LETRA DESATADA | Sin triquiñuelas

Mercedes Chacín

0

Cuando tenía unos quince años empecé a escuchar que en el año 2000 se acabaría el mundo. El efecto Y2k, producto del cambio de milenio, nos mantuvo entretenidos décadas. Yo saqué esta cuenta unas cuantas veces: en el año 2000 tendría 36 años. Del siglo XXI han transcurrido 20 años. Y para nosotros, los venezolanos y venezolanas, estos últimos 20 años han sido bastante movidos, hayamos decidido irnos o hayamos decidido quedarnos en el país. No ha sido fácil para nadie. El mundo no se acabó.

Hemos vivido de todo un poco en el ámbito político, económico y social. Se han registrado tragedias, golpes de Estado, intentos de magnicidio, actos terroristas y también hemos sido testigos de la mayor transformación social de la que hayamos tenido conciencia en esta Tierra de Gracia. Sorprendió que un país petrolero se quedara sin gasolina, era una barajita imposible. ¡Ah!, pero nos faltaba algo más estremecedor, más delirante que el regreso de un Presidente a su cargo por orden del pueblo, como sucedió en abril de 2002.

Desde el punto de vista político, lo sucedido en Venezuela a inicios del siglo XX con el golpe de Estado contra Chávez, forma parte de uno de los episodios más emocionantes de los que se tenga registro. Cuando el helicóptero voló sobre nuestro hogar en San Bernardino, anunciando el regreso de Chávez, fuimos testigos y protagonistas de un regocijo colectivo.

Luego vino la emigración, la venas que se abrieron desde nuestro suelo y nuestro cielo y se derramó (o se derramaron) afectos, convicciones, traiciones, actos de amor, balas, discriminaciones, racismo, corrupción, dolores, mucho billete, sectarismo, viajes con y sin raspazón de cupos, pago de deuda social histórica, millones de casas dignas con canaimitas adentro y, con mujeres vicepresidentas y ministras aprendimos que tenemos mucho que desaprender.

Para quienes nacimos a mediados del siglo pasado el reloj biológico sigue dando su hora. Murió un hombre inteligente, sabio, autodidacta, amoroso, terco: mi papá. Murieron Fidel y Chávez, Juan Gabriel y Simón Díaz, Otilio Galíndez y Maradona.

Pero faltaba algo que le pusiera la guinda a la segunda década del milenio, el verdadero efecto Y2k, vino con corona y todo. La pandemia nos hizo entender la importancia del silencio pero también nos hizo hablar y decir lo que realmente pensamos en esos largos momentos de convivencia obligatoria, colectiva y pandémica. Un reto inaudito para los seres humanos.

Así fuimos aprendiendo que los abrazos son importantes pero que podemos vivir sin ellos y que la muerte está ahí, acechando, para que no lo olvidemos. Aprendimos que el que vive a tu lado tiene preferencias y que sabe cuándo debe dejar de molestar. Pero también aprendimos que hay gente que no aprende. La pandemia que azota a la humanidad nos hizo más humanos. Aún no se sabe cómo terminará esta historia, falta mucho por escribir y registrar. El 2020 nos dejó suspendidos, expectantes, en una nube que no se desvanece y “matricular este año” dejó de ser un chiste. Por eso toca amarse sin triquiñuelas, porque para luego, es tarde. Sigamos.

Mercedes Chacín