CRÓNICAS Y DELIRIOS | José Vicente, el Allende nuestro

Igor Delgado Senior

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Cada vez que la muerte nos roza con sus órbitas hundidas y sus desplantes de temibles anuncios, evocamos las coplas de Jorge Manrique: Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/ contemplando/ cómo se pasa la vida/ como se viene la muerte/ tan callando.

Por ello, cuando se difundió la desaparición de José Vicente Rangel, comenzamos a enhebrar muy en los adentros del afecto, algunas significaciones que caracterizaron su existencia. Y perdonen los lectores si aludo a circunstancias de mi órbita personal, ¡es la licencia que nos concede esta pesadumbre!

A la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958, José Vicente regresó del exilio y comenzó una larga senda política de cinco diputaciones y tres candidaturas presidenciales, siempre en representación de la izquierda y en defensa de los preteridos y humillados. Algunos ejemplos de su acción son prueba de una firme valentía: denuncia pública de los asesinatos de Alberto Lovera, Fabricio Ojeda y Jorge Rodríguez por parte de los cuerpos represivos del Estado (1965, 1966 y 1976 respectivamente); los demás casos contenidos en su libro Expediente Negro, “registro inacabable de la violación sistemática de los derechos humanos, consumada por los gobiernos de la Cuarta República en Venezuela”; y así cada vez que fue necesaria su incorruptible presencia. En paralelo, nos considerábamos de alguna forma amparados, si teníamos a mano el teléfono de José Vicente para que acudiese en nuestro auxilio cuando nos acosaran los aparatos de la represión.

Lo conocí por intermedio de mi padre Kotepa Delgado el año 1962, cuando él y Luis Miquilena (quizás su contrafigura) dirigían el periódico Clarín, y ofrecieron a Kotepa respaldo financiero y de imprenta para fundar La Pava Macha, semanario de humor que luego se constituyó en el más acérrimo adversario del presidente Rómulo Betancourt (tanta fue la guerra escrita de La Pava que los adecos decían que era “el brazo humorístico de la guerrilla”).

El gobierno utilizaba infinidad de mecanismos para silenciar al hebdomadario, y uno de ellos –según recordaba nuestro fraterno Luis Britto García– fue citar a los humoristas ante los organismos policiales para que rindieran declaración. Entonces José Vicente, como diputado, se responsabilizó frente a la policía de los cargos que pretendían imputarle a los compañeros humoristas, liberándolos así de tan seria amenaza.

José Vicente y mi padre mantuvieron una indeleble amistad. José Vicente acudía cada cierto tiempo a la Pensión Guánchez, donde habitaba Kotepa, para comentarle asuntos políticos e intercambiar opiniones sobre los problemas del país. Mi padre consideraba a José Vicente como un excepcional icono de las ideas progresistas, aunque venía del rígido canon de una familia gomera (su padre fue coronel y presidente del entonces Estado Zamora, cuando Juan Vicente Gómez). La admiración que José Vicente y Kotepa se profesaron, tuvo su reflejo en la prensa porque allí constan palabras de mutuo reconocimiento. Y llegó hasta mí, ¡porqué no decirlo!, el respaldo intelectual de José Vicente, pues bajo el conocido seudónimo de Víctor Vidal escribió un artículo comentando Relatos de Tropicalia, mi primer libro de cuentos. A lo largo del tiempo, coincidí con José Vicente cuando desempeñaba los altos cargos de gobierno que le correspondieron, y fue el mismo compañero mayor de siempre. Multitud de homenajes y recuentos biográficos acerca de José Vicente han llenado los periódicos, las pantallas de televisión y los segmentos digitales, pero a nuestro parecer todo ello se queda corto frente a la real trascendencia de su figura.

Considero que es Tarek William Saab quien más cercano está de una justa evaluación, cuando afirma que José Vicente, a raíz de su deceso, “pasa a ser símbolo de la izquierda mundial y que él y Salvador Allende representan fielmente el civismo progresista y democrático latinoamericano”.

En apoyo a la opinión de Tarek, añado que los dos son símbolos de dignidad, firmeza ideológica y coraje político, incluidos ambos en una corriente que podríamos llamar de socialismo democrático, y que tanto Allende como José Vicente tuvieron el arrojo de exponer sus vidas en momento definitivos: Allende desdichadamente se inmoló bajo la pólvora cruzada de Pinochet; y José Vicente, en el trance del golpe de Carmona en 2002, tomó un arma y se dispuso a morir defendiendo la causa del presidente Hugo Chávez. Por fortuna, vivió para ratificar sus ideas hasta los soles de diciembre de 2020.

Concluyo con un mensaje público que divulgué al día siguiente de su muerte: Hondamente consternado por la desaparición de José Vicente Rangel, un ser humano de excepción en la política, el periodismo, la amistad y los trascendentes valores morales. Digno a prueba de fuegos y halagos, solidario con los perseguidos y ofendidos, culto cultivador de la palabra, franco en el diálogo y la confrontación de ideas, maestro, líder por naturaleza de los dioses materialistas, puño en alto hacia el porvenir. ¡José Vicente!, junto a mi padre Kotepa que se une a tu memoria desde la eternidad, te hemos recordado con el temple de un canto de fervores y esperanzas. Abrazos inmensos para Anita, Gisela y José Vicente, hijo.

Igor Delgado Senior