MONTE Y CULEBRA | Cocollas, cocollares y Guaicaipuro

José Roberto Duque

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Tiene algunas ventajas eso de tener más de un espacio para escribir en dos publicaciones hermanas, que de paso circulan el mismo día. Una de esas ventajas reside en que se puede desplegar en alguna de ellas lo que no cupo en la otra por falta de espacio. Abusaré un poco de este privilegio para decir un par de cosas que no logré insertar en la revista Épale, pues el tema de aquí tiene que ver con el de allá.

Me autofusilo: en la autopista Cimarrón Andresote se juntan entre San Felipe y Urachiche una cantidad de estatuas horrendas de santos, arcángeles con cara de maricos y vírgenes con cara de gafas (“Museo Vial Religioso”, bautizaron a “eso”), referencias católicas que quedan todas opacadas por la mamá de nosotros, de la Venezuela sensual, sabrosa, la de los besos brujos y la belleza hecha carne, culo, tetas y grandiosidad: la fértil María Lionza a la entrada de Chivacoa, contundente, dominando el espacio y dominando a la culebra gigante de su leyenda, que en el siglo XXI es río pero de asfalto.

En esa autopista, la juntura entre ambos universos referenciales se ha trasladado a una doble condición: pasan allí cosas hermosas desde el punto de vista de la solidaridad y otras grandiosidades humanas, y también tragedias producto de la maldad inherente a personas muy desesperadas o muy corrompidas. En la Cimarrón Andresote encuentras gente y procesos maravillosos y una criminalidad acaso emparentada con la índole corrupta de ciertos organismos. No diré más; ojalá la gente de Yaracuy o quienes hayan sido usuarios de ese corredor vial aporten alguna anécdota o impresión al respecto.

Desarrollaba por allá un parecer, que no es una tesis ni hipótesis científica (zape), pero soltaré el enunciado de tal manera que lo parezca: probablemente las construcciones humanas se impregnen del espíritu de los nombres o referencias a que aluden o invocan sus nombres, cuando éstos son lo suficientemente potentes o carismáticos. En sentido diametralmente contrario, esas asociaciones a veces se dan a manera de sarcasmo; no olvidar el caso de La Fría, en el estado Táchira, población donde suelen pegar unos calorones de espanto.

Se dan casos híbridos o bidireccionales como el de la población de Cocollar, en el muy caribe y pagano estado Sucre. Se supone, según el culto de los diccionarios y la estricta norma etimológica castellana, que un cocollar es una prenda del atuendo religioso, usada por las monjas. Pero sucede también que cocolla se le llama en oriente a la cuchara, cuca o vagina, y no hay poder religioso, lingüístico, telúrico, imperial, metafísico o militar que les quite a los sucrenses de la cabeza la idea de que ese pueblo se llama así porque sus calles y periferias son una cantera o despliegue de notables cocollas o muchachas de todo calibre. Y basta pasar por ahí, viajando de Monagas a Sucre o viceversa, para comprobar la especie: el amplio desfile de bellas en flor y de hembras color candela delata el real espíritu que hermana a ese pueblo y a la palabra que lo designa.

Como somos un pueblo mestizo y producto de una explosión que tuvo productos de notable magnificencia (nosotros mismos, pues), pero también actos y gestos dolorosos, de ese dolor monstruoso que los siglos no logran borrar, entonces somos la mezcla de un montón de claves espirituales que a veces les cuadran bien a sus nombres, y otras veces los desmigajan: miles de pueblos y referencias toponímicas llevan nombres de santos católicos, y miles de otras le rinden culto al ancestro indígena, no tanto al africano (aunque los hay: “El Cumbe” se llaman muchos poblados en el país).

En esa onda, y saludando la decisión de llamar Guaicaipuro a la autopista que por décadas llamamos Francisco Fajardo (la autopista más larga de la capital llevaba el nombre de un pajúo, de un traidor de su pueblo), deberíamos forzar un poquito las cosas e intentar que se honre al nuestro, al padre martirizado y asesinado por los españoles. Esa autopista y su periferia deberían convertirse en corredor o territorio de espacios productivos, mire que a lo largo de ese enredijo de viaductos hay espacios ociosos, subutilizados o tomados por gente a la que también habría que “des-fajardizar”.

Nicolás Maduro invitó o sugirió que debería desplegarse allí una especie de muestrario de las artes. Habría también que aprovechar para demostrar que la cultura y las artes no son un ámbito lleno de ociosos que no saben hacer otra cosa sino cantar, pintar y echar palabras bonitas. Guaicaipuro: la autopista donde los cultores demostraron su vocación productiva, su vena creadora no solo de “arte” sino también de alimentos y objetos utilitarios.

José Roberto Duque