ASÍ DE SENCILLO | Zorro en bicicleta

Maritza Cabello

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Se veía tan guapo en su bicicleta. Iba por las calles pedaleando su soberbia. “Solo yo lo hago. Sin mí no pueden seguir”. Se auto engañaba.

Desesperadas, las gallinas costureras lo solicitaban… Con algo de miedo. Era zorro, no se podía olvidar ese detalle.

La señora gallina Teresa López le pidió su servicio, pues su máquina había parado. Por más que revisó aquí, allá, arriba, abajo, no supo qué le pasaba.

Si no la reparaba, no comían los pollitos. ¡Que desesperación! Entonces, lo llamó. —¡Aló! Señor zorro ¿Cómo está? Me han dicho que usted repara máquinas de coser. Quisiera…

Ya estaba allí, en un instante. Con los ojos dilatados y el hocico jugoso.

Estacionó su bicicleta. Caminó con belleza y gallardía.

—¡Sí! Soy el mejor.

La señora gallina, Teresa López, bajó la mirada, se dirigió a su taller y sacó su máquina.

—Mire, señor zorro, necesito ajustarla y…

—Cincuenta dólares. -Interrumpió.

—¡Cacará qué! -Expresó sorprendida-

—Pe pe pero, no le he explicado qué tiene. Dijo con timidez la gallina.

—Eso es, si no le gusta, si no tiene, no llame. ¡Cincuenta dólares! ¿Sí o no?

—Lo lamento, no tengo… Dijo con tristeza la señora Teresa.

—¡Hasta luego! Dijo despidiéndose el zorro.

Golpeó la puerta y salió. Tomó su bicicleta y se fue sin despeinarse.

Ese día el señor Zorro volvió a dormir sin comer. Nadie lo contrataba, porque se sentían extorsionados por el alto costo de su servicio.

El zorro se lamentaba de su mala suerte y de la poca cordura de las señoras gallinas costureras. Ellas preferían al señor oso. Lento y reilón.

-Seguro, era eso. Gordo hipócrita. Como se ríe con ellas, le hacen cola -Se decía, molesto.

La señora gallina Teresa llegó apurada con su máquina en brazos y se colocó de última en la cola a esperar entre cacareos y risas mientras el señor oso trabajaba.

Al cabo de un rato, un largo rato, volvió a su casa contenta con su máquina lista para trabajar.

Les advirtió a sus compañeras:

—No se les ocurra contratar a ese zorro.

Todas respondieron a coro:

—¡Ni locas, ya lo cococonocemos!

Maritza Cabello