VITRINA DE NIMIEDADES | Información, debate y futuro

Rosa Pellegrino

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Ya cumplimos un año de combate, cambios y adaptación gracias al covid-19, que no está solo en esta tarea de volvernos la vida un tsunami de larga duración. Varios de sus fieles acompañantes intentaron quitarle el protagonismo, pero su estridencia perdía volumen al mismo tiempo que sus polémicas pasaban al olvido: las redes sociales. Solo que la cosa parece no funcionar en Australia, donde está encendido el debate sobre esas plataformas y un bien intangible que vale muchísimo: la información.

La discusión de un mecanismo que lleve a empresas como Facebook y Google a pagar a los medios de comunicación por el uso de sus contenidos no es solo una pelea económica, que incluye a grandes editores en defensa de sus ganancias, ni el llanto de un sector que está en reconfiguración ante un futuro marcado por cosas que nos suenan a ciencia ficción, como la Inteligencia Artificial. Generar y gestionar información es un proceso complejo, con costos, aunque plataformas como Tik-Tok te lo ponen todo muy sencillo.

Ahí radica uno de los primeros asuntos que deberían zanjarse: ¿Hasta qué punto las múltiples aplicaciones, utilísimas algunas, poco pertinentes otras, nos están cambiando el sentido que le damos a los millones de datos que diariamente circulan por internet? Nada de raro tendría pensar que todos podemos tomar fotos geniales solo con un buen teléfono, o que a punta de tuits podemos saciar la necesidad de conocer nuestro entorno. Frente a eso, ¿somos los periodistas los que hemos fracasado? ¿O los cambios tecnológicos, en lugar de reconfigurar nuestro oficio, lo están condenando a desaparecer?

Piense por un momento todo el caudal de información sobre sí mismo que puede aportar una cuenta manejada por usted en una red social. Ahora, multiplique esa misma acción por millones de usuarios. Empleadores, especialistas en marketing, estudiosos de las ciencias sociales y agentes de seguridad, solo por mencionar unos pocos ejemplos, tienen espacio suficiente para hacer minería de datos, tomar decisiones e invertir dinero si la ocasión lo amerita. Y los que se lucran, como ocurre casi siempre, no tienen rostro para nosotros.

Si eso pasa con cuentas personales, ¿qué puede ocurrir con las empresas periodísticas? Su capacidad de producción de contenidos, que debe responder a parámetros profesionales, condiciones salariales, lógicas de mercadotecnia (sí, nos guste o no), se encuentra superada por plataformas que, aun funcionando como unas vitrinas, tienen mayor influencia en los modos de usar, divulgar y consumir información. Y las diferencias no solo se notan en cantidad de usuarios, sino en el rigor con el que circulan los contenidos. Una noticia, lamentablemente, muchas veces va en desventaja frente a fake news, reacciones y opiniones.

Sobra decir que la pandemia por covid-19 ha dado suficientes oportunidades para comprobar esa desigual realidad, nada nueva. Y también, que el periodismo tiene unas cuantas deudas sobre calidad y pertinencia. Pero, más allá de lo que suceda finalmente en Australia, apenas si se habrá iniciado un debate que no deberíamos eludir: el futuro de la información en su sentido público es también nuestro provenir como sociedad.

Rosa Pellegrino