CARACAS CIUDAD CARIBE | El origen del poder de los “Amos del Valle”

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Para mediados del siglo XVI, la mayor parte del territorio de la futura Capitanía General de Venezuela estaba penetrado y en cierta medida poblado por los invasores castellanos. El Valle de Los Caracas era todavía una región hostil que no había podido ser ocupada por los conquistadores, debido a la resistencia de las poblaciones caribes que eran dueñas de dicho territorio. Por esa razón la administración colonial no contaba con un puerto seguro en la costa central de Venezuela. Durante aquel período se produjeron varias incursiones de corsarios ingleses y franceses en los asentamientos costeros de Borburata y Coro, los cuales representaban avanzadas del capitalismo comercial europeo en el Caribe, así como la expresión de las corrientes comerciales de la economía mundializada que ya se estaban gestando en diversas ciudades europeas y que conspiraban contra la hegemonía del imperio español en América.

Para aquel momento, los Países Bajos, Inglaterra y Francia ya habían comenzado a desarrollar una producción industrial considerable, así como también flotas navales comerciales y de guerra, y medios para captar buena parte del intercambio comercial de Europa occidental con la India, China, Japón y el Imperio Otomano. España, por el contrario, aunque poseedora de grandes reservas de oro y plata existentes en sus colonias americanas, no había logrado desarrollar hasta ese momento una producción industrial de magnitud similar a la del resto de la Europa occidental. Por esa razón no tenía la capacidad de satisfacer plenamente la demanda de insumos, de manufacturas necesarias para enriquecer la vida cotidiana de sus poblaciones colonizadas.

El comercio europeo de ultramar

El desarrollo del comercio de ultramar, en el caso de Inglaterra, tuvo como principal promotor compañías privadas integradas por corsarios. Otras hermandades similares, basadas en Amberes, fueron, antecesoras de las diversas compañías que explotaban el comercio con las Indias Occidentales. Tanto en Inglaterra como en los Países Bajos y Francia, la naciente filosofía capitalista de aquellos comerciantes era opuesta al monopolio comercial estatal que ejercía España sobre sus colonias americanas.

Las arribadas forzosas

Dentro de aquel marco de relaciones económicas se inscribían las denominadas “arribadas forzosas” o “contrabando legalizado” del siglo XVI en Venezuela; esto es, los contactos comerciales con las poblaciones de la Gobernación de Venezuela “forzadas” por los comerciantes aventureros ingleses o franceses para romper el mercado cautivo que había creado la monarquía española en sus colonias americanas, causa del estado general de insuficiencia en el abastecimiento que mantenía en penuria a las provincias de la Gobernación de Venezuela. Los denominados “corsarios” o “bucaneros”, traían toda clase de mercaderías para colmar las necesidades de la población: vinos, aceites, telas, harinas, instrumentos de trabajo, esclavos negros y –en general– todo lo demás que faltaba en el comercio de estas regiones. Cuando las autoridades españolas accedían al intercambio comercial pacífico, las flotas de bucaneros o comerciantes aventureros pagaban religiosamente a la hacienda pública los impuestos reales, como lo exigía la lógica comercial del capitalismo. Cuando los gobernadores españoles les negaban la licencia para comerciar, según la misma lógica, atacaban a las poblaciones con el objeto de forzar la relación comercial con los habitantes de las mismas.

Debido a la dispersión y desarticulación de los incipientes centros urbanos de la Gobernación de Venezuela que servían de soporte a la estructura administrativa de la colonia, se hacía complicado el manejo de los asuntos, particularmente los comerciales. Ello incluía también el perjuicio que acarreaba a la Hacienda Real el comercio ilegal de la población con los aventureros ingleses y franceses, motivado en buena parte a la falta de un puerto bien organizado que fuese vecino a un centro urbano donde funcionasen, de manera centralizada, los poderes públicos. Hasta mediados del siglo XVI, si bien la capital de la Gobernación estaba en Coro, la sede de la Hacienda Pública funcionó, primero en Borburata y luego en Barquisimeto, lejos de dicho puerto. Este hecho afectó las actividades económicas y fiscales en su generalidad de la provincia, aumentando la pobreza reinante y las dificultades de todo género que comprometían la vida de la provincia.

La solución al problema fiscal y político que confrontaba la Gobernación de Venezuela radicaba en la creación de un espacio centralizado de poder público que incluyese, al mismo tiempo, un puerto marítimo confiable, fortificado, como forma de controlar el recaudo de las rentas para la Hacienda Pública. El territorio donde era posible concretar dicho proyecto, el Valle de Caracas y su litoral, estaba habitado y férreamente controlado por una confederación de tribus caribes que –para mediados del siglo XVI– los castellanos no habían logrado reducir todavía. Se imponía, pues, organizar una campaña militar a los fines de derrotar a las tribus caribes caraqueñas y despojarlas de sus territorios.

Lo anterior nos permite analizar las entradas de Fajardo y luego de Losada al Valle de Caracas no como acciones voluntariosas sino como parte de una visión geoestratégica para estabilizar la Gobernación de Venezuela y sentar en ella las bases de un sistema capitalista mercantil.

Los amos del valle

Una vez consolidada la antigua villa de San Francisco como Santiago de León de Caracas, ésta se transformó en la capital de la Gobernación de Venezuela, estimulando así un proceso de acumulación originaria y de concentración del poder en las manos de un pequeño número de conquistadores, quienes pasaron a convertirse en el embrión de la clase dominante que controlaría el futuro cabildo de la villa. De esta manera, los nuevos “amos del valle” se apropiaron de las mejores tierras que habían sido propiedad de las tribus caribes. La fuerza de trabajo indígena reducida en encomiendas pasó a ser un valor agregado a dichas tierras. Determinados individuos llegaron a tener el monopolio de la extracción de leña, de la molienda del trigo y la producción del maíz. El control económico de la vida cotidiana doméstica: el combustible y los alimentos y el control de la distribución del agua útil, la importación y la exportación de productos, convirtió a los “amos del valle” en dueños del poder económico en toda su acepción, situación que persistió en buena parte hasta inicios de la Revolución Bolivariana.

Mario Sanoja Obediente/Iraida Vargas
Cronistas de Caracas