Empatía por el diablo

PIEDRA, PAPEL O TIJERA | William Castillo Bollé

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Seguro ya sabes mi nombre
pero lo que te desconcierta
es la naturaleza de mi juego
The Rolling Stones

En esos ásperos combates de clanes y egos que se desarrollan en las redes sociales en Venezuela, hace poco una de las tribus se abalanzó sobre varias personas reclamándoles su falta de “empatía” ante ciertas denuncias y quejas que se suelen expresar, lógicamente, porque la vaina está jodida.

La indignación la generaba la falta de respuestas a cosas como “No he podido surtirme de gasolina, dale RT para que el mundo se entere”. O: “En mi comunidad no ha llegado el CLAP, vamos todos a denunciar para que el Gobierno responda”. E incluso cosas tan contundentes como: “¡Denuncia a los corruptos! ¿Te vas a sumar, o avalas la corrupción?”

Como suele suceder, el insólito debate alcanzó el nivel de batalla ética. De acuerdo a los reclamantes, si alguien te exige en un post “ser empático” con algún real o pretendido sufriente, y no lo haces, te conviertes inmediatamente en un canalla aborrecible, candidato a la repulsa y el desprecio virtual.

Este arrebato pasa por alto el hecho de que la empatía no es un valor ético ni una cualidad moral; es simplemente una capacidad psicológica. Tiene que ver -como dice el lugar común- con la disposición emocional de “ponerse en los zapatos del otro”. De identificarse, de proyectar la emocionalidad propia sobre lo que le ocurre a otro y llegar a sentirlo.

Empatía viene del griego empátheia, que algunos en Grecia usaron como sinónimo de “emoción”, y otros relacionaron con “enfermedad”, quizá porque los excesos de la emoción, como la locura, eran vistos ya como padecimientos del alma.

Noten que empatía es cercana -aunque diferente- a “simpatía”, que refiere a la expresión de los afectos sin que estos puedan tampoco explicarse, como nos ocurre en el deporte o en las películas. La empatía deriva de un proceso mental absolutamente individual, personalísimo. Nadie puede inyectarle empatía a otro, y mucho menos obligarlo a sentir lo que él o ella siente.

A principios del siglo pasado la psicología se apropió del término enfatizando la naturaleza emocional e individual del fenómeno. Theodor Lipps afirmó que la empatía es “la conciencia de la experiencia ajena”.

Edmund Husserl, por su parte, la asoció a la afirmación de la propia existencia, del Yo. La proyección de nuestra vida en la vida de otro, es una mediación; el identificarnos con la vivencia del otro, confirma nuestra propia existencia humana. Nos reafirmamos en “la otredad”, pero solo la experiencia del Yo es auténtica. Es como si Husserl dijera: nadie puede estar verdaderamente en los zapatos del otro.

Parientes cercanos a la empatía son también apatía, antipatía y hasta telepatía. Galeno, el médico y filosofo griego, hubiera dicho que todas son enfermedades, y no le faltaría razón. De pathos viene también patología. Pero, vamos, que hoy sabemos que alguien que haga telepatía no está enfermo. Es un superdotado o un influencer.

La falsificación empática

Nadie está obligado a ser empático, la empatía no se puede exportar. Exigirle a otras personas que manifiesten la empatía que tú sientes no solo es superficial e inútil, sino absurdo. Quienes reclaman por ello, apelan a la libertad, porque la falta de empatía -aseguran- es producto de la sumisión o de la imposición del poder. Pero, como dice Fernando Savater, aunque los seres humanos no somos libres de elegir lo que nos pasa, sí somos libres para responder a lo que nos pasa.

Es un hecho demostrado que las redes sociales manipulan sutilmente la emocionalidad de sus usuarios; y que dicho fenómeno, refinado y potenciado por el uso de poderosos algoritmos, procedimientos psicográficos y la big data, tiene como fin mantener a la gente “pegada” a realidades inventadas, a situaciones ilusorias y otras estafas límbicas.

La manipulación de los algoritmos de Facebook fue admitida por el propio Mark Zuckerberg en el Senado estadounidense. Facebook, al igual que las demás redes sociales, intencionalmente vincula las cuentas de sus millones de usuarios con noticias e informaciones que producen tensión, rabia, odio, que alteran el estado emocional de la gente. No es descabellado pensar que, al mismo tiempo, inducen ciertas empatías (y antipatías) hacia hechos que si conociésemos mejor, seguramente no generarían esa reacción, que nos parece tan conmovedora.

Un mundo en tensión es un mundo asustado, temeroso, más controlable. Una sociedad en permanente estrés emocional, plagada de enfermedades neurológicas, solo puede producir odio, hastío e impotencia. La identificación con falsas realidades puede conducir a la pasividad, a la apatía, o a la violencia, y no a la acción transformadora.

El estrés emocional es espejo de esa “sociedad cansada” de la que habla Byung Chul-Han. Las redes sociales con sus mecanismos de alteración de la psiquis, cargan a la gente de mayores tensiones y preocupaciones, angustias que en el mundo real no requerirían tanta atención, como lo prueba la expansión sin límite de las falsas noticias (fakes). El hecho de leer algo, de verlo, o de creer verlo en las redes no presupone que ello existe y ocurre. Las redes son un teatro, solo que muchos no sabemos cuál es la obra que se representa, ni el papel que nos corresponde.

Conmoverse ante la tragedia ajena, puede enriquecer a las personas, pero no reporta ninguna superioridad moral. En el mundo virtual, la empatía automática puede llegar a ser peligrosa si quienes la experimentan no saben controlar sus emociones, si se pierden en la sutil telaraña de la manipulación que se esconde en los timeline, los muros, las cadenas de mensajes y las “noticias”. Y si reaccionan, como algunos, con violencia e intolerancia hacia quienes no satisfacen sus demandas emocionales.

Creo más en la solidaridad como proceso colectivo. Esta hermosa palabra va vinculada no solo a la simpatía, al afecto inexplicable, sino a razones concretas que llevan a la acción. El Che llamaba a la solidaridad la «ternura entre los pueblos». No hablo de esa solidaridad automática, manipulada por el poder, sino a la que nos conduce a ser parte de la vida, a actuar en colectivo, a integrarnos en la acción común para cambiar la realidad.

El diablo está en los detalles, dice el saber popular. Sí, incluso en ciertas empatías. Cuidado con él.

William Castillo Bollé