MONTE Y CULEBRA | Útil para algo

José Roberto Duque

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Llegué al pueblo con pinta y actitud de caraqueño y me aproveché de un cambote de circunstancias para coronar madre ganga: casita con terreno de 800 metros por la módica suma de 50 mil bolívares, de esos bolívares bisabuelos de los actuales. En aquel momento (2014) con esa cantidad podía comprarme una moto, un montón de ropa o viajar al exterior. Como ya para entonces la vena nómada andaba sufriendo momentos de lucidez sedentaria, me decidí por la casa.

Era el umbral de mis 50 de edad, momento de la vida en que la palabra “vejez” ya no suena tan remota ni tan chistosa, y me puse para la cosa.

“La cosa”: poner en práctica lo que les había dicho a otros que hicieran (montar conuco, construir casa con materiales no convencionales, deslastrarme de un montón de hábitos citadinos, casi todos malos).

“Cambote de circunstancias”: una platica guardada o por llegar, las ganas reales de vivir en una montaña; la amistad de Rafael Martínez Arteaga, “El Cazador Novato”, emblema y patriarca de muchos pueblos de Venezuela y Colombia, y sobre todo de ese paraíso en el piedemonte andino barinés, Altamira de Cáceres.

“Paraíso”: pueblo cafetalero incrustado en un bosque húmedo donde hay más ríos y quebradas que gente, más animales hermosos y silvestres que ríos y quebradas, más neblina y lluvia que animales hermosos y más gente buena que neblina.

***

“Perdí” el primer año en la tarea bastante solitaria e individualista de hacer una casa rara, anexa a la casita rural que había comprado. Anduve varios meses recogiendo en las calles eso que en las ciudades llamamos basura: botellas de vidrio, paletas de madera, muebles desechados por otras personas, palos, piedras, arena. Compré herramientas y materiales industriales pero necesarios.

Durante casi todo el 2014 los vecinos me vieron amontonar cachivaches y retazos de vainas, curar madera, clasificar objetos. Como la casita quedaba a la orilla de una carretera por donde pasaban los habitantes de los sectores El Campito, El Potrerito y otros, y como conservo desde muchacho la manía de hablar solo, sobre todo cuando estoy concentrado haciendo alguna labor, los vecinos empezaron a decir a mis espaldas, y a veces también cuando me pasaban por un lado: “Como si hicieran falta más locos en Altamira, ahora nos mandan a este…”. Los primeros en acercarse a curiosear fueron los niños y los perros. Y antes de ellos, por supuesto, el Coco, un hermanazo del alma que, increíblemente, es o parece estar más jodido del sistema operativo que yo.

Me dio por armar unos módulos de botellas, madera y cemento, copia de una técnica que aprendí con José Rondón allá en El Arca de José, monumento a la creatividad humana en la vía del Páramo de La Culata. Rayaba en un cuaderno el feto de diseño de las paredes mientras iba fabricando sus partes, sus pedazos dispersos. Cuando logré comprar el cemento necesario para echar el piso (ya en ese año era una proeza conseguir cemento y otras cosas en los expendios legales) le pedí auxilio a un albañil evangélico, le medio expliqué lo que quería y el hombre se adaptó a mi capricho.

Luego vino la tarea final: convertir el montón de madera, piedras, botellas, alambre, troncos, mecates y láminas de zinc en algo parecido a una casa o a un anexo habitable. Llevaba y sigo llevando conmigo la filosofía y visión de José Rondón: una casa son cuatro palos y unas tablas. Todo lo demás es valor extra, embellecimiento y arte. De la aventura resultó un cajón de 6 por 3,5 metros en la que viví tres años rodeado de culebras, escarabajos, tucanes, escorpiones, lluvia, café y felicidad. Esa extraña felicidad de los ermitaños.

El máximo galardón obtenido por esa faena fue la extraña visita sorpresa con que honró a la casa una maestra del pueblo, acompañada de sus pupilos de cuarto grado. Parada afuera en la calle les decía a sus muchachos: “Miren, esto es un ejemplo de lo que les he dicho en clases: con el reciclaje ustedes pueden hacer lo que sea, hasta una casa”. Aunque no me dirigieron la palabra ni me hicieron ninguna pregunta, me sentí grandote e importante.

Cuando el cajón estuvo habitable, pero no terminado (una casa no debe declararse concluida jamás, siempre debe haber algo que hacer en ella) sobrevino el momento de salir de la concha fundacional y aplicarme al trabajo político, el impactar y dejarme impactar con y por las comunidades: fundé y puse a caminar un periódico donde hablaba la gente de todos esos caseríos, que me puse a recorrer con la excusa de dar talleres de periodismo y la oculta intención de sacarles su historia y sus historias. Cumplí 50 años trepando por una de esas laderas abismales de la vía Barinas-Mérida, en busca de las bolas de plomo que escupieron los cañones de Ezequiel Zamora rumbo a la batalla de La Bellaca. Continué por allí mi misión autoasumida de guardián y propagador de semillas.

Después de esos desenlaces los altamireños se reafirmaron en la idea de que ese bicho (de paso chavista) no andaba bien de la cabeza. Pero al menos me gané el título de loco útil para algo. No es una victoria, pero es un alivio.

José Roberto Duque