Correo de Carabobo | El último cañonazo

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Siempre suele narrarse la misma versión de los acontecimientos más famosos. Y siempre salen a la luz una versión y unos detalles que la historia formal había olvidado o ignorado

Por ejemplo, aquella célebre batalla o acción de José Antonio Páez que ha pasado a los libros de historia como la Toma de las Flecheras (6 de febrero de 1818): nos la han contado tantas veces de la misma manera que, cuando alguien aporta o rescata un dato pequeñito pero “novedoso” o fuera de registro, no deja de causar sus perturbaciones.

Vamos primero con un poco de contexto. Bolívar andaba a finales de 1817 por Angostura intentando aproximarse de alguna manera a Caracas, pero las circunstancias no ayudaban: Páez apenas calentaba los motores de su jefatura en el llano, a Bolívar lo habían oído nombrar por allá pero, como los guerreros no lo habían visto en persona ni sabían si el cambur verde mancha (todo patiquín caraqueño era sospechoso), no estaba del todo clara la máxima autoridad de la Independencia. Así que el Libertador, reorganizando o tratando de reorganizar un ataque decisivo en oriente, comenzó a mover sus fichas en el tablero buscando iniciar una ofensiva con los suyos mientras Páez avanzaba al mismo tiempo desde Apure.

Tan redondo plan se cayó debido al temperamento de otro grande, aquel Zaraza convertido ya en héroe legendario luego de matar a Boves en batalla: Bolívar le había ordenado crear guerrillas para fustigar a los realistas en varios flancos, pero el hombre decidió mandarse una batalla frontal contra De la Torre y la cosa terminó en tragedia. Derrotado Zaraza en un lugar llamado La Hogaza (batalla donde logró herir a De la Torre y matarle a un general de apellido González Villa), el ejército patriota se desbandó, y Bolívar tuvo que replantearse todo. Organizó un reclutamiento masivo de todo bicho de uña que respirara en Guayana, de 14 a 60 años de edad, y con nuevo e improvisado contingente se dirigió al Apure, al encuentro con Páez.

Caballos en el agua

Nuevos planes: Bolívar y Páez y sus respectivos ejércitos se dirigirían juntos a Caracas a reconquistar lo que se había perdido. Con ese plan en las manos llegó el caraqueño a la cueva del león llanero. Luego de larga deliberación Páez reconoció la máxima autoridad de Bolívar, pese a las protestas de sus combatientes, en su mayoría malandros provenientes de las huestes dispersas que dejó Boves. “Que usted no tiene por qué dejarse mandar por ese mantuano”, le decían, pero Páez decidió cederle la jefatura al líder natural. Ya habría tiempo de poner a prueba a aquel bicho raro que mandaba como aristócrata pero guerreaba como cualquier soldado.

Entonces, el episodio frente al río Apure. Los dos jefes y sus tropas estaban dispuestos a cruzar el río, y además tenían la necesidad o la obligación de hacerlo, ya que su meta era Caracas. Pero estaba el detallazo: un montón de embarcaciones rápidas de las llamadas “flecheras”, custodiadas y tripuladas por realistas, en la orilla opuesta. Había que pasar por ahí o dejarlo todo de ese tamaño. Bolívar dijo: “Ah, pues, ¿y no hay hombres en esta verga que tomen esas lanchas?”. Páez les hizo un gesto a unos cuantos de sus locos y produjo la conocida maniobra: caballería a plantear combate en el agua.

Páez y sus hombres avanzan a caballo, desde las flecheras les disparan con cañones y rifles pero no logran hacer blanco. Los llaneros siguen avanzando, sigue la lluvia de plomo pero nada que aciertan los tiradores. Cuando ya Páez y los bichos están demasiado cerca cunde el pánico entre los realistas, que se lanzan al agua y abandonan las flecheras, que son tomadas fácil y mansamente por los patriotas. ¡Epa!, pero ya va, que desde una última flechera continuaban disparando: esta es la parte que no nos contaron.

Así lo cuenta Robert Vowell, un legionario británico que estaba ahí al lado de Bolívar presenciándolo todo: “Los barcos así abandonados cayeron en poder de los intrépidos llaneros, que no encontraron en ellos otros enemigos que una mujer que había disparado contra los abordadores el último cañonazo”.

José Roberto Duque / Equipo de investigación / Ilustración Javier Véliz

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GENTE CLAVE

CONCEPCION MARIÑO

“Magnánima señora”

En el escenario definitivo del año de 1821, el hermano de Concepción Mariño era jefe del Estado Mayor del Ejército Libertador, el general Santiago Mariño. Ella contribuyó con varios buques de su propiedad equipados con armas, enviados desde Jamaica, a favor de la causa republicana, acción determinante para consolidar el triunfo en la Batalla de Carabobo que selló la Independencia de Venezuela. Así fue la contribución de esta insigne mujer a la patria venezolana, convirtiéndose en ejemplo de tenacidad viviente para las posteriores luchas de reivindicación femenina en los nuevos espacios de lucha.
Concepción Mariño era oriunda del Valle del Espíritu Santo (1790-Nueva Esparta), provenía de una familia con larga tradición aristocrática, poseedora de bienes y propiedades. Concepción, a los 20 años de edad, dejó a un lado lo característico del quehacer de la mujer mantuana, amante de los preceptos religiosos y la piedad como modelo de virtud, ella supo darle lugar específico a su rebeldía, desde 1813 recibió el nombramiento honorífico de “Magnánima Señora”. Con la ayuda de sus esclavos desde Trinidad entre el cultivo de algodón y varios frutos, arriesgó todo y emprendió la organización y financiamiento para el contrabando y tráfico de armas, buques y pertrechos para la República

Griselda Rada / Red de Historia de Caracas