Cuentos para leer en la casa | El cerezo Jirohei

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Los japoneses dicen que los fantasmas de la naturaleza inanimada tienen más vida generalmente que los fantasmas de los muertos. Hay un antiguo proverbio que dice algo en ese sentido: “Los fantasmas de los árboles no aman al sauce”, que significa, supongo, que no son asimilados. En los cuadros japoneses de fantasmas casi siempre hay un sauce. No sé si Hokusai, el pintor antiguo, u Okyo Maruyama, un pintor famoso de Kyoto de fecha más reciente, fueron responsables de los cuadros de fantasmas y de sauces; pero es cierto que Maruyama pintó a muchos fantasmas debajo de sauces (el primero era el de su esposa que cayó enferma). No sé lo que tiene que ver exactamente con esta historia, pero mi narrador de historias empieza con él.

En la parte norte de Kyoto hay un templo Shinto llamado Hirano. Es famoso por los hermosos cerezos que crecen allí. Entre ellos hay un árbol viejo y seco que se llama “Jirohei”, al que cuidan mucho; pero la historia que le corresponde es poco conocida y creo que no se ha contado antes a los europeos.

Durante la estación en la que florecen los cerezos mucha gente va a visitar los árboles, especialmente por la noche.

Cerca del cerezo Jirohei, hace muchos años, había un salón de té grande y próspero, que perteneció a Jirohei, el cual había empezado de una forma bastante insignificante. Hizo dinero tan rápidamente que atribuyó su éxito a la virtud del viejo cerezo, al cual veneraba en consecuencia. Jirohei tomaba en una consideración muy grande al árbol y atendía sus necesidades. Evitaba que los niños treparan y rompieran sus ramas. El árbol prosperó y él también.

Una mañana un samurái subía caminando al templo Hirano y se sentó en el salón de té de Jirohei para mirar cuidadosamente al cerezo en flor. Era un hombre poderoso, de piel oscura y cara malvada, de unos seis pies de altura.

—¿Es usted el dueño de este salón de té? –Preguntó.

—Sí, señor –contestó Jirohei dócilmente. –Lo soy. ¿Qué puedo traerle, señor?

—Nada, gracias –dijo el samurái. –¡Qué árbol tan hermoso tiene aquí enfrente de su salón de té!

—Sí, señor. Debo mi prosperidad a la hermosura del árbol. Gracias, señor, por expresar su aprecio hacia él.

—Quiero una rama del árbol para una geisha. –Dijo el samurái.

—Lo siento profundamente, me obligan a negar su petición. Tengo que negárselo a todo el mundo. Los sacerdotes del templo me dieron órdenes a este respecto antes de permitirme levantar este salón. No importa quién pueda pedirlo, tengo que negarme. Ni siquiera se pueden coger flores del árbol, aunque se pueden coger cuando se caen. Por favor, señor, recuerde que hay un antiguo proverbio que nos dice que cortemos el ciruelo para nuestros jarrones, pero no el cerezo.

—Parece usted una persona desagradablemente argumentadora para su condición social, –dijo el samurái.

—Cuando digo que quiero una cosa significa que la consigo; así que sería mejor que fuera a cortarla.

—Sin embargo, cuanto más decidido esté usted, más tengo que negarme yo. –Dijo Jirohei con calma y cortésmente.

—Y sin embargo, cuanto más me niegue usted, más decidido estoy a conseguirla. Yo como samurái digo que la tendré. ¿Cree que puede hacerme cambiar de propósito? Si no tiene la cortesía de traerla. Yo la cogeré por la fuerza.
Adaptando sus actos a sus palabras, el samurái desenvainó la espada de unos tres pies de largo y fue a cortar la mejor rama de todas. Jirohei le cogió la manga del brazo que sostenía la espada gritando:

—¡Le he pedido que deje el árbol en paz, pero no lo hace! ¡Por favor, tome mi vida a cambio!

—Es usted un insolente y un loco molesto. Cumpliré su deseo alegremente. Y diciendo esto el samurái apuñaló levemente a Jirohei para hacer que soltara la rama. Jirohei le dejó ir, pero corrió hacia el árbol donde en una lucha posterior por la rama, que fue cortada a pesar de la defensa de Jirohei, le apuñaló de nuevo, esta vez mortalmente. El samurái, viendo que el hombre iba a morir, se fue tan rápidamente como le fue posible, dejando la rama cortada llena de flores en el suelo.

Al oír el ruido los criados salieron de la casa seguidos por la pobre anciana esposa de Jirohei.

Vieron que Jirohei estaba muerto, pero agarraba el árbol con tanta firmeza como si estuviera vivo y pasó una hora entera antes de que fueran capaces de soltarle.

Desde ese momento las cosas le fueron mal al salón de té. Venía muy poca gente y los que venían eran pobres y gastaban poco dinero. Además desde el día del asesinato de Jirohei el árbol comenzó a marchitarse y secarse; en menos de un año estaba totalmente seco. El salón de té tuvo que ser cerrado porque se necesitaban fondos para mantenerlo abierto. La anciana esposa de Jirohei se había colgado del árbol seco unos pocos días después de que hubiera sido asesinado su esposo.

La gente dice que se veían fantasmas alrededor del árbol y tenían miedo de ir allí de noche. Incluso sufrieron los salones de té de las proximidades, y también el templo, que durante un tiempo se hizo impopular.

El samurái que había sido la causa de todo esto, durante un tiempo se mantuvo en secreto, solamente a su padre le dijo lo que había hecho, al que expresó su intención de ir al templo a comprobar las afirmaciones sobre los fantasmas. Así que en el tercer día de marzo del tercer año de Keio (esto es hace cuarenta y dos años) partió una noche él solo y bien armado, a pesar de los intentos de su padre por detenerle. Fue precisamente hasta el viejo árbol seco y se escondió allí detrás de un farol de piedra.

Para su asombro el árbol seco floreció por completo a medianoche y se mostró igual que había sido cuando le cortó una rama y mató a Jirohei.

Al ver esto atacó con fuerza al árbol con su espada afilada. Le atacó con una furia loca, cortándolo y acuchillándolo, y oyó un grito horrible que le pareció que procedía del interior del árbol.

Después de media hora estaba exhausto, pero decidió esperar hasta romper el día para ver el daño que había causado. Cuando amaneció el día, el samurái encontró a su padre que yacía en el suelo, cortado en pedazos y, por supuesto, muerto. Sin duda el padre le había seguido para intentar ver que no sufriría ningún daño su hijo.

Al samurái le abatió el dolor y la vergüenza. Sólo quedaba ir a pedir perdón a los dioses y ofrecerle su vida a ellos, lo cual hizo destripándose.

Desde aquel día el fantasma no apareció más y la gente iba a visitar el cerezo tanto por la noche como por el día, como antes, y así lo hacen incluso ahora. Nadie ha sido capaz de decir si el fantasma que se aparecía era el fantasma de Jirohei o el de su esposa, o el del cerezo que había muerto cuando le habían cortado su rama.

Kyoto