EL QUE BUSCA ENCUENTRA | Piloto automático

Henrietta Saltes Zamora

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“Qué difícil se me hace mantenerme en este viaje, sin saber a dónde voy en realidad”

Así comienza la canción “Todo a pulmón” y así, un poco aturdida sin tener claro qué escribir, comienzo esta columna hoy. Que soy humana e imperfecta y no todas me las puedo saber. ¿Y es que es imperiosa la necesidad de racionalizarlo y reflexionarlo todo? ¿De tener a tiro todas las ideas? Creo que no es posible.

El profesor Earle Herrera tiene una muy buena anécdota acerca de no tener tema pero que deriva en que siempre hay tema y uno sólo se tiene que dejar llevar. El tema que me viene a la mente, en un clarito, es el de la responsabilidad individual; pero no a la que apelamos cuando requerimos comportarnos con el máximo de civismo, sino más bien la emocional. Que uno se tiene que auto-terapear.

La responsabilidad con nosotros mismos y todo lo que sentimos. Bueno o malo, positivo o negativo, pero que reposa o salta desde adentro. Y lo digo tomando como marco el piloto automático en el que vivimos. El del rigor que impone la vida en este todo actual que debería terminar de considerarse y aceptarse como una guerra por la sobrevivencia en la que el campo de batalla, como se ha dicho hasta el cansancio, es el mental. Y en eso está el mundo pero más nosotros, que sumamos un montón de evidencias.

Así, el escenario es complejo y la vida, perdiendo cada vez más su cualidad de buena, pareciera haberse puesto los patines pero no ceñida a la connotación con la que soltamos el dicho sino, más bien, haciéndose cada vez más lejana, sintiéndose ajena o incluso ausente, a veces. Ahora que estamos en pandemia me permito bromear diciendo que es “asintomática” porque es inasible, más de lo que uno espera.

No hay tregua

Es inclemente la existencia porque lo que nos rodea nos obliga a apegarnos a una dinámica cuyo objetivo parece aniquilar la dimensión de lo espiritual. El alma pues. Asusta que uno pueda ir perdiendo un poquito cada día y noche al estar permanentemente sujeto y sometido a la exigencia racional de utilizar la lógica dentro de este disparate de diseño por el que “funciona” el sistema.

¿Pero lógica para qué? Para todo. Imagínense, hasta para sentir

A veces, caminando por ahí vemos “la normalidad” en los rostros y expresiones de la gente. Si sonríe parece estar todo chévere pero siempre me pregunto, en silencio, si es tal cual como parece. Me permito dudar siempre.

El sistema se retroalimenta desde ese mecanismo malevo en el que nos va engullendo y deshumanizando. No en vano se han hecho tantas películas en las que la raza humana deviene en simples máquinas porque el pensamiento, dicho en criollo: trabaja pa’ lapa. Visto así, cualquier sonrisa, incluso la propia frente al espejo, podría no ser tan genuina como se supone.

“Que difícil se me hace cargar todo este equipaje, se hace dura la subida al caminar. Esta realidad tirana que se ríe a carcajadas porque espera que me canse de buscar”

¿Y qué buscamos? Pues la felicidad, qué más… ¿pero cómo, con tanto o todo en contra? Ahí está el detalle. ¿Por casualidad han notado las veces que se quiebran? Son muchas. La situación de Venezuela, por más espíritu caribe que pudiera haber en la memoria genética no da chance, prácticamente, para que uno se detenga a sentir y enfrentar sus miedos, dudas, contradicciones y preguntas desde el alma. Es esquiva la calidez y espléndida la frialdad.

Todo parece amenazante y puede que ante nuestras circunstancias apelemos a la esperanza, pero la verdad es que no hay certezas de nada; estamos en el aire, no hay cómo trazar perspectivas y así uno se pierde. Y aunque nadie puede ir y volver del futuro para echarnos el cuento y aprovechar el dato, es importante poder proyectarse (para mí, al menos).

En todo momento se está obligado a resolver con cabeza fría el día a día o lo que se medio intuye o adivina (tirándolas a pegar) que podría pasarle. Es frustrante improvisarlo todo. ¿Por qué? Porque nuestra vida colectiva se ha convertido en una ruleta y es insano.

La suerte es el producto que más alto se cotiza ahora. Si salimos a la calle en piloto automático pero vaya usted a saber por qué razón la bolita blanca cae donde a usted le conviene, podrá decir “salió mi número” y tener un día bueno. Eso no es vida o no una buena, ni de vaina. Eso es un limbo.

Y el piloto automático hace que uno se vaya mal acostumbrando a esperar la suerte. Creo que es lo peor que ha podido pasarnos y que más allá de lo solidarios y echados pa’ alante que podamos ser los venezolanos, estos son tiempos en donde a nuestra naturaleza como individuos le exprimimos el jugo hasta secarnos, porque la realidad del día a día nos machaca que estamos cada vez más solos e indefensos. No vengan con cuentos lindos, que no estamos para eso.

El Estado venezolano es “garante” -entrecomillo con profunda tristeza- de nuestros derechos y precisamente porque no está en la capacidad de cumplir con sus obligaciones y es insuficiente (no lo digo yo, lo demuestra él mismo), es que hemos tenido que apelar a nosotros mismos, en la manera en la que hemos podido, con los recursos de los que hemos echado mano, cuando hemos tenido la suerte de hallarlos. Solemos querer contar con él y resulta que nos estrellamos. ¿Y para qué está si no es para eso, para contar con él? ¿A qué estamos jugando? ¿A qué juega él?

Sintámonos bien, sí, porque de alguna manera o de todas somos autosuficientes, pero no nos acomodemos contorsionados en esa cajita incómoda de la orfandad, porque ¿más o menos cuál sería su propósito: imaginarlo o palparlo tangible? Una de dos. Cuidado con esas glorias personales que le tienden la cama a lo inaceptable, que lo subliman. Mucho cuidado, que con la venia del pueblo noble y heroico todo le constituye una manguangua y se relaja.

“Qué difícil se me hace mantenerme con coraje, lejos de la tranza y la prostitución. Defender mi ideología, buena o mala, pero mía. Tan humana como la contradicción”

¡Y cuánta contradicción! Es demasiada la decepción.

En apenas 5 días tendremos elecciones del Poder Legislativo. Los últimos 5 años han sido los peores en su esencia y los más sufridos, como nación toda. Demasiados errores han sido cometidos en torno a eso, demasiadas omisiones imperdonables. Todo cuestionable.

Por favor, hagámonos el enorme favor de no votar en piloto automático y sí racional, objetiva y reflexivamente; con la agudeza de la lógica, pero sobre todo tocándonos el alma, la conciencia; basándonos en todo lo que hemos visto, sentido, padecido, sacrificado, perdido. Votemos como seres humanos, como venezolanos, no como clientes políticos. De quienes elijamos quedará cumplir con su deber y estar verdaderamente a la altura del momento histórico crítico que vivimos, pero que ya no sea la esperanza en ellas y ellos lo que tengan como “estímulo” para hacer o no su trabajo. Es que les toca y punto.

Hay que despojarlos de ese salvoconducto emotivo porque si a ver vamos quienes necesitamos un cariñito somos nosotros. Ya fue suficiente del uso y abuso de ese recurso fenomenológico por parte de los políticos, bueno el cilantro…

Así que zapatero a sus zapatos. Que se pongan las pilas es lo único que necesitamos. No demagogia, no farsa, no más mentiras, no más trampas, no más promesas, no más peliculitas, no más comiquitas, no más escenitas. Ya basta de tanta paja e ineficacia.

Cada día sufrimos más y peores cosas en esta ruleta porque quienes tienen responsabilidades colectivas se echan aire. Así que necesitamos hechos inmediatos, no palabras. Poder que no se ejerce se pierde inexorablemente (lo hemos visto) y se lo damos (no sólo díganlo, créanselo) para que lo usen a nuestro favor, no en nuestro detrimento.

Ningún poder del Estado es juego. Ningún poder del Estado tiene derecho a esconderse y excusarse desde ningún piloto automático. Ningún poder del Estado se puede dar el lujo de apelar al cansancio, al aturdimiento o a mal acostumbrarse al azar o a no hacer su trabajo por esto o aquello. A ningún poder del Estado le puede dar amnesia y olvidar para qué existe. A ningún poder del Estado se le puede aceptar ningún artilugio ni dejarle pasar agachada ninguna excusa. Ningún poder del Estado le puede pedir al pueblo que le haga el mandado. Ningún poder del Estado tiene recreo.

¿Si “todo a pulmón” uno, jodido, pasando roncha, llevando palazos, sobreviviendo: no lo van a poder hacer ellos? Entonces que espabilen, respiren profundo y RESUELVAN de una buena vez nuestros asuntos medulares, internos y externos. Quien no pueda que no se lance y quien se agote que se aparte, se salga y se vaya, y listo.

Que el pueblo venezolano está harto de ser abusado no es ni fenómeno ni secreto y la peor de las iras es la silenciosa. Hasta ahora han ido en góndola, no jueguen más con candela. Hagan bien la lectura. Y “asunto”, como decía mi abuela.

Henrietta Saltes Zamora