PUNTO Y SEGUIMOS | La basura gringa vuelve bajo la alfombra

Mariel Carrillo García

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Una de las razones por las que el nefasto Donald Trump no fue reelecto presidente de Estados Unidos (EEUU) fue por desagradable y mala imagen. Para el establishment norteamericano, las grandes corporaciones y el lobby sionista, el colorado resultaba demasiado vulgar y volátil. Un empresario terco con opiniones locas y propias acerca de cómo manejar su negocio, sin mantener las “formas” y “tradiciones” de librito que hacen del imperialismo yanqui, el imperialismo yanqui. Más de doscientos años de construcción de un inhumano sistema con máscara de democracia libertaria no podían irse por el caño con un orate como Trump exponiendo sus miserias.

Una de las fortalezas del imperialismo norteamericano ha sido su manejo de la cultura, la imposición mundial de un ideario de nación cuasi perfecta, desarrollada, próspera, admirada y digna de imitación, llena de héroes salvadores, conquistadores del espacio, representantes de la raza humana ante el universo y una larga serie de etcéteras que tristemente hoy, en pleno siglo XXI, se creen millones de personas. La penetración cultural ha sido tal que aún cuando los crímenes que han cometido los gringos contra el mundo pueden ser constatados por cualquiera, muchos los perdonan, algunos los niegan y otros incluso los consideran necesarios. No hay libertad sin precio. No importa que ese precio sean las vidas y recursos de los países del sur global.

Mantener esa pantalla hollywoodesca requiere un multimillonario y complejo subsistema que no solo sirve para tener el apoyo de la opinión pública internacional, sino el control sobre sus propios ciudadanos, los cuales viven mayoritariamente en una ignorancia que a otros pueblos nos asombra, pero aferrados con fe casi fanática a su “destino manifiesto”. La realidad, esa que dejó ver Trump en sus cuatro años de gobierno, es que el pueblo estadounidense es el primero en sufrir las consecuencias del capitalismo salvaje: pobreza, racismo, xenofobia, fanatismo religioso, precario sistema de salud y educación (a los de calidad solo acceden quienes puedan pagarla) y un ideal de vida basado en la capacidad de consumo. Donald mostró en televisión lo fea, enferma y decadente que es la sociedad de EEUU, y claramente no se gustaron a ellos mismos. La mera posibilidad de autorreconocimiento y despertar de los estadounidenses era simplemente imposible de permitir para los verdaderos dueños del imperio.

La elección de Joe Biden y Kamala Harris, apadrinada y promovida por los Soros, los Musk, Bezos y otros anónimos millonarios, se da por la necesidad de sacar de escena a Trump, quien los hacía ver muy mal, o mejor dicho, reflejar muy bien. De ese binomio maligno, integrado por el redactor del decreto Obama que nos califica de “amenaza inusual y extraordinaria” y una elitista feminista liberal, adorada por los sionistas, no podemos esperar nada nuevo, pues serán fieles representantes de la tradición demócrata de perfumar el estiércol, al generar guerras para recuperar la economía, invadir, robar y acosar, pero con “tacto” y a nombre de la libertad. Ni chance de oposición interna a los viejos desmanes de siempre.

En América Latina, y especialmente en Venezuela, engañarnos sería indigno de un pueblo que sí tiene claro quién es el enemigo histórico. Aquí sabemos que no importa lo bello que parezca el Capitán América, igual quiere venir a robarte, con tu permiso o sin el. Nuestras esperanzas jamás deben ser puestas en una sociedad como la estadounidense, que se niega a reconocerse a sí misma, menos aún en sus representantes. El camino es otro, de resistir e inventar. Bolivarianamente.

Mariel Carrillo García