PARABIÉN | De ‘Perdonavida’

Rubén Wisotzki

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1.

Como para estos días de cierre de año, cuando se suele celebrar el fin de un nuevo curso existencial, se suele sugerir que cada quien realice su propia autoevaluación, es decir, estirar el cuello propio y asomarse un poco a ver si este 2020 fue transitado por uno con notas sobresalientes, buenas, regulares o malas, –o, valga la mención, quizás, sencillamente, no se presentó a examen y ya, circunstancia esta última que no lo eximiría de revisarse el porqué de esa decisión–, sería justo, decimos desde acá, que en esta oportunidad nos viéramos con una pequeña, pero sustanciosa, dosis de benevolencia.

2.

Ahora vas de ‘perdonavida’, nos dirá alguno.v´Perdonavida’ decimos todos en la calle con soltura, demostrando así que somos implacables, duros, rigurosos, rectos, en nuestras miradas hacia el Otro, supuesto merecedor, o tal vez no, de la crítica más furibunda. Nosotros, los dioses. Los otros, simples mortales. Nosotros, la luz. Los otros, a veces, y ni siquiera, taquicárdicos destellos (y pensar que tiene tantos significados la llama de una vela, como bien lo distinguió Bachelard, o el titilar de las luciérnagas, encendidas tantas veces en las palabras de los poetas…)

3.

Pensemos, pensémonos, pensémoslo. ¿Cuántas veces nos hemos equivocado en este año? ¿Cuántas veces hemos quedado en falta ante nosotros mismos (sin que el Otro siquiera se percate del error, pero sí nosotros, ah, sí nosotros)? ¿En cuántas oportunidades le hemos fallado al Otro? Muchas veces para declararnos a salvo del descrédito momentáneo, o, en el caso del que escribe, perenne. Así y todo, no nos hemos cansado de enarbolar en nuestras palabras las quejas, los reclamos, las interpretaciones más agudas, más filosas, más desgarradoras, más despiadadas, ante el error del vecino.

4.

Pero, tranquilos, que los hay peores. O mejores, según ellos. Hay que ver la calidad que poseen algunas almas puras, impecables, intachables, celestiales, en su comportamiento humano (¿es decir, animal?), que siempre poseen el tiempo necesario para observar, juzgar y sentenciar, el comportamiento de los demás, en aras, faltaba más, de poner las cosas en su lugar. Son de imaginar de una liviandad absoluta esas bellas almas -más contundente que la planteada amorosamente como sugerencia por Italo Calvino en “Seis propuestas para el próximo milenio” (o sea éste),- que alzan vuelo, que levitan, que no están entre nosotros, los que pisamos tierra, siempre culpables de todo, y que por tal motivo solamente son visibles a través de sus santos edictos publicados en las redes sociales. En ellos, la verdad y, curiosamente, seguimos viviendo en la mentira.

5.

Volvamos a nosotros, los terrenales. Mientras escribimos esto en un cuaderno tipo Alpes, con un bolígrafo tipo mongol, compartimos la sala de espera, que en realidad es la sala de la desesperación, con un hombre de ciencias que también lleva un mal consigo, un mal como lo llevan todos, nada especial. Recordemos que la diferencia entre el mal de uno y el de los otros está en la visibilidad (aquí es donde uno agradece las lecturas del Bhagavad Gita, el desequilibrado Buda de uno, los asomos descuidados a la palabra zen, el querido Confucio, pero también las lecturas de Lucrecio, Séneca y el terrible Nietzsche, entre otros, ¡ellos sí!, residentes de los cielos, incluso de aquellos que son poseídos por las nubes más oscuras…

Decíamos que compartíamos desesperos de sala con uno de esos extraños personajes que no conformes con las preguntas buscan sus correspondientes respuestas y, si los vientos del conocimiento y el azar soplan a favor, las hallan. El compañero de cuarto en cuestión, el científico, y sin que venga mucho a cuento aquí por qué, nos habló de un premio Nobel de Física, Richard Feynman, quien observó que una energía determinada (habló de “quantos” y esas cosas tan incomprensibles como una mala metáfora poética) era capaz, en un lugar no mayor que el de una taza de café, de hacer hervir a todos los océanos del mundo. Para la ciencia moderna, culminaba en su reflexión, los milenios son solamente, y si acaso, momentos. Es decir, a no preocuparse mucho, porque lo ya aprendido y desaprendido tantas veces: no somos nada…y nos creemos mucho, y, algunos, demasiado.

6.

Pero el juicio de uno hacia uno, no sabe de esas cosas, o prefiere ignorarlas. Somos hacia nosotros mismos los más decididos y destemplados. Si se tomase real conciencia de ello sabríamos que el juicio del Otro hacia uno siempre se queda corto, o insustancial, y hasta frívolo. Nos sabemos más cercanos a merecedores del infierno que al algodonado cielo. Y de una manera u otra nos lo decimos, en voz baja y a solas, al oído. Para quien niegue esta verdad ontológica le tenemos una mala noticia: no se conoce. O no se conoce bien (algo que para estos casos es lo mismo).

7.

Seremos polémicos para muchos. Bienvenida sea la polémica. Pero en nuestra opinión, y por este año, aunque sea por este año y ningún otro más, actuemos con benevolencia ante nuestro propio juicio. Ha habido mucha muerte, y lo que falta, en este 2020 a nuestro alrededor. La culpa acecha. La ‘autoculpa’ más. Conversadores que somos ya con nuestros muertos, en este año tan especial, muchos han de juntar a otros, conocidos o no, en la conversa. No es un diálogo fácil, sencillo. Pero los que por una razón u otra quedamos de pie tenemos mucho que escuchar de ellos. Seamos un poco más, repetimos, un poco más benevolentes con nosotros mismos en primer lugar. Solamente así, creemos, podremos ser benevolentes con el Otro. ‘Perdonavida’ que dicen. Para bien.

Rubén Wisotzki