¿Cansados, enfermos o explotados?

PIEDRA, PAPEL O TIJERA | William Castillo Bollé

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Leo “La sociedad del cansancio”, del filosofo surcoreano Byung-Chul Han, llegado a mis manos gracias a esa cierta magia sincrónica que a veces tienen las redes sociales.

La tesis de Han es sugerente y atractiva: la sociedad actual, con sus exigencias de rendimiento, superación, eficiencia, éxito, y su lógica de superproducción e hiperproductividad, genera una terrible saturación del ego, una crisis de la personalidad individual, que la consume y la destruye.

Es una sociedad cansada, deprimida, medicada; agobiada por la violencia neuronal, que se expresa en padecimientos como los síndromes déficit de atención, hiperactividad, desgaste ocupacional, y la depresión, entre otros.

Han argumenta que la sociedad del siglo XXI, ya no responde a una lógica negativa: la amenaza del “otro”, llámese virus, terroristas (comunistas, agrego yo) o migrantes, sino a una lógica positiva, basada en el agotamiento de lo idéntico; todos queremos ser iguales al “mejor “y medirnos por los mismos parámetros de los modelos de éxito; pero esta carrera -imposible de ganar para la mayoría- termina fatalmente en la autodestrucción y el agobio mental.

La sobreabundancia, la auto exigencia lleva al hastío, dice. La violencia de la positividad es resultado de la superproducción, el superrendimiento, el superconsumo o la supercomunicación. Es resultado de un mundo lleno de soledad.

No hay dudas de que lo que Han describe se manifiesta en signos como el aumento de las enfermedades del sistema nervioso en el mundo; que afectan oficialmente a más de 300 millones de personas y tienen una altísima tasa de morbilidad.

Pero también hay síntomas del problema en esos fenómenos característicos de las narrativas del mundo virtual que llevan la personalidad humana al límite: la permanente auto exigencia a estar informados, a opinar o a “participar” aunque sea de forma impostada en los eventos globales; el nuevo individuo virtual, que quiere más que nada parecerse al “mejor”, que quiere a toda costa ser más bello, más feliz o más inteligente, o al menos parecerlo; o la ruptura de la identidad y la intimidad, transformadas en seudo espectáculos públicos, plagados de simulaciones y falsificaciones.

La glorificación del individuo “multitarea (“multitasking”) fenómeno que pulveriza la capacidad de atención y de pensar. Valoramos como extraordinario, dice Han, lo que era una característica de los primeros humanos, del pensamiento pre racional: obligados por sobrevivir, por la presión y las amenazas de la naturaleza, debían ser capaces de hacer todo al mismo tiempo.

Han pareciera decirnos que ya no vivimos en la sociedad explotada, del plusvalor, el fetichismo de las mercancías y la alienación del trabajo, que descubrió Marx, y que necesitaba de una superestructura ideológica (cultura, escuela, religión, medios de comunicación) para domesticar a las masas y controlar las pulsiones revolucionarias que engendra la explotación.

Afirma que ya no vivimos en la sociedad disciplinaria analizada por Foucault; con sus cárceles, psiquiátricos, cuarteles y fábricas, diseñados para dominar el cuerpo (biopolítica) y asegurar la obediencia. Asegura que hemos pasado de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento; y es ésta la que se destruye a sí misma mediante la violencia neuronal. La metáfora de esta sociedad no son las cárceles ni los cuarteles de policía, sino los centros comerciales y los aeropuertos.

Ricos agobiados, pobres explotados

Pese a su indudable atractivo y al hecho de que podamos ver síntomas de la descripción de Han en la sociedad sociedad globalizada y virtualizada del siglo XXI, no es cierto que su análisis pueda extenderse a escala mundial.

Su tesis de una sociedad cuyo principal problema es que los individuos están cansados y agobiados mentalmente; por exigirse permanentemente a ser mejores y a producir más, me parece apenas la lectura de esa visión eurocéntrica que tiende a atribuirle al mundo los padecimientos de ciertas élites en ciertas sociedades del norte, en las llamadas sociedades post industriales.

El mundo en su mayoría sigue estando explotado. Es cierto que la explotación se transforma y adquiere formas sutiles: la precarización del trabajo, por ejemplo, se oculta bajo el discurso del emprendimiento, la deslocalización y en ciertos enfoques del tele trabajo. Y lo mismo puede decirse de otros mecanismos de maximización de la ganancia que se encuentran en la base de los discursos e imaginarios sobre la educación, las finanzas, la salud y el crecimiento personal.

Pero el mundo del siglo XXI, amigo Han, es un mundo precario y brutal. Nunca como ahora exigimos a las mayorías de pobres y trabajadores producir, vivir y morir para una élite cada vez más reducida: el 1% de la población mundial acumula 82% de la riqueza del planeta.

Nunca como hoy, estuvo tan concentrada la propiedad de los medios de producción; y nunca como ahora las relaciones de producción capitalistas engendraron un mundo tan injusto. Hay más 40 millones de personas en el mundo obligadas a realizar trabajo forzoso, y podría haber hasta 25 millones de esclavos o semi esclavos.

Más de 43% de los habitantes del planeta carecen de acceso a Internet y más de la mitad vive con menos de un dólar diario. Su preocupación no es precisamente ser un ciudadano virtual, o formar parte del último evento global; aunque pueda expresar en su conducta los modos globalizados de personalidad, como el fanatismo deportivo. Hay alrededor de mil millones de personas que pasan hambre en el mundo, la gran mayoría en los países del Sur.

La sociedad mundial de este comienzo del siglo XXI, si es que tal grado de generalización funciona, es también una sociedad que padece calamidades peores que la depresión. Más de 2 mil 500 millones de adultos en el mundo sufren obesidad o sobrepeso. Unos 2,8 millones fallecen anualmente por estas causas.

Otros 18 millones de personas mueren cada año de ataques al corazón, accidentes cerebrovasculares y padecimientos similares; esto es más de 30% de todas las muertes ocurridas en el planeta. Enfermedades, padecimientos, heridas inconmensurables para el cuerpo y el alma humana, creadas y promovidas por el sistema del Capital.

Si es verdad que hay cada vez más personas deprimidas en el mundo, la causa principal sigue siendo un sistema tan cruel, como desigual, como injusto e inhumano. Es ese sistema el que sigue amenazando la vida sobre la planeta, y poniéndole fecha de caducidad a la existencia humana.

William Castillo Bollé