MONTE Y CULEBRA | Sequía y estallido

José Roberto Duque

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Ya estamos entrando en el ciclo de siembra conocido como Norte-Verano, esa temporada en que se supone que dejan de caer los grandes aguaceros y empieza la sequía, en los Llanos y en casi todo el país. En Caracas y la costa central puede que llueva un ratico más; no olvidar que los peores deslaves, vaguadas y tragedias de las últimas décadas ocurrieron precisamente en diciembre, en estas orillas de Venezuela.

Aunque de entrada eso de quedar secos parece una mala noticia, cuando uno se para a mirar el fenómeno desde la perspectiva correcta empieza a ver matices. Por ejemplo, nos damos cuenta de que la resequedad y la ausencia de agua es un ciclo inevitable. Y un poco más adentro en el fenómeno: no solo es inevitable sino que trae buenas oportunidades para aprovechar de varias formas las características del ciclo.

De entradita, no es verdad que el agua “desaparece”, solo que de pronto no caen más lluvias y entonces hay que acudir a métodos artificiales, a la tecnología, a la sabiduría milenaria de los pueblos, para conseguirla.

En el ámbito institucional y del poderío del Estado se activan los grandes sistemas de riego. Solo en la franja que va de Táchira hasta el Guárico, y más arriba en línea paralela, entre Zulia y Aragua, hay más de 30 sistemas gigantescos o medianos (si nos ponemos a contar los comunitarios ya es imposible o muy difícil contaros). En oriente también hay grandes y pequeños sistemas, pero los grandes tecnólogos, los genios de los sistemas de riego (que, por cierto, son algo más que un tanque con unas mangueras conectadas) son los pueblos andinos.

Un sistema de riego es, además de ese concepto básico consistente en un gran tanque, curso de agua o embalse del que salen tubos o mangueras a regar terrenos y plantaciones, un ejercicio de política, de economía y de vida en sociedad. Tienes el tanque de 100 mil litros de agua y, ladera abajo, hay 200 parceleros o familias que necesitan surtirse de agua. Necesariamente esos 200 núcleos de personas tienen que intercambiar, organizarse, negociar, ponerse de acuerdo en horarios de riego, cantidad de agua necesaria: eso es un sistema de riego. Los pueblos andinos son culturas que han lidiado con esas dinámicas desde hace miles de años; la geografía ha sido su universidad. Hace una década el Instituto Nacional de Desarrollo Rural llevaba campesinos de los Andes a otras regiones del país para que les explicaran los secretos de la técnica y de la organización humana a comunidades y pueblos que no tienen esa experiencia. Ignoro si lo sigue haciendo.

Más allá de ese ámbito de políticas y organizaciones hay que asomarse también a la dimensión telúrica del asunto “sequía”: la tierra se reseca y entra en una temporada de estrés que parece esterilidad, y lo es, pero temporal y parcialmente. Es la temporada de los grandes incendios, de las resolanas, de la casi total quiebra y calcinación de los campos; eso negro y humeante que se ve en el horizonte se asemeja a la muerte y con la muerte lo asociamos.

Pero también es temporada de vida: las grandes ribazones o ciclo de desove de los peces llaneros, que emigran río arriba para depositar sus huevos, se convierte en la fiesta de los pescadores en el Llano. Acércate entre enero y marzo a cualquier estado llanero y pregunta por dónde viene o por dónde irá la ribazón, lánzate allá con cavas, cestas o sacos, y llévate toda la proteína que quieras. Bueno, si la Guardia Nacional no te la quita en las alcabalas. Entonces mejor te la comes en el sitio.

Al final de esa época ciertamente dura y sombría, en que el sistema hidroeléctrico nacional queda de paso más vulnerable por la disminución de los caudales, sobrevendrán los aguaceros de mayo-junio, y entonces el reverdecer. Los surcos se llenan de lluvia y las semillas estallan en rica orgía de fecundidades. Ese momento se ha trasladado al lenguaje popular en felices imágenes: cargar un verano es triste, pero el verano se acaba cuando revienta el desahogo en forma de aguacero. Entonces uno le agradece al verano la sequía, y a los ciclos de la vida el estallido.

José Roberto Duque