Se debe conjugar la poesía con la crisis pandémica

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Conocer a Elisanne María Zabaleta es oír de su voz el arrullo del viento marino o de la montaña. Es sentir lo cotidiano desde la calle, el rostro del pueblo, el amor por la familia y por la madre tierra. Oriunda de Carúpano (estado Sucre), nació el 21 de noviembre de 1972 –fecha simbólica para el país por ser el Día del Estudiante Universitario–. Trabajadora de Aeropostal (18 años de servicio), TSU en Administración Industrial y preparándose para culminar su Licenciatura en la Universidad Nacional Experimental de la Gran Caracas (Unexca).

En 2003 se activa con la poesía, al darse a conocer con colectivos poéticos de Caracas y presentarse en las escuelas, liceos, bibliotecas, embajadas, comunidades organizadas, clase trabajadora, cafés literarios, librerías, entrevistas radiales, plazas públicas… Confiesa que a la edad de 14 años salió de su pueblo a buscar mejores condiciones de vida, para ayudar a su familia. A esa edad comenzó a leer y escribir. Por las duras condiciones que vivió no tuvo la oportunidad de ir a una escuela. “Trabajé en casas de familia. Recuerdo que la primera casa donde trabajé, la dueña tenía una biblioteca y yo disfrutaba limpiarla.

El libro que más me llamó la atención fue Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach. Lo leía despacito en el cuarto de servicio antes de acostarme. Desde aquella vez me despertó el amor por la lectura”, afirma Zabaleta.

Mi día a día frente a la pandemia

Nuestra entrevistada anda activa desde las 5:00 am: buscar agua, preparar la comida, organizar su espacio para limpiar, leer, escribir, tomar sol desde la azotea, oír música (la instrumental es su favorita), oír las noticias, realizar sus tareas en línea, comunicarse con sus seres queridos y reportarse a la oficina (cuando sus supervisores requieren su presencia). “Respecto a mis estudios universitarios, a raíz de la pandemia, me afectó terriblemente. No fue fácil habituarme a un régimen de clases vía online, cuando estás vinculada a tu salón de clases, con tus compañeros y profesores. Las faltas de herramientas y de orientación respecto a la tecnología, conseguir los textos, dificultades de comunicación con los profesores, problemas de internet y de telefonía en la zona de residencia… son aspectos terribles en solucionarse. Frente a estas adversidades, el factor clave ha sido la unión entre los compañeros y compañeras de clases, en darnos apoyo e intercambiar conocimientos, al visitarlos en sus hogares –cumpliendo el protocolo de bioseguridad–, pues se fortalecen las tareas en equipo, y cumplir con los estudios”, expresa Zabaleta.

Del mismo modo, confiesa: “Como poeta, esta situación de vivir en confinamiento y salir a la calle a exponerte al contagio de contraer el covid-19 causa temor, inseguridad, frustración, un estado de depresión… Sentir la tristeza y la angustia del ciudadano de a pie, y más cuando es clase trabajadora, un jubilado o pensionado, pagas alquiler, tienes un familiar enfermo; las carencias y limitaciones nos frenan y no se obtiene lo indispensable para llevarlo al hogar. ¡Me golpea ver este panorama! Las palabras que te motivan para escribir estos escenarios, te hieren, te entristecen, te paralizan. Recientemente me pasó esta anécdota, buscando opciones en lograr otro ingreso (para subsanar las exigencias más apremiantes) me llevé una desagradable sorpresa, la exigencia de la edad es una gran limitante que te frena. Es decir, hay que tener 18 a 40 años de edad para trabajar. Me pregunto: ¿Si paso de esa edad me convierto en una víctima de discriminación laboral, pese a tener la experiencia y aptitudes? ¿Dónde están las leyes competentes en materia laboral que permiten que empresas vulneren nuestro derecho a trabajar cuando pasamos de 40 años? ¿Acaso me convierto en un ‘estorbo’, o un ser ‘inservible’, para esas instancias?”.

Mucha fe, no rendirse y salir adelante  

“Soy una mujer de fe. Creo en Dios y en la Virgen del Valle. La fe nos permite mantenernos irradiados y con la esperanza que estas circunstancias lamentables pasarán, y seguir adelante. Estos son los momentos en que nuestro pueblo debe fortalecer la unión, la solidaridad y la espiritualidad como valores de vida. No podemos ser indiferentes con el prójimo. Si vemos alguien que atraviese un doloroso momento, no tiene qué comer o no tiene el medicamento para aliviar su dolencia, el deber ser es tenderle la mano y cómo lo ayudamos. De lo contrario, no somos humanistas ni cristianos, ni mucho menos revolucionarios. Hay gente de malas acciones y desbordan su propia miseria humana. Lo he visto en estos tiempos difíciles. Creo en la justicia de Dios y quien hace daño tarde o temprano lo paga”.

Del dolor al amor

“Ser fuerte en plena pandemia, conocer las circunstancias de tus familiares que viven en el interior y están pasando situaciones rudas. ¡Si en Caracas guapeamos, imagínate en el interior del país! Tengo mi familia en Carúpano y me duele no estar al lado de ellos. 2020 ha sido un año difícil, doloroso, golpeado; pero hay que llenarnos de amor para seguir con vida y superar todas las adversidades”.

Ciudad Ccs/Siboney del Rey