PUNTO Y SEGUIMOS | A Jeanine, ni mas ni menos que el peso de la ley

Mariel Carrillo García

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Ha sido detenida Jeanine Añez, quien fungió como presidenta de facto en Bolivia después del golpe de la OEA contra Evo Morales en el año 2019. Durante su “gestión”, se practicó la persecución de adversarios políticos, se ordenó el asesinato de manifestantes, se estableció una política de burla y remoción de los símbolos asociados al indigenismo o a la izquierda en general, se hizo honor al hispanismo, a la religión de los conquistadores y al supremacismo racial, y también se celebró a asesinos como aquellos que mataron al Che Guevara, quienes recibieron condecoraciones. Además, se dilapidaron los recursos del Estado, se solicitaron al FMI préstamos nocivos y se humilló y maltrató al pueblo boliviano, en revancha por el “atrevimiento” de los indios de gobernar en su propia tierra ganando elecciones.

Jeanine Añez, con su melena amarillo No 51 al viento, se proclamó tiránica y cínicamente presidenta cuando nadie la eligió, y fue aplaudida y abrazada por las oligarquías locales y foráneas, quienes veían con felicidad la caída de los “indios esos”, con mucha más felicidad que si hubiera triunfado en las urnas en un proceso democrático, porque nada hay como esa libertad que otorga un golpe de Estado para hacer lo que se te cante. Biblia en una mano y fusil en la otra. “A estas bestias hay que llevarlas a la paz del señor”, y así lo hizo mientras entregaba el país a las trasnacionales y al Fondo Monetario y se regodeaba en sus redes sociales de los procesos de lawfare contra Lula en Brasil o Cristina Fernández en Argentina.

En cuanto a Venezuela, Jeanine demoró solo dos días en reconocer a Juanito Guaidó como “presidente interino” y este respondió en su mal modulado castellano que sentía “un fresquito de libertad”. A ninguno pareció importarle el “cómo” llegaron a sus presidencias ilegítimas, porque en la derecha no hay dictadores ni farsantes, solo luchadores por la libertad, y en la guerra se vale todo. El Estado de derecho y las leyes internacionales solo se aplican a los progres o a quienes le son incómodos al establishment. Que nadie se engañe.

Mientras cierto mundillo político latinoamericano se alarma por el apresamiento “arbitrario” de la Añez y las órdenes de detención de 11 de sus ministros, acusando al gobierno de Luis Arce de revanchista – sin al parecer darse cuenta del precedente que marcan al obviar el derecho a la justicia que tiene el pueblo boliviano, a quienes les fueron arrebatadas vidas, recursos y dignidad -los sectores populares del continente celebran que al menos se inicie un juicio en el que los golpistas y quebrantadores de las leyes rindan cuentas, en oposición a la tradición de irse del país, impunes y con los bolsillos llenos.

Jeanine Añez y su grupo de cómplices cometieron delitos graves, presenciados y sufridos por todos los bolivianos, delitos tomados como normales y necesarios por la prensa y los poderes de siempre, delitos que, sin importar cuanto se quieran minimizar, fueron serios y son sujetos de la aplicación de las leyes. La Bolivia de hoy no es ejemplo de revanchismo, sino de seriedad y respeto. La impunidad es la que ha permitido que América Latina esté minada de corruptos y tránsfugas; y cualquier corriente que pretenda calificarse de izquierda, o de humanista debe tener esto claro. Lo de Jeanine Añez no es lawfare. No se le acusa de nada falso o que no se pueda probar. Y aún así, tiene el derecho a defenderse. No fue vejada ni golpeada como si lo fueron las mujeres dirigentes del MAS durante su “gobierno”.

Si el progresismo latinoamericano no es capaz de separar la paja del trigo, el camino será mucho más difícil para los pueblos que anhelan soberanía, dignidad e independencia. Una cosa es dialogar y negociar, y otra es ser partícipe de las estrategias de aquellos que no tendrían contemplación con ellos en ninguna circunstancia. Aplicar la ley no es perseguir ni ser vengativo. Es justicia. Y es la que pide y merece el pueblo.

Mariel Carrillo García