Cuentos para leer en la casa | Las mil y una noches

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De dónde vienen Las mil y una noches

Hemos elegido para estos relatos una edición de los mismos llevada a cabo por Julio Samsó, publicada por Alianza Editores de España.

Este autor nos dice en su presentación que “las distintas procedencias de los materiales que concurren particularmente en esta antología, conviene aludir ahora a los distintos géneros que aparecen en la colección ( …). Es evidente que cualquier relato de Las Noches tiene su autor individual en su origen, y una obra literaria concreta. Incluso aquellos cuentos de carácter folklórico y a los que se les señala un remoto origen sánscrito han entrado en la literatura árabe por una vía culta: traducción árabe titulada Alf Jurafa (Mil cuentos) o Alf Layla (Mil noches) de una colección persa. No obstante, la primitiva colección –del siglo VIII o IX– entró pronto en vías de transmisión popular: los cuentos pasaron a manos de los juglares o cuentistas profesionales que los relataban en los mercados.(…) El corpus de Las Noches no quedó fijado hasta el siglo XVIII en Egipto”. (p.8)
La estructura general define que la narradora es una joven: Sharahrazad o Cheretzade quien está condenada a muerte pero ha distraído a sus captores contando un cuento, que consigue prolongar continuamente de una noche a otra hasta llegar a mil y una, lo que hará que se considere salvada de su condena.

Julio Samsó

Noche 578

Me han contado, oh rey, que existía un monarca muy aficionado al amor de las mujeres, un día en que estaba solo en su palacio, su mirada se fijó en una muchacha que estaba sola en la azotea de su casa y era bella y hermosa. Al verla no pudo controlar la pasión que sentía por ella y preguntó acerca de aquella casa, y le respondieron:

—Es la casa de tu ministro Fulano.

El rey se levantó al instante y mandó a llamar al ministro. Cuando éste compareció ante él, le ordenó realizar un viaje de inspección a una de las provincias lejanas de su reino y que regresara luego. El ministro emprendió el viaje, cumpliendo sus órdenes y una vez éste estuvo ausente, el rey se las ingenió para entrar en la casa del ministro. Cuando la mujer lo vio , lo reconoció, se puso en pie de un salto, le besó las manos y los pies, y le dio la bienvenida quedándose de pie lejos de él ocupada en atenderle. Luego le dijo:

—Señor mío, ¿A qué se debe el que te hayas dignado a venir a ver a alguien, que como yo, no es digna de tu visita?

—El amor que siento por ti y la pasión que me inspiras me han llevado a ello –Respondió el monarca.

Ella entonces besó el suelo por segunda vez ante él y le dijo:

—Señor mío, yo no soy digna de ser esclava de uno de los servidores del rey y ¿Cómo entonces voy a tener la buena fortuna de elevarme a la categoría de esclava tuya?

El rey le ofreció la mano pero ella dijo:

—Aún no ha llegado el momento adecuado para esto. Ten paciencia, rey. Quédate conmigo hoy, todo el día para que yo pueda prepararte algo de comer.

El monarca se sentó en el asiento de su ministro. Ella entonces se puso en pie y le trajo un libro que contenía consejos espirituales y normas de buena educación para que se entretuviera leyéndolo hasta que ella le hubiera preparado la comida. El rey lo tomó y se puso a leer pensamientos y máximas que contenían severos reproches a sus deseos de fornicar y cometer un pecado. Cuando la muchacha le hubo preparado la comida, se la sirvió: constaba de noventa platos. El monarca se puso a comer una cucharada de cada plato: los manjares que aparecían en cada uno eran distintos, pero el sabor era siempre el mismo. Ante eso, el rey se quedó asombrado y dijo:–Muchacha, estoy viendo que aquí hay muchos guisos con un mismo sabor.

—Dios haga feliz al rey –Respondió la esclava– Esta es una parábola que te he preparado para que la tomes en consideración.

—¿A qué se refiere? –Preguntó el monarca.

—Dios favorezca a nuestro señor, el rey –Respondió la muchacha.

—En tu palacio hay noventa concubinas distintas, pero su sabor es siempre el mismo.
Cuando el rey escuchó estas palabras se sintió avergonzado ante ella, al instante se levantó y salió de la casa sin causarle ningún daño. La vergüenza que sentía hizo que olvidara su anillo en casa de la muchacha bajo una almohada. A continuación se dirigió a su palacio, donde tomó asiento, y en ese preciso momento llegó el ministro, compareció ante él, besó el suelo en su presencia y le informó de los asuntos para los que había sido enviado. Luego el ministro se fue. Entró en su casa y se sentó en su estrado. Alargó la mano bajo la almohada y encontró allí el anillo del rey. El ministro lo tomó y lo guardó junto a su corazón, separándose de su esclava sin dirigirle la palabra, durante un año entero a partir de ese momento, sin que ella comprendiera la causa de su cólera.
Sherezade se dio cuenta de que había llegado la aurora….

Noche 579

Como esta situación se prolongaba durante mucho tiempo y ella seguía sin comprender el motivo, mandó a llamar a su padre y le explicó lo que le había sucedido con el ministro, que se había separado de ella durante un año entero. Su padre le dijo entonces: –Me quejaré de él cuando estemos en presencia del rey.

Cierto día el padre entró a Palacio y encontró al ministro en presencia del rey con quien se encontraba también el Juez del Ejército. Entonces le dijo, quejándose:

–Dios, ensalzado sea, favorezca al rey. Yo tenía un hermoso jardín que planté con mis propias manos y en el que gasté mi dinero hasta que fructificó y dio buena cosecha. Se lo regalé a este ministro tuyo, quien ha comido de él lo que le apetecía, pero luego lo ha abandonado y no lo riega. Sus flores se han secado, ha perdido su belleza y su aspecto ha cambiado por entero.

—Rey –Respondió el ministro– este hombre dice la verdad. Yo lo conservaba y comía de él. Pero cierto día en que fui a verlo, descubrí en él la huella del león, por lo que temí por mi propia vida y lo abandoné.

El monarca entendió que la huella a la que se había referido el ministro era el anillo real, que él había olvidado en la casa. Por ello dijo a su ministro:

–Ministro, vuelve a tu jardín, en el que puedes estar tranquilo, porque el león no se acercará a él. Ha llegado a mis oídos que estuvo allí, pero que no causó ningún daño. Te lo digo por el honor de mis padres y de mis abuelos.

–Como mandes, Señor. Respondió el ministro.

A continuación, éste volvió a su casa, mandó llamar a su esposa, se reconcilió con ella y, en adelante, confió en su castidad.

Noche 582

Has de saber, rey, que según me han contado, había un cazador que cazaba fieras en el campo. Cierto día entró en una caverna de las que se encuentran en la montaña y encontró allí un agujero lleno de miel de abeja. Tomó parte de aquella miel en un odre que llevaba consigo, se lo puso al hombro y se dirigió a la ciudad en compañía de su perro de caza, por el que sentía un gran cariño. Se detuvo junto a la tienda de un hombre que comerciaba con aceite y le enseñó la miel. El comerciante se la compró y, a continuación abrió el odre y extrajo la miel para examinarla. Del odre cayó una gota de miel sobre la que se lanzó un pájaro. Pero el comerciante tenía un gato que dio un salto para atrapar al pájaro. El perro lo vio y, saltando a su vez, mató al gato. El comerciante, por su parte, se echó sobre el perro del cazador y lo mató. El cazador, así mismo, saltó sobre el comerciante y lo mató. El comerciante vivía en un pueblo y el cazador en otro, y los conciudadanos de ambos, oyeron hablar de lo que había sucedido, tomaron sus armas e instrumentos de guerra y se atacaron unos a otros. Se encontraron los dos bandos y las espadas no cesaron de voltear hasta que murieron todos. Sólo Dios, ensalzado sea, sabe cuántos eran.