Perdimos a Sael Ibáñez

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En la escuela de Letras de la UCV de los 70, había un muchachón de Camaguán simpaticazo que siempre me dijo “maracucho”. Traía el bagaje de 10 años de vida religiosa, con las toneladas de lectura que eso implica, para encontrarse con la Renovación Universitaria del 69, Sael era además el novio de Silda Cordoliani. Con su gran amigo Alberto Amengual fundaron la revista Falso cuaderno junto a Balza, Carlos Noguera, Jorge Nunes y otros. Era un grupo de brillantes escritores que se reunía en el Bar Molineros de Sabana Grande.

Era un estudiante impenitente, en postgrados destacan filología hispánica en la Autónoma de Madrid, tres años de inglés en Londres, y postgrado en Ciencias de la información en la Simón Bolívar. De su estancia en España quedó una bella historia que recordamos las pocas veces que nos vimos, Nelson Dávila y yo veníamos de París con escala en Madrid, y cuando lo supo nos dijo el refrán de moda en estos días de su partida: “Quédate en casa”, y así fue, y con esa hermosa generosidad que lo caracterizó, nos atendió a todo trapo, tanto que yo al tercer día huí por la derecha, porque ya no me cabía tanto patanegra con galletas morenas, alcoholes y humos varios. Jajaja.

Pocas veces se escribe el obituario a uno mismo, pero al revisar su Facebook, comienzo a comprenderlo: “Me siento complacido conmigo mismo, porque le he sido fiel a mi destino”. Se vislumbran presagios, en desdoblamientos de su cuento Mala jugada: “Oculto en medio de ese festín de destinos, no es imposible vislumbrar un corazón que comienza a secarse y a diseñar su estrategia de abandono. Yo mismo o alguien que podría ser su víctima” o cuando nos dice «La melancolía es el único sentimiento que piensa». O «Tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida».

O los hermosos versos “Cuando el águila se va, amigo mío”, de Alberto Amengual dedicado a Sael hace 10 años, o la inexorable pregunta de Wilfredo Machado: ¿Quién será el próximo que cruzará el umbral con un trago en la mano?

Humberto Márquez