EstoyAlmado | Las mortadelas sobran

Manuel Palma

0

La salud mental parece la gran olvidada en esta pandemia. Si bien la prioridad es evitar contagiarse con covid-19, las nuevas condiciones de aislamiento impactan con fuerza la salud mental de muchos que sufren una mayor carga de estrés e incertidumbre de estos tiempos. Es una guerra silenciosa que cada quien asume a diario en su cotidianidad; algunos con más bríos, otros con muchos miedos vestidos de cautela. No hay un reporte semanal y mensual como ocurre con el coronavirus. Solo el contagio subyacente del desánimo que va llenando a diario, a cuentagotas, el vaso de la paciencia. ¿Cuándo se rebosará? ¿Estamos haciendo algo para minimizarlo?

El asunto no es un detalle menor. Una consulta mundial de la Cruz Roja Internacional calcula que la salud mental de 51% de la población mundial ha sido afectada por la pandemia. Los niños y adultos mayores son los más afectados por diversos motivos; entre ellos encierro y falta de interacción social. Yo agregaría que también la salud mental es golpeada por el contagio masivo de la duda, la propagación sin cuartel de la zozobra y el pánico al futuro. En Venezuela eso también está en juego. Y no es cosa de estrategias de opinión pública atadas a agendas partidistas y campañas electorales. Se trata del marco referencial de valores que sopesa la cotidianidad; y que no se puede perder de vista en la compleja realidad nacional.

Es natural que el esfuerzo se concentre en frenar la propagación del virus, disminuir los contagios, descender la cantidad de fallecidos y en preservar la salud física de la población. Sin embargo, la salud mental pareciera estar eclipsada. No luce como un asunto colectivo, ni una política pública, ni mucho menos como una respuesta orgánica de las comunidades organizadas. Claro, en Venezuela la crisis económica no ayuda; tampoco el absurdo y abominable bloqueo que, a ratos, ahoga a la población en su propio vaso de paciencia. Es un pulseo para que dejemos de luchar entre albas y ocasos. Es hasta admirable que no nos hayamos incinerado en el polvorín de los odios inoculados por quienes pujan por la intervención moral; por quienes apuestan por el colapso de nuestra salud mental.

En ese contexto de altibajos, la psiquis social se encuentra en permanente rehabilitación. Aunque no faltan los más soberbios y desconectados que despachan a los que pifian con la frase “hay que adaptarse a los cambios”. Como si todos tuviéramos la misma resiliencia y fortaleza socioemocional para proteger nuestra salud mental de desesperanzas aciagas. ¿Y los que no? ¿Y aquellos que se desploman? ¿Qué hacemos? ¿Los dejamos caer, y seguimos? ¿Apelamos a la sobrevivencia del más apto del darwinismo social? ¿Y la solidaridad? Sin duda, el trabajo social es enorme.

Los mensajes para ideologizarnos, todos con la idea de un futuro mejor es tarea pendiente en cada minuto pandémico. Y aquellos que se erigen como líderes están llamados a ‘reinventarse’ en el contagio de la esperanza real, en la fe de la remontada. En este caso las mortadelas sobran porque en pandemia y en crisis el alimento es otro, aunque no todos lo entiendan.

Manuel Palma