CARACAS EN ALTA | La vida de quienes no están vivos

Nathali Gómez

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“La muerte es un problema de los vivos”, escribió el sociólogo Norbert Elias en ‘La soledad de los moribundos’, un libro que por razones desconocidas compré dos veces, en etapas diferentes de mi vida: en una mi madre estaba viva y en la otra no.

Hoy que es día de Todos los fieles difuntos, como se denomina esta conmemoración religiosa de origen cristiano, quiero recordar la vida de quienes ya no están vivos, porque aún no los considero muertos. Es precisamente la memoria de los nuestros lo nos hace ser quienes somos. Es nuestro pasado tan presente que solo así puede proyectarse al futuro.

En la lejanía de mis recuerdos están mis abuelos paternos. Ninguno de los dos nació en Caracas pero se movían por la ciudad como si siempre hubieran estado en ella. Saturno, mi abuelo, era usuario de los autobuses Mercedes Benz que aún andan por ahí. Con él aprendí a hacer viajes en esos monstruos de entrañas anaranjadas. Cuando le tocaba buscarme a la salida del preescolar, solía tender una bolsita de Bolibomba en el bolsillo de su guayabera que esperaba ser encontrada por los nietos.

Mi abuela Carmen siempre estaba llena de energía, a pesar de su edad. Recuerdo su entusiasmo por la vida y su manera de solucionar cualquier problema, sin importar el tamaño o la presentación. En mi mente siempre va con su cartera, donde podía estar escondido el universo, buscando matas en algún lugar, recorriendo quincallas y hablando con una facilidad sorprendente con cualquier señora desconocida en medio de una cola. Cuando pienso en ella, la veo yendo de un lugar a otro, recorriendo Caracas como si estuviera hecha a su medida.

Cuando hablo de mamá, solo puedo decir que es una de las colombianas que más amó esta ciudad. Su nivel de pertenencia, aunque nació a kilómetros de aquí, era tangible y sólido. Me enseñó a andar por la ciudad cultural que aún siento como mía y con ella hice mi primer viaje en el Metro, una vez que lo inauguraron. Para ella fue un evento tan especial que aún guardo nuestra foto en la placa que está en el interior de la estación de Chacaíto, donde inicialmente terminaba la línea 1.

Con Amparo aprendí a desenvolverme en los lugares más hostiles de esta ciudad: las paradas de autobuses, las calles intrincadas y los terminales de pasajeros. Mi mamá nunca se detenía por nada y en mi recuerdo siempre es invencible, como si su mayor miedo hubiera sido no hacer algo.

Ella recorría el Ávila como si la montaña siempre hubiera sido suya, como si fuera la misma que la vio nacer en el Valle del Aburrá, en Medellín. Al igual que mi abuela Carmen, era incansable y ávida por maravillarse ante lo que ofrecía su entorno: mi mamá andaba por el mundo como si cada día fuera uno distinto que había que recorrer y descubrir.

“Lo que sois, fuímoslo nosotros; lo que somos, lo seréis vosotros”. Así dice la voz de los muertos de vida.

Nathali Gómez