sufriendo por ataques de xenofobia.

Las fronteras se cerraron en el mundo menos en Venezuela. El Plan Vuelta a la Patria se detuvo vía aérea y comenzó el regreso por tierra. Se ingresaron en hoteles en la frontera para evitar que contagiados contagiaran. Pero los bachaqueros cambiaron de “mercancía”, cambiaron de ramo. Ya no compraban jabones, detergentes, pantaletas y perfumes sino seres humanos. Así, pues, cientos de combos de familias (que algunos llaman bioterroristas y entre curas se dirimió una polémica) pagaron una “buena pasta” para regresar a sus casas sin cumplir la cuarentena preventiva en la frontera. Y nacieron los casos de virus importados. Los trocheros mercadearon con la muerte. Y para el Gobierno fue una simple cuestión de humanidad porque ¿cómo impides que un venezolano entre a su patria, bajo qué argumento?

La situación ha cambiado dramáticamente y los números ya tienen nombre y apellido. Los casos en Venezuela van cerca del millar diario y parece que eso sí “satisface” a los estadísticos de mal agüero.

La palabra clave sigue siendo la solidaridad. No importa dónde vivas, dónde sueñes o dónde planees tu futuro. La pandemia está instalada en el planeta y mientras las vacunas se fabrican en la India (o donde sea que se fabriquen) siempre habrá una amenaza para el vulnerable, para el pobre, para el anciano, para aquel ser humano con el sistema inmunológico en aprietos. Al día de hoy el mundo cuenta más de un millón de muertes y los más escépticos dejaron de llamar al virus gripeciña. El desenlace, el final, el the end de esta película puede ser distópico, romántico o ecológico. No importa. Urge quedarse en casa para poder seguir contando historias. Sigamos.

Mercedes Chacín