Libros libres

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A medida que el tiempo transcurre, los buenos libros se vuelven más jóvenes, junto con sus autores. Siendo ellos las mejores prolongaciones intelectuales y artísticas de los seres humanos, los libros siempre están actualizando la realidad y poblándola de significados.

Sustituyamos aquí realidad por mundo o mundo por vida y el resultado sería similar, pues los buenos libros nunca envejecen. O si preferimos decirlo en otras palabras, los libros, mientras más viejos, mas propiedades tienen, por lo cual nunca van a ser considerados tendencias o modas. Da risa cuando se aplica la palabra “moda” a una obra literaria o artística, cuando justamente esta es lo opuesto a las modas, que son pasajeras y fenecen en determinados lapsos de tiempo.

Los clásicos 

Cuando decimos que un libro es un clásico, decimos que es representativo de una época y que está avalado por los lectores, y que este ofrece, justamente, versiones integradas de una época, ejecutando así una representación social, simbólica o prototípica en el caso de la novela o el cuento, los cuales se hallan recreados en la ficción (la imaginación creadora), dimensionando la realidad epocal y transmitiendo vida a personajes y ambientes, para legar a los tiempos venideros un testimonio sensible, vívido, de aquello que fue experimentado desde el punto de vista social o existencial directo (el cual refleja, a su vez, los valores económicos o políticos de un modo subyacente o indirecto) y en el caso de la poesía, expresa la hondura anímica o subjetividad de cada siglo, década o generación; o si se lo prefiere, del espíritu o la mente (realidades psíquicas), del mismo modo que el periodismo, los reportajes o cartas logran no solo transmitirnos datos, informes o sentimientos, sino interpretaciones críticas de esos datos, o informaciones que van a ser procesadas con una finalidad formativa mediante el lenguaje escrito, para proyectar en esa escritura la más acabada expresión de ese tiempo, de sus acontecimientos, pero también de sus prospecciones o vislumbres, de la capacidad para visionar o adelantarse de algún modo a los tiempos que vendrán, a objeto de mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos. La literatura verdadera, cuando se produce, acaece en una suerte de milagro, y entonces la obra literaria irradia su luz hacia todo el planeta, creando un universo de palabras que pueden ser compartidas por todos, independientemente de la lengua o del idioma en que se hallen escritas, o los formatos físicos donde estén sustentadas. Hoy por hoy, el libro electrónico y el impreso comparten espacio en tiendas, librerías, redes de comunicación, internet, teléfonos, computadoras o tablets, el libro siempre va a estar ahí para ser asimilado, disfrutado o pensado como instrumento de transformación, transmisor de ideas, sensibilidad o pensamiento.

Basado un poco en estas premisas iniciaré esta columna, acercándome y acercando al lector a autores de cualquier nacionalidad en las formas del ensayo, la novela, el cuento, la poesía, el teatro, las cartas, el periodismo o los reportajes, siempre y cuando encuentre en ellos elementos que me hayan tocado o impresionado, sin que importe si son o no de reciente aparición. Siempre he dicho que el ejercicio de la crítica (ya sea esta glosa, comentario, reseña, artículo, ensayo o estudio) es un ejercicio mediador a través del cual nos cotejamos con los demás, pues el lector nunca es ingenuo, casi siempre sabe lo que quiere y no permite que le metan gato por liebre, como solemos decir.

Gabriel Jiménez Emán