CARACAS EN ALTA | Los ruidos de mi calle

Nathali Gómez

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Por estos días, uno puede decir sin demasiado ceremonial que pasa más horas en su casa. No hay novedad. En este tiempo, que se hace más largo para quienes tenemos la oficina donde los demás tienen la sala, un simple cambio de ubicación me permitió, sin salir del apartamento, descubrir, a través de los sonidos, esa otra calle donde vivo.

Ahora que trabajo muy cerca de la ventana, intento ver más al cielo, a pesar de que una torre del edificio del frente compite con él por mi atención. Mis momentos de (des)concentración se me van viendo las ventanas, fijándome en los horarios en los que algunos vecinos se asoman a buscar algo perdido en la tarde después de que los negocios cierran y el tránsito disminuye.

Esta nueva ubicación me ha hecho ser mucho más susceptible a los sonidos. Esos que eran ruidos cuando la computadora estaba en medio de la sala, lejos de la ventana. La fachada del edificio, y el piso donde me encuentro, me impiden ver lo que pasa en la calle. Por eso, he optado por afinar el oído, reconocer voces, dinámicas y situaciones. Es como una radionovela continua.

En ese mundo no visible, escucho las santamarías subiendo desde muy temprano. Un lapso silencioso muy frágil permanece hasta que la gente comienza a salir y el estruendo de una moto indica que comenzó el día. Así le siguen los vendedores trashumantes que van de un punto a otro, los perros que le ladran a cualquier atisbo de movimiento y un vecino que da instrucciones sobre camiones de alimentos desde una ventana. Entre el bullicio suelen llegar más rápidamente las risas, los insultos o la voz aguda de un niño.

Cuando las tiendas comienzan a cerrar, se siente la agitación de los que quieren comprar algo con premura. Es el momento más ruidoso, que es acompañado por algún altavoz que explica que mantenerse en la calle es peligroso aunque, a eso de las 12:00 del mediodía, el ambiente sea similar al final de la tarde de un 24 de diciembre, cuando los vendedores hacen las ofertas más arriesgadas porque quieren llegar a sus casas sin mercancía.

En la segunda mitad del día, la calle se enmudece y es posible trazar una línea imaginaria cada vez que pasa un carro. Las luces se encienden en las ventanas y alguna conversación se cuela sin que se sepa muy bien quién habla y por qué. Algún niño llora, los vecinos discuten, como cada noche, y el camión de la basura, que tiene la puntualidad de un reloj, arrastra su ruido inconfundible. Al asomarme a la ventana, percibo que la sensación del tiempo detenido también es un sonido que aún no sé explicar, pero que ustedes también deben haberlo escuchado.

Nathali Gómez