EstoyAlmado | El arte de especular

Manuel Palma

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La especulación económica es vieja en el país. Dicen los expertos que su génesis se remonta en los vaivenes del rentismo petrolero, y cada época se alimenta de las fulanas expectativas de ganancias de comerciantes y empresarios. Hoy la especulación sigue presente; en la calle cualquiera puede constatar la esquizofrénica alza de precios.

Lo curioso es el tipo de especulación que cada quien -sin ser comerciante pero con sueño de serlo- aplica según el medalaganismo del día. Por ejemplo, después de culminar un trabajo menor, un plomero me dijo que le pagara la “tarifa mínima”. En mi ignorancia le pregunto qué cuánto es eso, “¿cuánto va a hacer? 5$”, me dice. Por unos segundos me pregunté si había una suerte de barómetro de costos mínimos por un trabajo u oficio. ¿Cómo se calcula la tarifa mínima de una actividad en una economía hiperinflacionaria? Intentar utilizar la cifra del sueldo mínimo por ahora solo queda como una añoranza.

Para justificar la especulación uno ya sabe que algunos comerciantes se mimetizan en la actriz Lupita Ferrer para victimizarse con el argumento de la reposición de inventarios (que, por cierto, aumenta el triple cada semana), proveedores criminales (el truco desgastado de que la culpa no es mía, es de quien me despacha); o la subida o bajada del dólar, que la verdad es irrelevante, pues igual suben los precios como mejor le parezca. Pero aprender cómo especulan con los precios quienes no son comerciantes, es un arte digno de estudio antropológico.

Un motorizado me decía que su “tarifa mínima” puede variar entre 5 y 10 dólares, todo depende obviamente de la distancia, si tiene que hacer un mayor recorrido debido al cierre de avenidas en semana de cuarentena radical o si el pasajero tiene sobrepeso. “Hubo uno que llevándolo me espichó el caucho”, dice. “Hay que ser precavido”, remata. Los taxistas también van por la misma vía especulativa con la ventaja de que la bendita tarifa mínima puede ser pagada entre varios.

Por su parte, los barberos que se instalan en el centro y en el oeste de la capital pueden cobrar 1$ en promedio. Igual precio te puede cobrar un cuidador de carros en aceras y vías públicas. Cuando no puedes pagarle con verdes debes hacerlo con chuchería o comida; y si lo intentas hacer en bolívares, deben ser billetes de los de 50 mil o 20 mil, porque de menor denominación lo pueden dejar caer al piso.

Esa destreza de fijar precios a conveniencia varía en Caracas según las zonas y la percepción del poder adquisitivo que tengas del oeste y este de la ciudad. En el este los mecánicos pueden cobrar entre 30 y 40 dólares más por su trabajo porque “allá no les pesa la mano para soltar billetes”, según me contó uno de ellos. Alguien me decía que iba a preparar pan de jamón para venderlo en el este, porque en otro lado de la ciudad no se puede vender tan caro como quería. Es algo así como una especulación clasista.

También la rápida disponibilidad para pagar marca esa delgada línea para forjar un criterio especulativo. Un técnico de ascensores de edificios residenciales me dijo que en la Baralt cobraba menos que en Santa Fe. En el edificio de la Baralt tenía que esperar tres semanas que el condominio le recogiera los dólares para hacer el trabajo; en el este se lo pagan de una vez en efectivo al precio especulativo que él fijara ese día. Según él, eso le indica que a los de Santa Fe hay que cobrarles un poco más la próxima vez; mientras que a los de la Baralt hay que decirles que recojan, al menos, el 40% del costo (ya rebajado) para empezar y no esperar tanto.

Tal vez es cuestión de supervivencia, de tratar de surfear la ola hiperinflacionaria, o quizás una forma de resistencia ante un fenómeno económico que golpea sin piedad. Lo cierto es que nadie escapa de la especulación diaria. De hecho, cuando alguien en la calle intenta vender algo a un precio accesible inmediatamente escuchas a los transeúntes decir “tá muy barato, seguramente es robado o está malo”. Nadie concibe que algo cueste por debajo de las expectativas especulativas. Si lo haces debes justificarlo con cosas tipo “me voy del país”, “es para una emergencia de salud”, “es para una fundación”.

Después de todo, el arte especular en el país es tan cambiante que seguramente mañana lo dicho en esta columna será una mera especulación, ajena a otra realidad con precios distintos y otro modos de especular.

Manuel Palma