PARABIÉN | Ese día rojo en el calendario

Rubén Wisotzki

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1.

La semana pasada expresábamos, con un juego de palabras, sentidos deseos para que las gestas irrepetibles de nuestros antepasados sirvieran al menos de gestos, –apreciar esa energía, ese sacrificio, esa entrega, esa lucha empleada por ser libres, como fuerza necesaria, impulso vital, de trascender el tiempo del pasado y llegar, así sea como hoja apaciguada que cae de su árbol, a este presente–, que por lo menos sirvieran de inspiración, en la búsqueda permanente de todo individuo, de toda sociedad, de emancipación y libertad. Lo hacíamos motivados por la historia, por las conmemoraciones de los grandes sucesos nacionales a los que desde nuestros primeros pupitres tenemos conocimiento. Lo hacíamos motivados por nuestra propia historia.

Bien contados, o mal contados, esos mosaicos de la construcción de la Patria (entendiendo Patria, aceptando Patria, siendo Patria, tanto para aquellos que la sitúan únicamente en el seno de la infancia, pasando por los que la circunscriben a sus espacios más entrañables como los amores, sus amistades, sus libros, sus ideas, sus prácticas, hasta para aquellos que enaltecen cada uno de los sacrificios heroicos de aquellos que entregaron su vida en defensa de la vida y los valores propios de una sociedad a la cual pertenecen en espíritu, en alma), nos hicieron buena parte de nuestras vidas. Esas historias, lo decimos una vez más, son nuestras historias. ¿Vamos a ir contra nosotros mismos?

Entonces, si despreciarlos o negarlos, si ser indiferentes o apáticos, si asumirlos o rebajarlos, no evitará que ya esos hechos sean parte importante de nuestra identidad, ¿por qué no darles un sentido útil para nuestras existencias? Las fechas patrias siempre estarán allí, las queramos ver o no, ya han ganado su coloreado rojo en el calendario. Son, además, insustituibles. Bastante que nos hemos alegrado de jóvenes de su existencia para darle cabida a nuestras necesidades propias de la edad. Y hasta el día de hoy, inclusive, en más de uno. Nos generan días libres, días de descanso bien ganado, oportunidades de encontrarse con familiares y amigos, entre tantos usos posibles. Pero también nos generan un momento para la reflexión.

2.

El alemán Walter Benjamín escribió uno de los textos filosóficos y políticos más importantes del siglo XX, bajo el título “Sobre el concepto de la historia”, obra que dividió en 18 tesis. El recuerdo de algunas líneas de la segunda de ellas, escuchando y leyendo a Pedro Calzadilla, Alejandro López, Vladimir Acosta, José Roberto Duque, Aldemaro Barrios, a todos los integrantes del Centro Nacional de Historia, entre las señales de otros estudiosos queridos, nos parece más que pertinente para recordarlas en esta oportunidad (bajo nuestra tentativa de traducción de su lengua).

Dice Benjamín: “(…) La felicidad que podríamos aspirar ya no alcanza más que al aire que hemos respirado, los hombres con quienes habríamos podido compartir inquietudes e ideas, las mujeres que habrían podido corresponder a nuestro amor. En otras palabras, la imagen de la felicidad es inseparable a la imagen de la liberación. Ocurre lo mismo con la imagen del pasado que la Historia hace suya. El pasado trae consigo un índice secreto que lo remite a la redención. ¿No nos sobrevuela algo del aire respirado en el ayer por los difuntos? ¿Un eco de las voces de quienes nos precedieron en la Tierra no reaparece en ocasiones en las voces de nuestros amigos? (…) Existe un acuerdo tácito entre las generaciones pasadas y la nuestra. Nos han aguardado en la tierra. Se nos concedió, como a cada generación precedente, una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado hace valer una pretensión. Es justo no ignorar esa pretensión (…)”.

Vivimos el presente porque vivimos un pasado. Negar, rechazar, ocultar, esto es desposeernos de un futuro posible, aunque sea en clave onírica o utópica.

3.

Nosotros diríamos que cuando los mensajes son tan claros, tan explícitos, tan contundentes, agregar algo es un sinsentido. Pero si alguien no ha comprendido lo que postula Benjamín, que es posible, si alguien considera como improbable que un hecho histórico que ha definido o contribuido a la suerte de una nación, llámese Batalla de Carabobo, o el hecho histórico concerniente al concepto más laxo o personal de lo que puede ser una patria para cualquiera de nosotros, o si, y rematemos ya la idea que nos estamos casi que contradiciendo, hay quien crea que el pasado no nos habla, no nos convoca, o ni siquiera nos interpela, que los difuntos, que los muertos nuestros no nos hablan y nos piden, nos esperan, nos dialogan, vaya esta referencia de un descubrimiento hallado hace muy poco en el Monasterio de Sakia, en el Tibet.

Es una biblioteca que contiene 84 mil manuscritos, léase libros, y estaba oculta detrás de una inmensa pared de 60 metros de largo y 10 metros de alto. Los manuscritos tienen entre ellos como nexo común la historia de la humanidad desde hace miles y miles de años. Hay quien ya asegura que es la mayor biblioteca existente en el mundo que aborde la historia más antigua del planeta. Si se aprecia la imagen con detenimiento es evidente que los libros se asemejan a ladrillos. Es, bajo nuestra mirada, la metáfora más idónea del hombre construyendo con la palabra su historia. El gesto tras la gesta. Para bien.

Rubén Wisotzki