PARABIÉN | ¿Cómo haremos para querernos? Parte VI: El bienestar (o el bien estar). Primera entrega

Rubén Wisotzki

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1.

Por aquí desearíamos empezar este texto: Hablar del malestar (o mal estar) convoca el antagonismo de hablar del bienestar (bien estar), algo que por cierto es más placentero. Pero unos instantes antes de escribirlo leímos, en un periódico europeo, esta realidad ya conocida pero siempre sorprendente e inquietante de Estados Unidos, uno de los países más poderoso del planeta: “el 1% de los estadounidenses más ricos posee el 43% de toda la prosperidad”.

No especifica la frase, extraída textualmente, si es con relación a ese país o a nivel planetario. Pero sea como sea hace mucho ruido. Y ese barullo obliga a buscar, ahora sí, una certeza: según la Cepal (Comisión Económica para América Latina), en estos días pandémicos han surgido 8 nuevos milmillonarios. Y paralelamente se estima que 50 millones de personas de la región ya tienen, como destino seguro e ineludible, la pobreza.

No es diferente el panorama en otras partes, en otras ciudades, en otros países, en otros continentes. Tampoco lo ha sido en otras épocas. Históricamente, los ricos son menos, muchos menos, los pobres son más, muchos más. Y esta injusta condición, con virus o sin él, ha sido “aceptada” por la humanidad. Las comillas empleadas, lo sabemos, son muy generosas. Pero hace justicia con aquellos que no duermen en paz por esta trágica circunstancia y ensayan, de alguna u otra manera, una respuesta ante la injusticia.

2.

Según el diccionario, puede ser el de la irreal academia española o cualquier otro de nuestra lengua, la primera definición de bienestar aparenta ser contundente: “Conjunto de las cosas necesarias para vivir bien”. La segunda también parece clara: “Vida holgada o abastecida de cuanto conduce a pasarlo bien y con tranquilidad”. Y la tercera y última, algo más intrincada, dice: “Estado de la persona en el que se le hace sensible el buen funcionamiento de su actividad somática y psíquica”. Entre apariencias estamos.

3.

Antes que se nos presentaran las vibraciones pandémicas que ya nos configuran como entes, personas, ciudadanos, amigos, familiares, amantes, vecinos, protagonistas y testigos, -en cada uno de esos roles con mayor presencia de la angustia y la soledad-, existía el discurso filosófico que siendo una gran parte de nosotros miembros de generaciones bisagras entre un siglo y otro, -ese tránsito nada cómodo, aunque fascinante, del siglo XX al siglo XXI-, éramos, o somos, dominados por la ambigüedad. Esa condición, la de la ambigüedad, si ha de ser cierta, y por ahora no negada, podemos entenderla si nos colocamos frente a las definiciones de “bienestar” ya leídas en este texto.

4.

Veamos la primera definición: ¿Bienestar es el conjunto de cosas necesarias para vivir bien? ¿Qué es vivir bien? Qué no nos falten nada, ¿no? ¿Y qué es tenerlo todo? ¿Es posible eso? ¿Es viable? Y si no lo es, que no lo es, ¿cuáles serían esas “cosas necesarias”? Suponemos que los estudiosos habrán conformado una lista. ¿En dicha lista estará todo lo necesario? ¿Para todos “lo necesario” es lo mismo?

Pasemos a la segunda definición: ¿Qué es una vida holgada o abastecida? Holgado y abastecido son dos palabras que en su decantación material evidentemente se refieren a unos niveles más que respetables de riqueza, ¿no es así? ¿Qué hacemos entonces con las cifras reseñadas al principio de este escrito? Por otra parte, ¿para pasarla bien? ¿Pasar bien qué? Y agreguemos esto último: tranquilidad, el ser tranquilo. ¿Tranquilidad? ¿Existe o existió el ser tranquilo? ¿Es un logro factible, perdurable, constatable, registrable?

La tercera definición es algo así como el remate del disparate. El buen funcionamiento de la actividad somática y psíquica. Lo somático está referido al cuerpo, es decir, estamos hablando del buen funcionamiento del cuerpo. Lo psíquico está referido a la mente, es decir, estamos hablando del buen funcionamiento de la mente. ¿Qué tal? Así no haya dolencias de ningún tipo, -una especulación solamente permisible en estos días a quienes deseen escribir una nueva versión de “El paraíso perdido”, de John Milton-, un dolor, ya sea en el hombro o la rodilla, o en el trance de una situación emocional compleja, es inevitable, especialmente para los que transitamos ya, entre claros resuellos, el declive existencial terrenal.

5.

En este marco enfermizo de la vida humana global, aunado a los vaivenes del virus, la pregunta es válida: ¿hay ánimo, disposición, u oportunidad real, para hablar del bienestar (o el bien estar)? Sí, claro que lo hay. La razón más manejada, y manejable, por todos es sencilla, por lo tanto, es esencial y fundamental: nadie, en su sano juicio, quiere estar mal, nadie quiere mal estar.

Hay muchas maneras de entender el bienestar. No hay solo un método para alcanzar el bienestar. Con el debido permiso, entendemos desde aquí, desde estas palabras, que el bienestar es una búsqueda individual pero únicamente alcanzable, -o visible, o rozable o discutible, si se quiere-, si es un logro de todos.

6.

Para los que son, o los que pretendemos ser, humanistas, el bienestar no es posible en uno si no es alcanzado por las grandes mayorías. ¿Quién de nosotros puede estar en un bien estar si sabe que su vecino está en un mal estar? ¿Quién de nosotros puede en la noche conciliar el sueño estable, dichoso y duradero, si sabe que alguien sufre, padece? Ahí radica nuestra razón como deseosos constructores de una vida mejor para todos. Eso ha de ser el ser revolucionario. Todos sabemos que las banderas, las consignas, las pintas, los cánticos, los himnos, todo ese universo simbólico tan útil y necesario, carecen de sentido si no nace de un sentimiento profundo de solidaridad hacia el destino del Otro, hacia la búsqueda del bienestar del Otro.

7.

Sí, hay muchas maneras de entender el bienestar. Y, por lo tanto, de asumirlo, de captarlo, de aprehender, de tenerlo. No recordamos al momento de esta escritura que un cronopio de nuestro Julio (Cortázar), que queremos tanto, haya expuesto una guía al respecto. Y más allá de esa posibilidad literaria, cada quien ha de hacerse de la suya. En una segunda entrega nos acercaremos a las más sencillas, las más pequeñas, es decir, las más importantes. Pero aquí y ahora daremos una manera de entender en nosotros el bienestar.

8.

Para estar bien, para un bienestar inmediato, queremos que aparezcan, todas, todos. Nombres y apellidos que no están y deberían estar. Queremos que aparezcan. Ya. Esos nombres de flor, esos nombres de personas luchadoras, esas sangres de gente honrada. Los de aquí, los de allá, que aparezcan. Los necesitamos. Para bien.

(Este próximo 18 de agosto se cumplirá un aniversario más del fusilamiento del español Federico García Lorca, en dedos de gatillos fascistas. El poeta aún está desaparecido. “Si muero, / dejad el balcón abierto. / El niño come naranjas. Desde mi balcón lo veo.”)

Rubén Wisotzki