Caracas Ciudad Caribe | La unión suramericana

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A raíz del triunfo de las armas patriotas en la Batalla de Carabobo, el 24 de Junio de 1821, el Gobierno de Estados Unidos acentuó su oposición e intensificó su acrimonia contra los proyectos geopolíticos del Libertador. Expliquémonos:

Con este triunfo militar Bolívar logra su meta más importante: “Redondear Colombia”, es decir, concretar la existencia de una nueva nación independiente, conformada por la unión de Venezuela y la Nueva Granada. El territorio que ocupa esta nación es superior a toda Europa junta.

A partir de 1821 Bolívar no solo es el máximo líder de un pueblo insurgente y el comandante de un ejército, es el Presidente de un Estado, en un inmenso territorio. En consecuencia, está en condiciones de hacer como Jefe de Estado algo que antes no podía hacer: establecer relaciones con otros Estados y llegar a acuerdos internacionales.

Y esto es precisamente lo que Bolívar hace inmediatamente después del triunfo patriota en la Batalla de Carabobo: envía una serie de delegados plenipotenciarios a distintos lugares de Suramérica con el objeto de firmar tratados de “unión, liga y confederación perpetua”.

Son varios los objetivos: 1) gestionar el reconocimiento oficial de la nueva nación; 2) firmar pactos de ayuda mutua con otros Estados a fin de sentar las bases de la unidad suramericana; 3) preparar el camino para la creación de una plataforma supracontinental de seguridad y defensa, la cual debía estructurarse en el Congreso Anfictiónico de Panamá.

Su propósito es crear las bases de una confederación de Estados suramericanos con capacidad de disputarle en el futuro el poder a las potencias internacionales establecidas y con la posibilidad real de contribuir a crear el equilibrio del universo.

No era poca cosa. El Libertador debía actuar con cautela, pero con audacia, y no perder tiempo. Estaba dando un paso geopolítico delicado, que no sería bien visto por las potencias europeas ni por Estados Unidos, que aguardaban la independencia de las excolonias de España para amputarles el territorio, apoderarse de sus riquezas y controlar sus gobiernos.

Unión, liga y confederación perpetua

En efecto, a partir de 1821, después de la Batalla de Carabobo, Bolívar se propone que Colombia, el nuevo Estado del cual es Presidente, establezca tratados bilaterales de “unión, liga y confederación perpetua” con las nuevas repúblicas de Hispanoamérica. Se propone “la formación de una liga verdaderamente americana” que debía materializarse en el Congreso Anfictiónico de Panamá; un proyecto dirigido a aglutinar a todas las nuevas naciones hispanoamericanas en una organización supranacional con alcances de corto, mediano y largo plazos.

En papeles confidenciales el Libertador explica: “Esta confederación no debe formarse simplemente sobre los principios de una alianza ordinaria para la ofensa y defensa: debe ser mucho más estrecha que la que se ha formado últimamente en Europa contra las libertades de los pueblos. Es necesario que la nuestra sea una sociedad de naciones hermanas, separadas por ahora y en el ejercicio de su soberanía por el curso de los acontecimientos humanos, pero unidas, fuertes y poderosas para sostenerse contra las agresiones del poder extranjero”. (Instrucciones dadas al embajador Joaquín Mosquera para su misión a los Estados del Perú, Chile y Buenos Aires. Cúcuta, 11 de octubre de 1821)

De esta manera, explica Indalecio Liévano Aguirre en su libro Bolivarianismo y Monroísmo: “Trataba el Libertador de crear las condiciones previas para que en el momento de producirse la convocatoria del proyectado Congreso de Panamá, ya los miembros de la futura alianza anfictiónica estuvieran comprometidos contractualmente a consignar, en un Tratado general, las fórmulas de cooperación que habían aceptado en las negociaciones bilaterales con la República de Colombia, negociaciones que servirían de campo de prueba para explorar las dificultades y hacer las transacciones indispensables”. En 1821 fueron designados los negociadores colombianos. Miguel Santa María recibió el encargo de adelantar las negociaciones en Méjico; y Joaquín Mosquera de llevarlas a efecto en Lima, Santiago y Buenos Aires.

Las potencias europeas y Estados Unidos no podían ver con buenos ojos que una vez derrotada España, surgiera en Suramérica una gran nación que se pusiera al frente de una sociedad de naciones hermanas, unidas, fuertes y poderosas para sostenerse contra las agresiones del poder extranjero.

Desde Europa responden las potencias con la reactivación de la Santa Alianza, (federación de potencias europeas integrada por Rusia, Austria y Prusia, y luego respaldada por la Francia de la restauración borbónica y España), que se propone la reconquista de las posesiones coloniales ubicadas en Suramérica.

También se abrió aún más la zanja que separaba los proyectos geopolíticos hegemónicos de EEUU de los proyectos de unión hispanoamericanos de Simón Bolívar, que se planteaba avanzar en la construcción de un sistema permanente de alianzas suramericanas. En mayo de 1823, John Quincy Adams –futuro presidente de EEUU (1825-1829) y entonces secretario de Estado durante la presidencia de James Monroe– expresa su inquietud por la preponderancia que está adquiriendo Colombia, “llamada a ser en adelante una de las naciones más poderosas de la tierra”. Meses después redacta y propone la doctrina que llevará el nombre del presidente en ejercicio, James Monroe.

Entonces, frente al proyecto de integración de Bolívar establecido en los acuerdos de liga y federación perpetua, aparece EEUU con su plan geopolítico de hegemonía, expansión e injerencia que se resume en la sentencia “América para los norteamericanos”. De modo que podríamos aventurarnos a pensar que la doctrina Monroe es, en buena medida, la respuesta geopolítica de Estados Unidos a los planes de liberación, integración y prosperidad que enarboló Bolívar como presidente de la República de Colombia a partir de su triunfo en Carabobo en 1821. Desde entonces se mantiene este contrapunteo entre el proyecto bolivariano de liberación e integración, y el monroísta de dominación y expansión. Y si Carabobo significa el triunfo contra un imperio, hoy es símbolo de resistencia contra el nuevo imperio que quiere doblegarnos. Al igual que en Carabobo, ¡Venceremos!

José Gregorio Linares*
*Director General de la Oficina del Cronista de Caracas, presidida
por Mario Sanoja e Iraida Vargas.