DATE CON LA CIENCIA | Hacer creer es hacer-hacer

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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¿Quiénes son los actores sociales que tienen el derecho de hablar sobre ciertos temas, y quiénes son los excluidos?

“La principal diferencia entre los dogmas religiosos
y los dogmas científicos es que la gente religiosa
sabe que sus creencias son creencias.
Las personas que creen en el materialismo
científico dogmático, a menudo, no son conscientes
de que sus creencias son creencias.
Simplemente piensan que conocen la verdad.
En este sentido, sus creencias son incluso más
dogmáticas que las de los fundamentalistas religiosos”.
Rupert Sheldrake, biólogo

¿La ciencia es una voz más en la vida comunitaria o es una voz privilegiada? Es una pregunta cuyas respuestas vale el esfuerzo revisar tomando en cuenta lo que dice y lo que calla la ciencia.

La ciencia pareciera tener la licencia para que su voz sea escuchada por encima de otras voces. Es una voz montada encima de las otras. Una voz que impone cursos de acción que tienen consecuencias reales durísimas. Pero ¿cuál es el fundamento de la autoridad del conocimiento científico? Veamos.

La ciencia se presenta como una actividad “objetiva”, con un seco distanciamiento de las formas literarias y populares. La ciencia moderna/colonial se autoexhibe como la única forma de hallar la verdad, sin importar los contextos locales, la diversidad y la historia. Como argumentan los filósofos que se oponen al lenguaje representacional, objetivo y universalista de la ciencia, se busca alcanzar la verdad por sí, y no porque sea bueno para uno o para la propia comunidad.

El anhelo de una verdad objetiva, fija y permanente responde a la necesidad de superar la creciente diversidad y de alcanzar certezas últimas. Este patrón de conocimientos tiende a concebir la verdad como si fuera un espejo o una copia fiel de la realidad; como una realidad metafísica y universal, que se impone a costa de la distorsión de la dinámica histórica.

De hecho, en las universidades tradicionales, occidentales y occidentalizadas, cuando vemos metodología de la investigación, aprendemos que debemos saltar fuera de nuestra comunidad lo suficientemente lejos para examinarla más allá de ella, ¡y desde arriba! Las estructuras sociales y políticas no solo se imponen al sujeto que construye conocimientos, sino que también son constitutivas de este, ¡aunque el sujeto ni siquiera lo sospeche! La ciencia abraza una economía política del desprecio de otras formas de saber: niega e invisibiliza otras formas de conocimiento.

Hay una idolatría del método científico, de un modelo de verdad único que todavía está vigente en nuestra sociedad. La eficacia política del discurso señala que yo debería ser capaz de mover a otros a la acción en función de lo que esas personas creen que yo soy. Así los científicos y las científicas se muestran como seres superiores, sin emociones, separados de las personas reales, como si no fueran miembros de una comunidad, como si no fueran humanos, como si no tuvieran cultura, historia y creencias. Desde esa sensación de superioridad, se asumen y se muestran como dueños absolutos de la verdad.

El asunto no llega hasta ahí: la sociedad inviste al experto de una autoridad exagerada, como si fuera un dios; bajo esa mirada, la gente se desmoviliza, porque “quien debe hablar y hacer es el especialista”.

Desde dicha perspectiva, es importante analizar las funciones sociales de las narrativas de la ciencia, considerando los efectos que producen en la gente. ¿Quiénes tienen el derecho de hablar? ¿Quiénes son los actores sociales que pueden hablar sobre ciertos temas, y quiénes son los excluidos? ¿Por qué algunos pueden hablar, y otros no? ¿Cuáles son las convenciones comunicativas del tejido social sobre la ciencia? ¿Cómo son constituidas discursivamente las otras voces que también generan conocimiento, pero que no forman parte de la institucionalidad de la ciencia?

Los discursos son efectivamente prácticas y tienen una materialidad. Las narrativas administran silencios y hacen hacer. Hacer creer que la ciencia es la única verdad es una manera de hacer-hacer: de empujar a las personas a hacer algo o no hacerlo. Estos discursos sirven para dominar el comportamiento cotidiano y el orden de las cosas. De ahí la importancia del retorno reflexivo sobre el intelectual y su universo de producción de conocimientos, para comprender y descubrir la lógica de las relaciones en su forma de crear saberes.

Mientras la ciencia (la tradicional, hija de la modernidad) sea concebida como la razón hegemónica y universal, seguirá operando como una herramienta de poder desde arriba, que desconoce y deslegitima otras formas de conocer e impone “totalidades” al servicio de los intereses dominantes.

Repensar el conocimiento pasa por reconsiderar, desacralizar y romper con la creencia de que la ciencia es el único método para construir conocimientos que resuelvan problemas o metarrelatos que le den sentido a la existencia. Esa concepción debe ser suprimida y superada.

Lo que la ciencia no dice, en su discurso, es que no hay nada más allá de las prácticas sociales: 1) la verdad se construye, no se descubre; 2) la ciencia es un hecho humano; por tanto, es parcial y perspectivo, porque yo perfilo el mundo y el mundo me perfila; 3) la ciencia es solo una forma de conocimiento: hay otros patrones de saber; 4) no hay naturaleza, ni esencia ni condiciones universales para el conocimiento, sino que este es un resultado histórico; 5) cualquier dato se entiende según la teoría y el contexto; 6) el pensamiento se construye por condiciones permeadas por dinámicas sociales. La naturaleza del sujeto no es una fuente de verdades.

Los conocimientos son creencias justificadas. No es que una creencia es tan buena como cualquier otra, y que todo vale. ¡No! Hay niveles de conciencia más informados que otros, pero eso no significa que estas verdades se correspondan con la naturaleza de las cosas.

Para conocer sobre los dominios de saber y la verdad, es necesario estudiar cuáles son las relaciones de lucha y de poder. Hay que develar las formas de saber-poder que apoyan, la mayoría de las veces, el dominio sobre la naturaleza, la mujer, las poblaciones oprimidas.

Como dice Boaventura de Sousa Santos, en una entrevista sobre su libro El futuro comienza ahora. De la pandemia a la utopía, es fundamental repensar patrones alternativos de racionalización: “Es urgente un cambio epistemológico en el conocimiento. Yo lo llamo ‘epistemologías del Sur’; pues hay que democratizarlo y darnos cuenta de que no solo existe el tipo de conocimiento científico al que estamos acostumbrados. Por ejemplo, los saberes indígenas no pueden ser despreciados por la ciencia. Tenemos que aprender a valorar esto otro y huir de las certezas absolutas. Si existen los dioses, quizá ellos tengan alguna certeza, pero nosotros no: somos humanos y tenemos que vivir con la incertidumbre”.

Cambiar es generar conocimientos como una creación solidaria auténtica, en sintonía con la realidad social. Una creación que mantenga una identificación real con las situaciones de los seres (humanos y no humanos) oprimidos por el sistema. Ello significa no solo conocer los dolores, sino también transformar la base epistémica y material que provoca esos sufrimientos.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto