MICROMENTARIOS | Monumento a la madre

Armando José Sequera

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Desde 1849 y hasta nuestros días, casi todos los países del mundo cuentan con monumentos que honran a los soldados anónimos que, en defensa de tales naciones, murieron en batalla.

Tales memoriales son importantes y necesarios porque el que da la vida por su territorio y, por supuesto, el que la ofrenda pero sobrevive merecen todo el respeto y el cariño de sus conciudadanos. No soy ingenuo y sé que algunos de tales combatientes lo hicieron por razones equivocadas, es decir, no por resguardar su tierra y su gente, sino por hallarse a las órdenes de ansias imperiales, deseos de expansión y aumento de las riquezas propias usurpando las ajenas.

A la par, echo de menos que, aparte de levantar monumentos para homenajear a los guerreros, jamás se haya pensado en honrar a las mayores batalladoras por la vida en el globo terráqueo: las madres.

No importa si solteras o casadas, las madres son las personas que mantienen en pie al mundo. Sin su concurso, no hay crecimiento de los hijos, no hay transmisión de valores de una generación a la siguiente, no hay esas dosis de amor que todos requerimos para convertirnos en individuos útiles a nosotros y a los demás.

Muchas luchan junto a sus parejas, pero son más las que lo hacen en solitario, enfrentando no solo la crianza de uno o varios hijos –que siempre es cuesta arriba–, sino también afrontando los prejuicios sexuales, sociales y de diversa índole que desafía cualquier mujer con o sin descendencia.

Las madres no conocen el egoísmo. Luchan para beneficio de los hijos, la familia, la sociedad, la patria, la cultura e incluso la vida en el planeta. Sus batallas cotidianas ocurren en tiempos de paz o en guerra y por eso creo que su labor es tanto o más meritoria que la de los soldados.

Más representativa también, pues no todos tenemos parientes que hayan lidiado en gestas militares. En cambio, todos hemos tenido una madre e incluso varias, si contamos a todas aquellas mujeres que amorosa y desinteresadamente han ayudado a que seamos quienes somos.

Un monumento a la Madre debe resaltar su importancia y constituir un reconocimiento, a la par que un desagravio por todo cuanto se le hace y ha hecho padecer.

Así como al árbol debemos solícito amor, a la madre debemos hasta nuestra manera de caminar y de comunicarnos. Ella es la responsable de la mayor parte de nuestras virtudes y nuestros grandes o pequeños triunfos.

Armando José Sequera

Escritor y periodista venezolano. Autor de 87 libros publicados y ganador de 24 premios literarios, ocho de ellos internacionales. En Micromentarios se habla de todo, como entre hermanos.