DATE CON LA CIENCIA | Fuegos que no deben apagarse

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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La ciencia cambia. Hay ciencias de nuestro tiempo, de nuestros territorios

“El fuego siempre ha estado presente
y lo seguirá estando.
Pero no todos los fuegos son iguales:
algunos no deben apagarse”
Bibiana Bilbao

El fuego ha sido, por milenios, un elemento vital y enigmático para las culturas humanas. Los pueblos y las comunidades indígenas han usado el fuego en múltiples actividades de subsistencia (preparación del conuco, rotación de cultivos, cacería, cocina), rituales e incluso, aunque parezca paradójico, para el control de incendios. A pesar de los beneficios del fuego, existen ideas preconcebidas propias de sociedades occidentales y occidentalizadas que ven el fuego como algo negativo, como una fuerza destructora que genera tensiones entre las instituciones y los pueblos indígenas.

Comprender lo que ocurre responde a un proceso de diálogo. En el Parque Nacional Canaima, una investigación llevada a cabo durante más de 20 años ha dilucidado el papel del fuego en el funcionamiento de sus ecosistemas, y ha producido propuestas para un manejo racional e intercultural del fuego. Es parte de un camino científico que se sitúa en la integración de los saberes académicos con los conocimientos ancestrales.

El Parque Nacional Canaima se encuentra en el centro del Escudo Guayanés. El parque incluye las cabeceras del río Caroní, base del desarrollo hidroeléctrico que provee el 80 % de la energía eléctrica del país. Los bosques húmedos son el ecosistema dominante, pero un mosaico de sabanas y bosques también está presente. En dicha área, habita el pueblo indígena pemón que, de manera tradicional, ha usado el fuego en sus prácticas cotidianas. El uso del fuego y las frecuentes quemas han hecho pensar que ese mosaico de sabanas y bosque es producto de la acción humana, y ha sido considerado un factor negativo para el normal funcionamiento del sistema hidroeléctrico, en tanto disminuye la cobertura boscosa afectando las fuentes de agua. De esta manera, las políticas de manejo del área han estado dominadas por una visión de combate del fuego que, en consecuencia, han significado un conflicto permanente con los habitantes originarios.

Así, en 1999, Bibiana Bilbao, investigadora de la Universidad Simón Bolívar, y un equipo de especialistas iniciaron un proyecto que buscaba evaluar el efecto del fuego sobre la vegetación de la sabana y del borde sabana-bosque en aras de crear soluciones locales para la conservación ambiental, el manejo del fuego en la Gran Sabana y la mitigación del cambio climático. El proyecto evolucionó incorporando a científicos sociales, responsables del manejo del parque y, muy especialmente, a las comunidades indígenas.

Un conjunto de quemas experimentales, siguiendo diferentes patrones y modos de quema, fueron dando luces sobre el papel del fuego no solo en la configuración del ecosistema, sino en su papel como controlador del mismo fuego lo que, a su vez, se traducía en una regulación de la emisión de gases de efecto invernadero (GEI).

La consulta a los abuelos de la comunidad y una serie de talleres en donde participaban indígenas, académicos, bomberos forestales y manejadores del parque fueron configurando un plan de manejo del fuego basado en los conocimientos tradicionales.

Los experimentos mostraron que las quemas realizadas de manera rotativa permitían crear cortafuegos que hacían de barreras protectoras del bosque. Adicionalmente, dichas quemas mantenían volúmenes de biomasa en niveles que impedían la producción de fuegos catastróficos que generan importantes volúmenes de CO2.

Los métodos tradicionales empleados por el pueblo pemón, que consisten en quemas cooperativas de manera rotativa, permitió un mosaico de sabanas y bosques en equilibrio y, a su vez, se convirtió en una práctica que regula y disminuye la emisión de GEI (una práctica de mitigación). Fue la intervención del tupunken (criollo) y la imposición de políticas derivadas de la academia tradicional y valores occidentalizados, la que produjo distorsiones y pérdida de conocimientos en las nuevas generaciones de indígenas lo que se tradujo en un mal manejo del fuego y en un conflicto permanente con los manejadores del parque. En la actualidad, la inclusión de los conocimientos indígenas y la construcción colectiva de un plan de manejo se perfila como un ejemplo a seguir para el diseño de planes de mitigación, adaptación y de manejo de áreas que cuenten con sustentabilidad social, política, cultural y ambiental.

Extra: este lunes, pasó a la trascendencia Raimundo Pérez, uno de los abuelos pemón. Vaya esta columna para el alma vigilante de este sabio anciano y la llama de la palabra dicha que sonará en la sabana, cada amanecer: «Chinakaro inna weyu pe yetope» (“Que la luz de ese fuego nunca se apague”).

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto