Punto de quiebre | Criminales armaron fiesta y hasta regalaron juguetes

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“Estas son las vainas que pasan cuando el Estado abandona los espacios. Me hace recordar mucho a Colombia. Hubo un momento en que Pablo Escobar, pese a ser un asesino narcotraficante, era de las personas más queridas de Medellín. Estos regalos están manchados de sangre, huelen a lágrimas de inocentes, a miedo, a terror, a juventud torcida, a ajusticiamientos. Y ahí está la Gumersinda esa, pavoneándose con esos criminales. Una pobre diabla que no tiene ni dónde caerse muerta y que nunca ha tenido nada, se la pasa hablando mal del Gobierno, gritando a todo pulmón que es opositora, amiga de El Coqui y de Guaidó. En estos días la vi hablando maravillas de los gringos, defendiéndolos de que ellos no son los culpables del agudizamiento de la crisis, definitivamente una pobre mujer”.

La tía Felipa, que observaba desde la ventana de su casa la fiesta que habían armado los criminales de la Cota 905, allí en la Cota y en la avenida principal de El Cementerio, no paraba de hablar. Estaba indignada.

El Coqui había organizado un reparto de juguetes para 300 niños de la zona, los cuales fueron repartidos, sin despelote alguno, por los consejos comunales del sector y libre Dios que alguno se quedara con un juguete. Eran juguetes finos, importados. A un chamo músico de El Cementerio lo contrataron para que cantara y el pago fue nada menos que una bicicleta nuevecita. La fiesta duró tres días.

El segundo día hubo competencias de acrobacias de motorizados, que se lanzaban “en caballito” por toda la avenida principal y recorrían largo trecho en una sola rueda, mientras decenas de mujeres y hombres aplaudían frenéticas. Fueron varios los motorizados que se estrellaron y algunos todavía están hospitalizados. Hubo licor y droga que juega garrote y música atronadora. El último día fue la gran fiesta y se organizó con las mujeres del barrio y se hizo una sopada que alcanzó para todos los vecinos del barrio.

Para la tía Felipa, el gran rumbón de carnavales es una forma de intentar de lavar la imagen de criminales que se han granjeado El Coque y el Bamby en el barrio. “Ciertamente aquí nadie roba a nadie, pero a costa de qué, a costa de que nos secuestren en nuestras casas cada vez que les dé la gana, a costa de que nuestros hijos los vean a ellos como los héroes a seguir e incluso muchos de ellos quieren ponerse a trabajar con ese bandido porque les paga bien, a costa de que tengamos que pasar varias noches sin pegar un ojo y durmiendo en el piso, a costa de tener que guardar silencio cada vez que vemos cómo traen a esos pobres seres secuestrados, muchos de los cuales no han tocado con suerte y fueron asesinados de manera vil y cobarde. Definitivamente esto no es vida. A cada rato revienta un tiroteo y uno ni siquiera sabe si es que están probando un arma, tiroteando a un policía o ajusticiando a un infortunado”, dijo Felipa.

Y llegaron a La Vega

En la Cota 905 hay plomazones casi todas las semanas, lo que pasa es que unas duran más y son más intensas que otras. La última de que se tiene conocimiento ocurrió a comienzos de este año, cuando los hampones de la Cota pretendían extender su dominio hasta la parroquia La Vega y comenzaron no sólo a construir algunos escondrijos en la parte alta de la urbanización, sino que pretendían bajar y cobrarle vacuna, bajo amenaza de muerte a los comerciantes.

Inicialmente los cuerpos de seguridad manejaron la hipótesis de que eran paramilitares colombianos, pero muy pronto descubrieron que eran los hampones de la Cota 905 que se habían aliado con varios de La Vega.

La policía decidió cortarles el paso. Fueron tres días de plomo parejo, en los cuales se contabilizaron más de 20 muertos, aunque al menos siete de ellos fueron ajusticiados por los mismos delincuentes (4 en La vega y 3 en la Cota). El resto cayeron a manos de la policía, aunque los vecinos reportaron denuncias graves en el sentido de que muchos de ellos fueron sacados de sus casas y ajusticiados y que algunos no tenían nada que ver con el asunto.

“Eso fue una masacre. Debieron agarrarlos vivos y llevarlos ante la justicia. La mayoría estaban tranquilos en sus casas. Varios eran deportistas. Qué casualidad que no hay ningún policía muerto. Hubo ensañamiento”, denunció Gumersinda, una señora chismosa del barrio, de quien dicen es militante de Voluntad Popular y una especie de corresponsal de El Coqui en la urbanización El Paraiso.

Tarde de rumores

Cinco meses antes de esa plomazón ocurrió otro fuerte enfrentamiento que se prolongó por casi todo el día y se rumoreaba que fue porque los hampones habían tomado el cuartel general de la Policía de Caracas.

Aquella mañana del 20 de agosto los plomos comenzaron temprano. Numerosas camionetas del Faes, Cicpc, Sebin y unos blindados del Conas desfilaron por la avenida Páez y se adentraron en el barrio. La plomazón arreció. “La vaina está fea, primera vez que se echan tanto plomo. Ahora sí como que el Gobierno se decidió a meterse para la guarida de El Coqui”, se dejaba escuchar en la panadería Los Laureles ubicada en la parte baja, por cuyos alrededores se dice que El Coqui tiene varios informantes.

Aparte de los plomazos rutinarios que escupían los fusiles y subametralladoras, también se escucharon varias explosiones. Eran granadas arrojadas contra los funcionarios. Una hora después se hablaba en voz baja de un policía muerto y varios heridos.

WILMER POLEO ZERPA / CIUDAD CCS

puntodequiebre.ccs@gmail.com