PARABIÉN | El riesgo de no leer(nos)

Rubén Wisotzki

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1.

Estas líneas forman parte de la segunda entrega de un tríptico que entregaremos al lector, al admirable lector, con relación exclusivamente al libro y la lectura. Se impone el límite porque, precisamente, el tema no lo tiene. En este sentido, las palabras corren el riesgo de formar parte de un bucle en donde siempre se presentan las mismas verdades, las mismas realidades: el placer y beneficio de la lectura, la trascendencia de lo escrito, lo importante del leer, lo terrible de no hacerlo, y un bla bla bla que parece interminable.

Pero lo más curioso es que el que menos se merece, o no necesita, la perorata, es el lector, el admirable lector. El lector sabe todas estas cosas. Y si no las sabe, las intuye, lo cual es más poderoso como acción ya que su capacidad de ‘intuitio’ (“mirar hacia dentro”, en latín) es fenomenal.

Suele existir la tendencia, que merece mucho cuidado, de leer solamente aquellas cosas que nos son afines, que se acomodan muy bien a nuestro andamiaje cultural, que nos amueblan bajo nuestros particulares gustos. No siempre eso es lo más recomendable.

Es bueno confirmar y enriquecer nuestras posturas, dotarlas de argumentos, razones, fortalecer la musculatura de la idea, hacerla fuerte, segura. Pero también a veces es bueno ser sacudidos por otras consideraciones, otros juicios, otras perspectivas. Esa postura, además de ampliar nuestra mirada, nos permite ser Otro siendo el mismo, salir de nuestros zapatos y ponernos los del Otro y comprender, así, por qué pisa como pisa, por qué camina como camina. Además, ayuda a consolidar nuestras convicciones, nuestros principios, nuestras creencias, ante la evidencia que cada quien tiene su pie, su caminar y, por lo tanto, su camino.

2.

Esta retahíla de comentarios es impulsada por situaciones que vivimos en la actualidad y que, seguramente, más de un está experimentando en carne propia, o, mejor dicho, en lectura propia. Entre ellas, y por poner un ejemplo, aquellos que fueron atrapados en esta pandemia, o por las razones que fueran, lejos de su lugar de residencia, y por lo tanto inmovilizados, sin su biblioteca, sin el libro o los libros que necesitaba a su lado para continuar en su estudio o investigación, o tal vez para obtener pistas de alguna inquietud, ya sea porque lo prestó, o quedó en casa de alguien. Esos lectores, o una gran parte de ellos, han sido empujados al mundo de las bibliotecas virtuales.

Entonces, se descubre, o se puede descubrir, algo muy revelador, y hasta perturbador, si se quiere: las bibliotecas, asumidas como construcciones estáticas, quietas, inmóviles, y que, por tal motivo, dan pie a la parábola de que ponen las cosas, a uno, a todo, en movimiento, en realidad no están quietas. Son, desde las últimas décadas del siglo pasado hasta este presente incierto, móviles, dinámicas, agitadas. No están contra una pared, sobre una tabla, en un estante, como solían estarlo en las bibliotecas de siglos pasados, sino que circulan, se mueven, viajan, las dejamos, nos dejan. Y, sin embargo…

3.

Dejen que nos lancemos al vacío. El libro, que en otra época era como una constancia, como una fe de vida, la prueba de que lo dicho es, aunque no lo sea, aunque no lo era, verdad. Al menos una. Hoy, en muchísimos casos, ni eso. Hoy el libro es una criatura más débil. Desafiemos a nuestro juicio, revisemos los estantes con la mirada: percibiremos más de un descoloque en más de un tema. Lo que antes era verdad, una verdad, ahora es lo más cercano a la nada.

Desde el abordaje de los géneros, lo racial, las diferencias físicas, entre tantos otros paradigmas rotos, todos estos cambios de horizontes que están escenificándose en la humanidad, imposibilitan, por más buenas intenciones que se tengan, que sean leídas con naturalidad un sinnúmero de obras literarias, de obras teóricas, de obras investigativas, de indudable peso en el pasado.

Cumplen sí, como no, su importantísimo papel como testimonio, como argumento, como soporte, para los nuevos discursos en cada una de las áreas de lo escritural, pero se deslizan ellos solitos, con sus palabras, con sus decires, de los pedestales de valor como referencia literaria, filosófica, histórica. Conservan su valor patrimonial, pero han perdido autoridad. Ya no están fijados a las bases del valor absoluto. Estos tiempos se han encargado de diluir cierta importancia que en su momento poseyeron con justicia.

No debe ser una sensación frustrante. Si no sabemos hacia dónde vamos, no podemos pretender que los libros sí lo sepan. Por lo menos por un día dejemos las idealizaciones que tanto nos gustan (a nosotros, de primeros): “el libro tiene su historia propia”; “nunca sabemos el destino de un libro”; “no leemos al libro, el libro es el que nos lee a nosotros”; entre otros hermosos armazones poéticos en torno al valioso objeto.

3.

Lo escrito, desde tiempos inmemoriales, siempre se somete al riesgo cierto de un desgaste. Hasta en las palabras de los dioses es un hecho comprobable. El gran artilugio para que esas palabras divinas “sobrevivan” se encuentra en la fe. A veces, ciega. Pero toda palabra vertida en tinta o pantalla, a pesar de la fuerza que contiene en su concepto, ofrece desde su escritura un signo de debilidad. (¡Cuánto quisiera uno sentarse hoy ante el gran Maurice Blanchot para hablar de este tema!) Eso lo sabemos todos. Eso lo vivimos todos porque todos escribimos. Y ese debilitamiento, que nos debilita porque palabra somos, se agudiza en los días más críticos, como son los pandémicos. Busquen a quienes teorizaban acerca de esta realidad, no de la hecatombe o fin del mundo o la vida, esas especulaciones sencillas. Busquen a quienes asomaban de manera accesible de leer este presente. Son tan pocas esas voces que asusta.

4.

Pero claro que no jalaremos del mantel. Nunca. Y mucho menos en este espacio donde nuestras intenciones van en la otra vía de la autopista. Pero es evidente que debemos limpiar la biblioteca donde perduraron con cierto brillo libros que ahora resultan más opacos. Debemos evaluar qué queda con validez de todo lo escrito que atesoramos como fortunas atemporales.

Mi amigo eslovaco Laszlo escucha mi largo y estúpido monólogo, sentados como estamos frente a las nevadas montañas, mientras bebe el fondo de su café ya frío. Sabe escuchar. Algo que hoy en día es un don extraordinario. Permanece callado mientras uno enreda su lengua y se asfixia a sí mismo. De repente, sin que supuestamente hubiera motivo alguno, me dice: “Tú leíste a Immanuel Wallerstein, ¿no? El de Sistema-Mundo. Debe estar ya muy viejito o debe haber muerto. Leí un día algo de él que no se me olvida. Es algo así: ‘Será mejor que nos encarguemos de pensar en nuestro futuro, en qué queremos, cómo lo queremos, dónde lo queremos, porque si no lo hacemos nosotros siempre vendrá alguien a diseñarnos nuestro futuro de acuerdo a sus perspectivas e intereses”. Brillantes palabras que bien pueden atravesar, en su esencia, todas las épocas sin perder su luz. Para bien.

Rubén Wisotzki